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Gratis · elegí una vozSofía y Tomás eran dos hermanos muy valientes… casi siempre. Les encantaba ir al parque del barrio, un lugar lleno de columpios oxidados, toboganes resbaladizos y un arenero gigante donde construían castillos imposibles. Pero este parque tenía un secreto, una leyenda que los niños más grandes contaban susurrando: se decía que por las noches, un monstruo vivía allí. No un monstruo de verdad, de esos que dan miedo de verdad, sino un monstruo… de peluche. Un monstruo grande, suave y un poco torpe.
Un día, Sofía y Tomás decidieron ir al parque después de la merienda. El sol comenzaba a esconderse y las sombras se alargaban, convirtiendo los árboles en figuras extrañas. Tomás, el más pequeño, agarró la mano de Sofía con fuerza. “¿Crees que el monstruo de peluche estará aquí hoy?”, preguntó con un hilo de voz. Sofía, que se creía muy valiente, le respondió con una sonrisa forzada: “Tonterías, Tomás. Los monstruos de peluche no existen.” Pero por dentro, ella también sentía un cosquilleo de miedo.
Llegaron al parque y, como siempre, corrieron hacia sus juegos favoritos. Sofía se balanceó en el columpio, intentando llegar lo más alto posible, mientras Tomás construía un castillo en el arenero. De repente, Tomás gritó: “¡Sofía, mira! ¡Lo encontré!”. Sofía saltó del columpio y corrió hacia su hermano. En medio del arenero, medio enterrado en la arena, había algo grande y peludo. Era un monstruo… de peluche. Era enorme, con un ojo de botón descosido y un brazo colgando. Su pelaje era de un color verde chillón y estaba cubierto de arena.
Sofía sintió un escalofrío. Era mucho más grande y feo de lo que había imaginado. “Creo que deberíamos irnos”, susurró. Pero Tomás, en lugar de tener miedo, se acercó al monstruo y lo tocó. “¡Es suave!”, exclamó. “¡Y está triste!”. El monstruo de peluche tenía una expresión melancólica en su rostro de lana. Sofía, a pesar de su miedo, sintió curiosidad. Se acercó lentamente y lo observó de cerca. Tenía razón, el monstruo parecía triste.
“¿Por qué estará aquí solo?”, se preguntó Sofía. Tomás se encogió de hombros. “Tal vez se perdió”, sugirió. A Sofía se le ocurrió una idea. “Tal vez podamos ayudarlo a encontrar su casa”, dijo. Tomás asintió con entusiasmo. “¡Sí! ¡Vamos a ayudar al monstruo peluche!”. Así que, armándose de valor, los dos hermanos intentaron levantar al monstruo. Era pesado, ¡muchísimo! Pero trabajando juntos, lograron sacarlo del arenero y sentarlo en un banco.
Una vez sentado, el monstruo parecía un poco más animado. Sofía y Tomás se sentaron a su lado y comenzaron a hablarle. “¿Cómo te llamas?”, preguntó Sofía. El monstruo no respondió, pero Tomás tuvo una idea. “Tal vez no habla”, dijo. “Tal vez solo entiende el lenguaje de los abrazos”. Entonces, Tomás abrazó al monstruo con todas sus fuerzas. El monstruo, sorprendentemente, respondió al abrazo, apretando a Tomás con su brazo sano.
Sofía se unió al abrazo y, de repente, el monstruo comenzó a emitir un sonido suave, como un ronroneo. Parecía feliz. Pasaron un buen rato abrazando al monstruo, contándole historias y jugando con él. Le enseñaron a hacer castillos de arena, lo balancearon en el columpio (aunque con mucho cuidado para no romperlo) y le contaron chistes tontos. El miedo de Sofía había desaparecido por completo, reemplazado por la alegría de jugar con un nuevo amigo.
Cuando el sol se puso por completo y las estrellas comenzaron a aparecer en el cielo, Sofía y Tomás supieron que era hora de irse a casa. “Tenemos que irnos”, dijo Sofía con tristeza. “Pero volveremos mañana”, añadió Tomás, abrazando al monstruo una vez más. El monstruo ronroneó en respuesta.
Mientras se alejaban del parque, Sofía miró hacia atrás. El monstruo de peluche estaba sentado solo en el banco, iluminado por la luz de la luna. Ya no parecía triste, sino tranquilo y sereno. Sofía sonrió. Habían hecho un nuevo amigo, un amigo monstruo de peluche que, aunque al principio les había dado un poco de miedo, ahora les llenaba el corazón de alegría.
Al día siguiente, Sofía y Tomás volvieron al parque. El monstruo de peluche estaba esperándolos en el mismo banco. Los saludó con un ronroneo feliz y extendió su brazo para que lo abrazaran. Los tres amigos pasaron otro día maravilloso jugando juntos en el parque, sin rastro de miedo, solo risas y diversión. Y así, el parque encantado dejó de ser un lugar de miedo para convertirse en un lugar de amistad, donde un monstruo de peluche y dos niños valientes aprendieron que, a veces, las cosas que más miedo dan, son las que más alegría pueden traer.
Desde ese día, el parque se convirtió en su lugar favorito, lleno de risas y aventuras con su amigo monstruo. Aprendieron que la amistad puede surgir en los lugares más inesperados y que el miedo, a menudo, se disipa con un poco de valentía y un gran abrazo.
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