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Había una vez un pequeño pueblo llamado Villa Pelota, donde todos los niños y niñas vivían por y para el fútbol. En la escuela del pueblo, los alumnos de tercer grado estaban especialmente emocionados porque se acercaba el Gran Torneo Escolar del Mundial. A Mateo, un niño con una camiseta de Argentina que le quedaba un poco grande, le temblaban las piernas de solo pensarlo. Su mejor amigo, Kenji, representaba a Japón. Ambos eran grandes compañeros, pero cuando rodaba el balón, las emociones se volvían un torbellino difícil de controlar.
El lunes previo al partido, el salón de clases era un hervidero de nervios. La maestra, la señora Clara, notó que las caritas de sus alumnos estaban transformadas. Unos estaban rojos de la euforia, otros pálidos por el miedo a perder, y algunos, como Mateo, sentían un nudo en la panza que no los dejaba desayunar. Hoy no estudiaremos matemáticas, anunció la maestra Clara, hoy estudiaremos qué pasa en nuestro pecho cuando suena el silbato.
Mateo levantó la mano. Maestra, yo siento que tengo un motor de avión en el corazón. ¡Quiero que Argentina gane ya mismo!. Kenji, por su parte, confesó en voz baja: Yo tengo miedo de que si perdemos, todos se rían de nuestro equipo. La maestra asintió con una sonrisa dulce y les explicó que todas esas emociones —la alegría, el miedo, la frustración y la esperanza— eran como jugadores en una cancha: todas tenían derecho a jugar, pero había que saber coordinarlas.
Llegó el día del gran encuentro: Argentina contra Japón. El patio estaba decorado con banderas celestes, blancas, blancas con un círculo rojo y cintas de colores. El sol brillaba fuerte. Mateo sentía una mezcla de entusiasmo y presión. Al empezar el partido, Argentina anotó un gol rápidamente. Mateo gritó tan fuerte que se puso colorado como un tomate. Saltaba, bailaba y celebraba. Pero al mirar hacia el otro lado, vio a Kenji con los hombros caídos y los ojos empañados. En ese momento, la alegría de Mateo se mezcló con algo nuevo: la empatía.
En el segundo tiempo, las cosas cambiaron. El equipo de Japón empezó a jugar con una precisión asombrosa. Kenji corrió como el viento y anotó un gol espectacular. ¡Empate! Ahora era Mateo quien sentía que el mundo se le caía encima. Sintió una rabia caliente subirle por el cuello. Tenía ganas de patear el pasto y decir que el árbitro se había equivocado. Su corazón ya no saltaba de alegría, sino que golpeaba con frustración.
Recordó las palabras de la maestra Clara: La frustración es solo una nube pasajera. Respiró profundo, como le habían enseñado, contando hasta cuatro. Miró a Kenji, que ahora sonreía radiante, y comprendió que el fútbol era un sube y baja de sentimientos. No era malo sentirse triste por no ir ganando, lo importante era no dejar que esa tristeza se convirtiera en mal humor con los demás.
Faltaban solo cinco minutos para el final. El marcador seguía igualado. La tensión se sentía en el aire, casi se podía tocar. Los niños de tercer grado corrían de un lado a otro. De repente, Mateo tuvo la oportunidad de marcar el gol de la victoria. Encaró hacia la portería, pero tropezó con sus propios cordones y cayó al suelo. El silbato final sonó. El partido terminó en empate.
Al principio, hubo un silencio extraño. Mateo seguía en el suelo, sintiendo el gusto amargo de la decepción. Pero entonces, sintió una mano en su hombro. Era Kenji. Fue el mejor partido de mi vida, Mateo. Casi nos ganas con esa última jugada, le dijo su amigo con sinceridad. Mateo levantó la vista y vio que Kenji no se estaba burlando, estaba compartiendo su emoción.
Mateo se puso de pie y se sacudió el polvo. La rabia y la decepción empezaron a disolverse, dejando paso a una paz cálida. Se dio cuenta de que, aunque quería ganar, lo que realmente importaba era que había jugado con su mejor amigo y que ambos habían dado lo mejor de sí. Los dos equipos se reunieron en el centro del patio y se dieron un gran abrazo grupal, mezclando las camisetas celestes y blancas con las blancas y rojas.
Esa tarde, de regreso al salón, la maestra Clara les pidió que dibujaran lo que habían sentido. Mateo no dibujó un balón ni una portería. Dibujó dos corazones grandes dándose la mano. Aprendí que ganar es lindo, escribió Mateo debajo de su dibujo, pero entender lo que siente mi amigo es el verdadero trofeo.
Desde aquel Mundial escolar, en Villa Pelota ya no solo se hablaba de quién metía más goles. Se hablaba de quién era el más valiente para reconocer sus miedos y quién era el mejor compañero para consolar al otro. Mateo y Kenji siguieron jugando todas las tardes, sabiendo que, sin importar el resultado, sus corazones siempre estarían listos para el próximo salto de alegría, porque en la cancha de la amistad, nadie pierde nunca.
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