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Había una vez, en un pequeño pueblo donde las casas parecían hechas de pan de jengibre, un pastelero llamado Bartolomé. Bartolomé era, digamos, peculiar. Su nariz era grande y torcida como un pretzel gigante, sus orejas sobresalían como asas de taza, y tenía una verruga en la barbilla que parecía una cereza confitada crecida demasiado.
Debido a su apariencia, Bartolomé nunca había tenido un amigo cercano, y mucho menos una pareja. Los niños a veces se reían al verlo pasar, y las damas del pueblo susurraban a sus espaldas. Bartolomé se sentía muy solo. Su única compañía era el aroma dulce de la vainilla y el murmullo del horno en su pastelería.
Un día, mientras amasaba la masa para un pastel de cumpleaños, una idea brillante (¡y un poco loca!) le cruzó la mente. "Si nadie me quiere, ¡me crearé a alguien que sí lo haga!", exclamó, con las manos llenas de harina.
Así que Bartolomé se puso a trabajar. En lugar de harina y huevos, usó azúcar glas para el cabello, chocolate derretido para los ojos, y frambuesas para los labios. Modeló una figura de tamaño natural, dulce y deliciosa. Usó almendras tostadas para los dedos, y pétalos de rosa confitados para las mejillas. Finalmente, después de días de arduo trabajo, ¡la criatura de pastel estaba lista!
Bartolomé la llamó Dulce. Dulce era hermosa. Tenía una sonrisa de chocolate que iluminaba toda la pastelería, y sus ojos de chocolate derretido brillaban con dulzura. Bartolomé estaba encantado.
"¡Hola, Dulce!", dijo Bartolomé, con el corazón latiéndole con fuerza.
Dulce sonrió y respondió con una voz suave como la miel: "¡Hola, Bartolomé! Es un placer conocerte."
Bartolomé estaba eufórico. Por primera vez en su vida, no se sentía solo. Pasaba los días con Dulce, horneando pasteles y galletas, contándole historias y riendo juntos. Dulce siempre escuchaba con atención, y sus ojos de chocolate derretido siempre brillaban con admiración.
Sin embargo, con el tiempo, Bartolomé empezó a notar algo. Dulce solo decía lo que él quería oír. Siempre estaba de acuerdo con él, y nunca tenía sus propias opiniones. Era como un eco dulce y delicioso, pero un eco al fin y al cabo.
Un día, una niña llamada Sofía entró en la pastelería. Sofía era una niña curiosa y valiente, y no le importaba la apariencia de Bartolomé. Se acercó al mostrador y le preguntó: "Señor, ¿tiene pastelitos de fresa?"
Bartolomé, sorprendido por la amabilidad de Sofía, le respondió: "¡Claro que sí, pequeña! Tengo los mejores pastelitos de fresa del pueblo."
Mientras Bartolomé le servía un pastelito, Sofía vio a Dulce, de pie en un rincón. "¡Qué hermosa estatua!", exclamó Sofía.
"Ella no es una estatua", respondió Bartolomé tristemente. "Ella es... Dulce."
Sofía se acercó a Dulce y le dijo: "Hola. ¿Te gusta hornear pasteles?"
Dulce miró a Bartolomé, esperando su respuesta. Bartolomé se dio cuenta de que Dulce nunca actuaría por su cuenta. Era una creación, no una persona.
Bartolomé suspiró y le dijo a Sofía: "Dulce es... especial. Pero no puede responderte."
Sofía miró a Bartolomé con comprensión. "A veces, la soledad nos hace hacer cosas extrañas", dijo Sofía sabiamente.
Las palabras de Sofía resonaron en el corazón de Bartolomé. Se dio cuenta de que la verdadera compañía no se puede crear, sino que se encuentra.
Tomó una decisión. Con cuidado, tomó a Dulce en sus brazos y la llevó al centro del pueblo. Allí, la colocó sobre una mesa y anunció: "¡Doy a Dulce a quien la necesite! Ella es dulce y hermosa, y espero que le traiga alegría a alguien."
Los niños del pueblo, que antes se reían de Bartolomé, se acercaron con curiosidad. Una niña, cuyo cumpleaños era ese día, eligió a Dulce. La niña la llevó a casa y la compartió con su familia.
Bartolomé regresó a su pastelería, sintiéndose un poco triste, pero también liberado. Ya no tenía a Dulce, pero tenía algo mucho más valioso: la esperanza.
Sofía regresó a la pastelería al día siguiente. "Señor Bartolomé", dijo Sofía, "¿me enseñaría a hornear pastelitos de fresa?"
Bartolomé sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, su sonrisa era genuina. "¡Por supuesto, Sofía! Será un placer."
Desde ese día, Bartolomé y Sofía se hicieron amigos. Juntos, horneaban deliciosos pasteles y galletas, y la pastelería de Bartolomé se llenó de risas y alegría. Bartolomé aprendió que la verdadera amistad se encuentra en los lugares más inesperados, y que la belleza no está en la apariencia, sino en el corazón. Y aunque nunca tuvo una pareja romántica, encontró la compañía y el cariño que siempre había anhelado, demostrando que el amor puede venir de muchas formas diferentes.
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