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Gratis · elegí una vozEn la Sala Naranja, donde las paredes brillaban como un atardecer juguetón, vivían pequeños exploradores con corazones llenos de alegría. El otoño había llegado, pintando el mundo con colores cálidos y deslumbrantes. ¡Era la estación favorita de todos en la Sala Naranja!
Cada mañana, al llegar a la guardería, los niños corrían hacia la ventana. ¡Las hojas! ¡Cuántas hojas! Rojas, amarillas, naranjas, marrones… Un arcoíris de hojas caía suavemente desde los árboles del patio. Los pequeños gritaban emocionados: "¡Mira, Seño! ¡Está lloviendo hojas!"
La Seño Ana, con su sonrisa dulce como la miel, les explicaba que las hojas se estaban preparando para dormir durante el invierno. "Están cansadas después de trabajar todo el verano para que los árboles estén fuertes y sanos", decía. Los niños asentían con la cabeza, entendiendo la importancia del descanso.
Pero el otoño no era solo hojas que caen. ¡Era también el viento travieso! Un viento juguetón que soplaba y reía, haciendo bailar las hojas en el aire. Cuando los niños salían al patio, el viento les hacía cosquillas en las mejillas, en las narices, ¡hasta en las orejas! Reían a carcajadas, persiguiendo las hojas que volaban como mariposas de colores.
Un día, la Seño Laura propuso una actividad especial. "¡Vamos a recoger hojas!", anunció. Los niños, con sus pequeños cestos en mano, se dispersaron por el patio, buscando las hojas más bonitas y coloridas. Había hojas grandes como sus manos, hojas pequeñas como sus uñas, hojas lisas y hojas rugosas. Cada hoja era un tesoro único.
De vuelta en la Sala Naranja, la Seño Laura les enseñó a hacer collage con las hojas. Pegaron las hojas sobre grandes hojas de papel, creando hermosos paisajes otoñales. Había árboles de hojas rojas, soles amarillos hechos con hojas redondas, y hasta animales escondidos entre las hojas. ¡La Sala Naranja se había transformado en un bosque mágico!
Otro día, el viento sopló con más fuerza que nunca. Las hojas volaban en remolinos, creando una danza espectacular. Los niños, asombrados, observaban desde la ventana. La Seño Ana tuvo una idea brillante. "¡Vamos a hacer una obra de teatro del viento y las hojas!", exclamó.
Inmediatamente, los niños se pusieron manos a la obra. Algunos se disfrazaron de hojas, usando telas de colores. Otros se convirtieron en árboles, con sus brazos extendidos como ramas. Y otros, por supuesto, representaron al viento, soplando y riendo mientras hacían volar a las hojas.
La obra fue un éxito rotundo. Los padres, que vinieron a ver la representación, aplaudieron con entusiasmo. Los niños de la Sala Naranja se sintieron orgullosos de su creación. Habían convertido el viento y las hojas en una historia maravillosa.
Pero el otoño no era solo juego y diversión. También era tiempo de descanso y relajación. Después de tanta actividad, los pequeños exploradores se sentían cansados. Era hora de la siesta.
La Seño Ana y la Seño Laura, con cariño y ternura, los arropaban con suaves mantitas. Les cantaban canciones de cuna, con voces dulces y melodiosas. Los niños cerraban los ojos, sintiendo el calor de las mantas y la seguridad de los brazos de sus seños.
Mientras dormían, soñaban con hojas que volaban, con vientos que hacían cosquillas, y con árboles que susurraban secretos. Soñaban con el otoño cosquilloso de la Sala Naranja.
Un día, la Seño Laura trajo calabazas pequeñas para cada niño. ¡Eran perfectas para decorar! Pintaron las calabazas con colores brillantes, les pegaron ojitos saltones y les dibujaron sonrisas traviesas. Cada calabaza era única y especial, como cada niño de la Sala Naranja.
Luego, organizaron una fiesta de otoño. Prepararon galletas con forma de hoja, zumo de manzana caliente y palomitas de maíz. Invitaron a los padres y a los otros niños de la guardería. Bailaron, cantaron y jugaron, celebrando la belleza del otoño.
A medida que los días se hacían más cortos y las noches más largas, el otoño se acercaba a su fin. Las hojas seguían cayendo, cubriendo el patio con una alfombra crujiente y colorida. Los niños de la Sala Naranja sabían que pronto llegaría el invierno, con su frío y su nieve.
Pero no estaban tristes. Sabían que el invierno también traería cosas buenas: la Navidad, los muñecos de nieve, y la alegría de compartir con sus seres queridos. Y sabían que, después del invierno, volvería la primavera, con sus flores y sus pájaros cantores.
Mientras tanto, disfrutaban de los últimos días del otoño. Seguían recogiendo hojas, pintando calabazas, y soñando con el viento cosquilloso. Recordarían siempre el otoño en la Sala Naranja, el otoño más divertido y especial de todos.
Un día, la Seño Ana les leyó un cuento sobre un erizo que buscaba un hogar para el invierno. Los niños se sintieron conmovidos por la historia y decidieron construir un refugio para los erizos en el patio. Usaron hojas secas, ramas y piedras para crear un hogar cálido y seguro. Se sintieron felices de ayudar a los animales a prepararse para el invierno.
Finalmente, llegó el último día del otoño. Los niños de la Sala Naranja se despidieron de las hojas, del viento y del sol. Sabían que el otoño siempre estaría en sus corazones, como un recuerdo cálido y feliz. Y esperaban con ilusión la llegada del invierno, listos para nuevas aventuras y nuevas emociones. La Sala Naranja, vestida de colores otoñales, aguardaba ahora el blanco abrazo del invierno. La magia continuaba, siempre presente en cada estación del año.
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