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Un día soleado, un oso grandote y bonachón llamado Tito llegó a un pequeño claro en el bosque. Allí, vio una casita muy acogedora donde vivían cuatro amigos: la ratita Pardita, la rana Cuacuana, el conejo Brincalejos y la zorrita Rabirojita.
Tito se acercó tímidamente a la puerta y con una voz suave, dijo: "Hola, amiguitos. Estoy buscando un lugar para vivir. He caminado mucho y estoy muy cansado. Creo que mejor será que viva en vuestro tejado."
La ratita Pardita, la rana Cuacuana, el conejo Brincalejos y la zorrita Rabirojita se miraron sorprendidos. ¡Un oso en su tejado! ¡Eso era impensable!
"¿Y hundirnos la casita!" – contestaron todos a coro, con voces llenas de preocupación.
Tito, al oír esto, se sintió muy triste. "Pero, ¿cómo voy a hundir la casita? Soy muy cuidadoso", dijo con un tono melancólico.
La ratita Pardita, que era la más sensata del grupo, miró a sus amigos y luego al oso Tito. Vio en sus ojos cansancio y sinceridad. Pensó que quizás, solo quizás, podrían darle una oportunidad.
"Está bien, está bien, sube", dijo Pardita con un suspiro. Los demás animales asintieron, aunque con cierto temor.
Tito, muy contento, comenzó a subir al tejado de la casita. Era un oso grande y pesado, pero se movía con cuidado. Llegó a la cima del tejado, sonrió a sus nuevos amigos y, en el mismísimo instante en que se sentó…
–¡Cataplás! – la casita se derrumbó. ¡El peso de Tito era demasiado para la pequeña estructura! Las paredes se vinieron abajo, el tejado se desplomó y todo quedó hecho un desastre.
Disparados salieron la ratita Pardita, la rana Cuacuana, el conejo Brincalejos y la zorrita Rabirojita. Afortunadamente, ninguno resultó herido, pero estaban muy asustados y llenos de polvo.
Desolados se quedaron todos, pues no tenían donde vivir. La casita, que había sido su hogar durante tanto tiempo, ahora era solo un montón de escombros. Tito, sintiéndose muy culpable, se sentó a un lado, con la cabeza gacha y las orejas caídas.
La rana Cuacuana fue la primera en romper el silencio. "¡Ahora qué vamos a hacer!", exclamó con un tono de desesperación.
Pero entonces, el conejo Brincalejos, que siempre era muy optimista, tuvo una idea. "¡No hay que desanimarse! Podemos construir una nueva casa, ¡y esta vez, una mucho mejor!", dijo con entusiasmo.
La idea de Brincalejos les dio esperanza. Todos se miraron y asintieron. ¡Tenían razón! Podían superar este problema juntos.
Así que, sin perder tiempo, empezaron a trabajar. La ratita Pardita, con su agilidad, buscaba ramitas y hojas para el techo. La rana Cuacuana, con su fuerza en las patas, movía piedras para los cimientos. El conejo Brincalejos, con su velocidad, iba al bosque a buscar troncos pequeños. Y la zorrita Rabirojita, con su astucia, encontraba las mejores ubicaciones para colocar cada material.
Tito, a pesar de su torpeza, se ofreció a ayudar. Al principio, era un poco desastre, pero pronto aprendió a ser cuidadoso y útil. Empezaron a traer troncos del bosque, sierran tablas con una vieja sierra que encontraron, y con mucho esfuerzo y dedicación, comenzaron a construir una nueva casa.
Trabajaron durante días, sin descanso, pero con mucha alegría. Se ayudaban mutuamente, se animaban cuando se cansaban y se reían de sus errores. Tito, que al principio se sentía muy culpable, ahora se sentía parte del equipo y estaba muy orgulloso de lo que estaban logrando.
Finalmente, después de mucho trabajo, la nueva casa estaba terminada. Era más grande, más fuerte y más bonita que la anterior. Tenía paredes de madera gruesa, un tejado resistente, ventanas amplias y una chimenea para los días fríos.
La ratita Pardita, la rana Cuacuana, el conejo Brincalejos, la zorrita Rabirojita y el oso Tito se abrazaron, felices y orgullosos. Habían superado un gran obstáculo y habían construido algo maravilloso juntos.
La nueva casa albergaba a todos y era mucho mejor que la anterior. Tenía espacio para todos, incluso para Tito, que ahora tenía su propia habitación grande y cómoda. Aprendieron que, aunque los accidentes pueden ocurrir, siempre hay una oportunidad para construir algo mejor juntos.
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