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Gratis · elegí una vozXuhar era un oso pequeño y feliz. Vivía en un bosque lleno de árboles altos y bayas jugosas. A Xuhar le encantaba jugar al escondite con sus amigos, la ardilla Ainhoa y el conejo Mikel. Siempre reían y corrían, inventando juegos nuevos cada día. Xuhar era muy popular porque siempre estaba dispuesto a compartir sus bayas y a ayudar a sus amigos si necesitaban algo.
Pero Xuhar tenía un pequeño secreto. A veces, se enfadaba mucho, ¡como un pequeño volcán a punto de explotar! No le gustaba cuando su mamá osa le pedía que recogiera sus juguetes, o cuando su papá oso le decía que ya era hora de irse a la cama. En esos momentos, Xuhar gruñía y pataleaba, y no escuchaba a nadie.
Un día soleado, Xuhar estaba construyendo una torre de piedras con Mikel y Ainhoa. Estaban muy concentrados, colocando las piedras con cuidado. De repente, Ainhoa, sin querer, tropezó y tiró la torre. ¡Puf! Todas las piedras se esparcieron por el suelo.
Xuhar sintió que el volcán en su interior empezaba a hervir. Se cruzó de brazos, frunció el ceño y gritó: "¡Ainhoa! ¡Mira lo que has hecho! ¡Tú siempre lo estropeas todo!".
Ainhoa se puso muy triste y sus ojos se llenaron de lágrimas. Mikel intentó calmar a Xuhar, pero él estaba demasiado enfadado para escuchar.
"¡Me voy! ¡No quiero jugar más con vosotros!" gritó Xuhar, y salió corriendo hacia su casa.
Cuando llegó a casa, su mamá osa lo estaba esperando. Vio la cara enfadada de Xuhar y le preguntó: "¿Qué te pasa, mi pequeño oso? Pareces un volcán a punto de explotar".
Xuhar le contó a su mamá lo que había pasado con Ainhoa y la torre de piedras. Su mamá lo escuchó con atención y luego le dijo: "Xuhar, entiendo que te sintieras frustrado. Es normal enfadarse cuando algo no sale como queremos. Pero es importante recordar que todos cometemos errores, incluso Ainhoa. Y las palabras pueden hacer mucho daño".
La mamá osa le explicó a Xuhar que cuando uno se enfada, es como tener un volcán dentro. Pero no hay que dejar que el volcán explote y lastime a los demás. Le enseñó una técnica para controlar su enfado: respirar hondo y contar hasta diez.
"Cuando sientas que el volcán empieza a hervir, cierra los ojos, respira hondo y cuenta hasta diez. Verás cómo el enfado se va disipando poco a poco", le dijo la mamá osa.
Xuhar probó la técnica. Cerró los ojos, respiró hondo y contó: "Uno… dos… tres…". Poco a poco, sintió que el enfado se hacía más pequeño. ¡La técnica de su mamá funcionaba!
Al día siguiente, Xuhar fue a buscar a Ainhoa y a Mikel. Los encontró jugando cerca del río. Se acercó a ellos con timidez y les dijo: "Ainhoa, Mikel, lo siento mucho por lo que dije ayer. No debí enfadarme tanto. Ainhoa, no fue tu culpa que la torre se cayera".
Ainhoa y Mikel sonrieron aliviados. "No te preocupes, Xuhar", dijo Ainhoa. "Todos nos enfadamos a veces. Lo importante es que lo hayas reconocido".
Los tres amigos se abrazaron y decidieron construir una nueva torre de piedras. Esta vez, trabajaron juntos con mucho cuidado y paciencia. Cuando terminaron, la torre era aún más alta y bonita que la anterior.
Desde aquel día, Xuhar aprendió a controlar su enfado. Cuando sentía que el volcán empezaba a hervir, cerraba los ojos, respiraba hondo y contaba hasta diez. Y si necesitaba ayuda, siempre podía contar con su mamá osa, que siempre estaba ahí para darle un abrazo y un consejo. Xuhar se dio cuenta de que era mucho más divertido jugar y compartir con sus amigos cuando estaba tranquilo y feliz. Y así, Xuhar, el oso pequeño y feliz, siguió disfrutando de la vida en el bosque, jugando con sus amigos y aprendiendo a controlar el volcán de la paciencia que a veces se encendía en su interior.
Una tarde, mientras jugaban al pilla-pilla, Xuhar se cayó y se raspó la rodilla. Sintió una punzada de dolor y las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Mikel y Ainhoa corrieron a ayudarle. Le limpiaron la herida con agua fresca del río y le pusieron una hoja de plátano a modo de venda.
Xuhar se sintió mucho mejor gracias a la ayuda de sus amigos. Se dio cuenta de que la amistad era como un bálsamo que curaba todas las heridas, tanto las físicas como las emocionales. Aprendió que no siempre era necesario ser fuerte y valiente solo, sino que también podía contar con el apoyo de sus amigos en los momentos difíciles. Y así, la amistad entre Xuhar, Ainhoa y Mikel se hizo aún más fuerte, como un lazo invisible que los unía para siempre.
Con el tiempo, Xuhar creció y se convirtió en un oso grande y fuerte. Pero nunca olvidó las lecciones que aprendió de pequeño: la importancia de la amistad, la necesidad de controlar el enfado y el valor de la paciencia. Y siempre recordaba con cariño aquellos días felices en el bosque, jugando con sus amigos y aprendiendo a ser un oso mejor cada día.
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