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Gratis · elegí una vozHabía una vez una persona llamada Luz que llevaba en sus manos un papel muy pesado. Ese papel no era común: estaba lleno de pensamientos y sentimientos difíciles. Eran como garabatos oscuros, nudos apretados de tristeza, miedo y frustración.
Al principio, Luz pensó que si empujaba el papel lo más lejos posible, quizás desaparecería. Así que estiró sus brazos, apretó los puños y lo mantuvo lejos de su pecho.
—“¡No quiero sentir esto! ¡Debo alejarlo!” —se repetía con voz temblorosa.
Pero cuanto más lo empujaba, más cansada se sentía. Sus brazos dolían como si cargaran montañas, se agitaba como una hoja en la tormenta y apenas podía mirar a las personas que amaba. Estaba tan ocupada luchando contra ese papel que no tenía fuerzas para nada más. No podía jugar con su perro, ni escuchar las historias de su abuela, ni siquiera saborear su helado favorito.
Un día, exhausta, se sentó bajo un árbol gigante y sintió que ya no podía más. Sus manos temblaban, su corazón latía rápido y las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Decidió soltarlo. Con un suspiro profundo, dejó que el papel descansara suavemente sobre su regazo.
De pronto, se dio cuenta de algo maravilloso: tenía las manos libres. ¡Libres como pájaros! Podía extender los brazos para abrazar a un amigo, sostener una taza de té caliente con sabor a canela, acariciar el suave pelaje de su perro, escribir una carta llena de corazones a su abuelo, o simplemente descansar las manos sobre su pecho y sentir el latido tranquilo de su corazón.
El papel seguía allí. No había desaparecido como por arte de magia. Pero al dejar de pelear con él, ya no era un enemigo monstruoso, solo un acompañante silencioso. Ya no ocupaba toda su atención ni consumía toda su energía.
Luz miró el papel con curiosidad. Ya no le daba tanto miedo. Era como una sombra, una parte de ella que no tenía que esconder. Observó los garabatos y los nudos, y aunque todavía le dolían un poco, supo que podía soportarlos.
Luz sonrió, una sonrisa suave y llena de paz, y pensó:
—“Si dejo espacio para lo que duele, también puedo dejar espacio para lo que me da vida.”
Extendió la mano y tocó el papel con suavidad. Ya no lo empujaba, ya no lo odiaba. Simplemente lo aceptaba.
Ese día, Luz aprendió una lección muy importante: que no podemos deshacernos de nuestros sentimientos difíciles, pero sí podemos aprender a vivir con ellos, sin que nos impidan disfrutar de las cosas buenas de la vida.
Y así, cada vez que los pensamientos difíciles regresaban, Luz los colocaba en su regazo, recordando que el cielo siempre tiene espacio para todas las nubes y tormentas, sin dejar de brillar tras ellas. Recordaba que después de la lluvia, siempre sale el sol.
Ahora, cuando sentía el peso del papel, Luz cerraba los ojos y respiraba hondo. Pensaba en las cosas que amaba: el sol en su cara, el canto de los pájaros, el abrazo de su mamá. Y sabía que, aunque el papel siguiera allí, no podía apagar su luz.
Un día, mientras Luz estaba sentada junto al río con el papel en su regazo, un anciano sabio se acercó a ella. El anciano tenía el pelo blanco como la nieve y una sonrisa amable.
—“Veo que llevas un papel pesado,” dijo el anciano con voz suave.
Luz asintió con la cabeza.
—“¿Te gustaría que te ayudara a llevarlo?” preguntó el anciano.
Luz sonrió. “Gracias,” dijo Luz, “pero ya no pesa tanto. He aprendido a vivir con él.”
El anciano sonrió a su vez. “Eso es muy sabio,” dijo. “A veces, lo más valiente que podemos hacer es aceptar nuestros sentimientos, en lugar de luchar contra ellos.”
El anciano se sentó junto a Luz y juntos observaron el río fluir. El agua era clara y brillante, y reflejaba el cielo azul. Luz se dio cuenta de que el papel ya no le parecía tan oscuro. A la luz del sol, incluso los garabatos más feos parecían tener un brillo especial.
Desde ese día, Luz continuó llevando su papel, pero ya no le tenía miedo. Sabía que siempre estaría allí, pero también sabía que ella era más fuerte que él. Sabía que podía seguir viviendo, amando y disfrutando de la vida, a pesar de sus sentimientos difíciles.
Y así, Luz vivió feliz, con su papel en el regazo y el corazón lleno de luz.
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