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Un día soleado, Wilmer trabajaba duro en la mina de oro. Amaba su trabajo, no solo por el brillo del oro, sino porque apreciaba la oportunidad de ayudar a su familia. Era un joven fuerte y honesto, conocido en todo el pueblo por su buen corazón. Mientras picaba la roca con su pico, ¡de repente! Algo brilló con una intensidad deslumbrante. Era… ¡un pato de oro! El pato era pequeño, casi del tamaño de la palma de su mano, y brillaba como un sol en miniatura.
Wilmer, asombrado, lo recogió con cuidado. El pato parecía sonreírle. “¡Qué extraño!”, pensó Wilmer. Nunca había visto algo así en su vida. Decidió llevarlo a casa para mostrarlo a su hermana, Mabel.
Mientras tanto, en las altas montañas, Mabel recogía leña. El viento frío soplaba con fuerza, y una llovizna fina le calaba los huesos. Su llama, llamada Copito, la seguía fielmente, pastando en los escasos pastos que encontraba entre las rocas. Mabel sentía frío y estaba cansada, pero sabía que debía recolectar suficiente leña para mantener caliente a su familia durante la noche.
Mabel amaba a Copito. La llama era su amiga y compañera. Siempre la acompañaba en sus largas caminatas por las montañas. Copito era una llama especial, con un pelaje blanco como la nieve y unos ojos grandes y expresivos. Parecía entender cada palabra que Mabel le decía.
De repente, Copito levantó la cabeza y miró hacia el cielo. Mabel siguió su mirada y vio algo inusual. Un pequeño rayo de sol, a pesar de la llovizna, iluminaba un punto específico en la ladera de la montaña. Mabel sintió curiosidad y decidió acercarse.
Al llegar al punto iluminado, encontró algo sorprendente. Era una pequeña cueva, oculta tras una cortina de enredaderas. Dentro de la cueva, vio algo que brillaba tenuemente. Con cuidado, apartó las enredaderas y entró en la cueva.
¡Dentro, encontró un pequeño tesoro! No era oro, ni diamantes, sino algo mucho más valioso: semillas. Semillas de todo tipo: semillas de maíz, de papas, de quinua, de flores. Semillas que podrían alimentar a su familia y a todo el pueblo.
Mabel, emocionada, recogió las semillas en su chaleco y salió de la cueva. Le contó a Copito sobre su descubrimiento, y la llama pareció entender, moviendo su cabeza afirmativamente.
Mientras tanto, Wilmer llegó a casa con el pato de oro. Le mostró el pato a su madre, quien se sorprendió al verlo. “¡Qué belleza!”, exclamó su madre. “Pero ten cuidado, hijo. El oro puede ser tentador, pero no es lo más importante en la vida.”
Wilmer asintió. Sabía que su madre tenía razón. Lo más importante era la familia y la comunidad.
Cuando Mabel regresó a casa, le mostró a Wilmer las semillas que había encontrado. Wilmer se sorprendió al verlas. “¡Qué maravilla, Mabel!”, exclamó. “Estas semillas pueden salvar al pueblo. La cosecha ha sido mala este año, y muchos están pasando hambre.”
Mabel y Wilmer decidieron plantar las semillas de inmediato. Trabajaron juntos en el campo, sembrando cada semilla con cuidado y esperanza. Copito ayudó, removiendo la tierra con sus pezuñas.
Mientras sembraban, Wilmer notó que el pato de oro brillaba con más intensidad. Parecía estar contento de verlos trabajar juntos. De repente, el pato de oro comenzó a hablar. “Han demostrado ser personas buenas y generosas”, dijo el pato con una voz suave y melodiosa. “Por eso, les daré un regalo.”
El pato extendió sus alas doradas y esparció un polvo brillante sobre el campo. El polvo brilló como estrellas fugaces y luego desapareció. Al día siguiente, las semillas comenzaron a brotar. ¡Y lo hicieron con una rapidez y abundancia asombrosas!
En poco tiempo, el campo se llenó de plantas verdes y exuberantes. La cosecha fue abundante y todos en el pueblo tuvieron suficiente comida. Mabel y Wilmer se convirtieron en héroes. Aprendieron que la verdadera riqueza no está en el oro, sino en la generosidad, el trabajo duro y el amor por la comunidad.
Wilmer guardó el pato de oro en un lugar seguro, como un recordatorio de la importancia de la bondad. Y Mabel siguió cuidando de Copito y de las semillas, asegurándose de que nunca faltara comida en su pueblo. Juntos, aprendieron que los tesoros más valiosos son aquellos que se comparten con los demás.
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