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Gratis · elegí una vozBerto era un oso. No un oso cualquiera, sino un oso *goloso*. ¡Le encantaba la miel! Más que las bayas jugosas, más que el salmón fresco del río, más que una siesta al sol. Berto vivía para la miel. Conocía todos los panales del bosque, desde el más pequeño escondido en un agujero de un árbol viejo, hasta el más grande, colgando de la rama más alta de la secuoya gigante.
Cada mañana, Berto se despertaba con un rugido… ¡de hambre de miel! Se estiraba, bostezaba, y salía corriendo en busca de su dulce tesoro. No importaba el clima, ni si llovía a cántaros, ni si el sol quemaba. Berto siempre encontraba la manera de llegar a su miel. Era un maestro en escalar árboles, en esquivar abejas enfadadas (bueno, casi siempre), y en olfatear los panales a kilómetros de distancia.
Un día, Berto descubrió un panal gigante, el más grande que jamás había visto. Estaba lleno hasta el borde de miel dorada y brillante. ¡Era un sueño hecho realidad! Sin pensarlo dos veces, Berto se lanzó a la aventura. Escaló el árbol con una agilidad sorprendente, sorteando las ramas y las hojas con facilidad. Al llegar al panal, sus ojos brillaron de emoción.
"¡Toda esta miel es mía!", exclamó Berto, con la boca ya hecha agua.
Y, sin más preámbulos, empezó a devorar la miel. Comió y comió, sin parar. Comió tanto, que la miel le chorreaba por la cara, por las patas, ¡por todas partes! Las abejas, al principio sorprendidas por la voracidad de Berto, empezaron a zumbar enfadadas. Pero Berto estaba tan absorto en su festín, que ni siquiera las notó.
Siguió comiendo hasta que el sol empezó a ponerse. Su barriga estaba tan llena que apenas podía moverse. Con un suspiro de satisfacción, Berto se desplomó al lado del panal, cubierto de miel pegajosa.
"¡Qué día tan delicioso!", murmuró, antes de quedarse profundamente dormido.
A la mañana siguiente, Berto se despertó con un dolor extraño en la boca. Se tocó los dientes con la pata y… ¡sintió un hueco! Asustado, se miró en el reflejo del agua del río. ¡Horror! ¡Le faltaba un diente!
"¡Oh, no!", gritó Berto. "¿Qué ha pasado?"
Siguió inspeccionando su boca y descubrió que no solo le faltaba un diente, ¡le faltaban varios! Sus dientes estaban flojos, rotos, y algunos incluso habían desaparecido por completo. Berto se dio cuenta de que tanta miel había sido demasiado para sus dientes. La miel es deliciosa, pero también está llena de azúcar, y el azúcar no es bueno para los dientes, ¡especialmente si comes cantidades enormes como Berto!
Lleno de tristeza, Berto regresó a su cueva. No tenía ganas de comer nada, ni siquiera miel. Se sentía avergonzado y preocupado. ¿Cómo iba a comer bayas sin dientes? ¿Cómo iba a atrapar salmón sin poder morder? ¿Cómo iba a disfrutar de la vida sin su sonrisa de oso?
Mientras Berto se lamentaba, una ardilla llamada Lila, que siempre había admirado a Berto por su valentía y su habilidad para encontrar miel, se acercó a su cueva.
"¿Qué te pasa, Berto?", preguntó Lila, preocupada. "Te veo muy triste."
Berto le contó a Lila lo que había sucedido. Le mostró su boca llena de huecos y le explicó cómo la miel había arruinado sus dientes.
Lila escuchó con atención y luego le dijo: "Berto, no te preocupes. Todo tiene solución. Necesitas ir a ver a Doña Castora, la dentista del bosque. Ella te ayudará a recuperar tu sonrisa."
Berto, aunque asustado por la idea de ir al dentista, aceptó el consejo de Lila. Juntos, se dirigieron a la consulta de Doña Castora, que vivía en un tronco de árbol gigante, adornado con herramientas dentales hechas de piedra y madera.
Doña Castora examinó la boca de Berto con mucha atención. Frunció el ceño y suspiró.
"Tienes muchos problemas, Berto", dijo Doña Castora. "Pero no te preocupes, puedo ayudarte. Necesitas dejar de comer tanta miel y empezar a cuidar tus dientes. Te daré un cepillo de dientes hecho de raíz y una pasta de dientes hecha de hierbas medicinales. También te enseñaré cómo usarlos correctamente."
Doña Castora le dio a Berto un cepillo de dientes y pasta de dientes, y le enseñó a cepillarse los dientes después de cada comida. Le advirtió que si seguía comiendo tanta miel, sus dientes nunca se recuperarían.
Berto siguió al pie de la letra las instrucciones de Doña Castora. Dejó de comer tanta miel y empezó a cepillarse los dientes con regularidad. Al principio fue difícil, porque extrañaba el dulce sabor de la miel, pero poco a poco se fue acostumbrando.
Con el tiempo, los dientes de Berto empezaron a fortalecerse. Algunos de los dientes que había perdido volvieron a crecer, y los que estaban flojos se afirmaron. Berto recuperó su sonrisa de oso, y aprendió una valiosa lección: la moderación es importante, incluso con las cosas que más te gustan.
Desde entonces, Berto siguió comiendo miel, pero con moderación. Siempre se cepillaba los dientes después de cada comida, y nunca olvidó la importancia de cuidar su salud. Y así, Berto, el oso goloso, se convirtió en Berto, el oso sabio y con una sonrisa brillante.
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