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Gratis · elegí una vozBernardo, un oso grande y bonachón, vivía en una cueva acogedora al pie de una montaña nevada. Le gustaba dormir, pescar salmones en el río cercano y, sobre todo, comer moras silvestres. Un día soleado, mientras Bernardo dormía plácidamente después de una abundante comida de moras, escuchó un pequeño sollozo. Abrió un ojo perezosamente y vio a un conejito tembloroso sentado cerca de la entrada de su cueva.
"¿Qué te pasa, pequeño?" preguntó Bernardo con su voz grave pero amable.
El conejito, que se llamaba Ramón, levantó su naricita rosada y dijo con voz entrecortada: "¡He perdido mi zanahoria! Era la zanahoria más grande y jugosa que jamás haya visto. Mi mamá la había guardado para mi cumpleaños, y ahora... ¡ya no está!"
Bernardo, aunque prefería seguir durmiendo, sintió pena por el conejito. "No te preocupes, Ramón," dijo. "Te ayudaré a encontrarla. Pero, ¿dónde la perdiste?"
Ramón se secó las lágrimas con sus patitas y explicó: "Estaba jugando cerca del arroyo con mis hermanos y la puse en una roca para que no se ensuciara. Pero cuando volví, ¡ya no estaba!"
Bernardo se levantó, estirándose con un gran bostezo. "Bien, vamos al arroyo entonces," dijo. Juntos, el oso gigante y el conejito diminuto se dirigieron al arroyo. El sol brillaba y los pájaros cantaban, pero Ramón estaba demasiado triste para notarlo.
Cuando llegaron al arroyo, comenzaron a buscar. Bernardo usó su gran nariz para olfatear alrededor de la roca donde Ramón había dejado la zanahoria. Ramón, con sus ojos agudos, buscó entre la hierba alta y las flores silvestres. Buscaron y buscaron, pero no encontraron ni rastro de la zanahoria.
Ramón estaba a punto de rendirse y echarse a llorar de nuevo cuando Bernardo vio algo brillante escondido debajo de un arbusto. "¡Mira, Ramón!" exclamó. Se acercó al arbusto y sacó... ¡una ardilla! La ardilla tenía la zanahoria de Ramón entre sus patitas y la estaba mordisqueando con entusiasmo.
"¡Eh, ardilla!" dijo Bernardo con firmeza. "Esa zanahoria no es tuya. Le pertenece a Ramón."
La ardilla, sorprendida, dejó caer la zanahoria. Miró a Bernardo y a Ramón con ojos culpables. "Lo siento," dijo la ardilla. "Pensé que nadie la quería. Estaba muy deliciosa."
Ramón corrió hacia la zanahoria y la abrazó con fuerza. Estaba un poco mordisqueada, pero seguía siendo la zanahoria más grande y jugosa que jamás había visto. "¡Gracias, Bernardo!" exclamó Ramón, con los ojos brillantes de alegría. "¡La encontraste!"
Bernardo sonrió. Le gustaba hacer feliz a la gente, incluso si eso significaba interrumpir su siesta. "De nada, Ramón," dijo. "Pero creo que deberías llevarla a casa ahora y asegurarte de que esté a salvo."
Ramón asintió con la cabeza y prometió tener más cuidado con su zanahoria. Antes de irse, le ofreció a Bernardo un trozo de la zanahoria mordisqueada. Bernardo, aunque prefería las moras silvestres, aceptó el regalo con gratitud. Era la zanahoria más dulce que jamás había probado.
Desde ese día, Bernardo y Ramón se hicieron buenos amigos. A menudo se encontraban en el bosque para jugar y compartir historias. Bernardo le contaba a Ramón sobre sus aventuras pescando salmones, y Ramón le contaba a Bernardo sobre las travesuras de sus hermanos conejos. Y aunque Bernardo seguía disfrutando de sus siestas, siempre estaba dispuesto a ayudar a Ramón, o a cualquier otro animal del bosque, si necesitaban su ayuda. Aprendió que hacer felices a los demás era aún más gratificante que comer moras silvestres o dormir una larga siesta. Y Ramón, por su parte, aprendió a ser más cuidadoso con sus pertenencias y a apreciar la amistad de un oso grande y bonachón.
Un día, mientras jugaban cerca del arroyo, Ramón encontró una gran mora silvestre, la más grande y jugosa que jamás había visto. Se la ofreció a Bernardo. Bernardo sonrió y la aceptó. "Gracias, Ramón," dijo. "Es la mora más deliciosa que jamás haya probado." Y juntos, el oso y el conejo, disfrutaron de la dulce recompensa de su amistad.
Al final del día, Ramón regresó a casa con su zanahoria (ahora guardada con mucho cuidado) y Bernardo regresó a su cueva para una merecida siesta. Ambos sabían que su amistad era algo especial, un vínculo que los mantendría unidos para siempre, sin importar los desafíos que pudieran enfrentar.
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