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Gratis · elegí una vozLaura adoraba los domingos. No solo porque no había escuela, ¡sino porque era día de fútbol! Y su papá, Claudio, era el fanático número uno. Todos lo llamaban "El Pelao" cariñosamente, porque bueno… ¡no tenía mucho pelo! Pero lo que le faltaba en cabello, le sobraba en entusiasmo por el fútbol.
Cada domingo, El Pelao se ponía su camiseta de rayas rojas y blancas, la misma que usaba cuando jugaba al fútbol en su juventud (según él, ¡era un crack!). Laura se ponía su propia camiseta, más pequeña y con el número 10, ¡su número favorito! Juntos, iban al parque a ver el partido en la pantalla gigante que instalaba la municipalidad.
Este domingo era especial. Era la final del campeonato. El equipo favorito de El Pelao y Laura, "Los Leones Rugientes", se enfrentaban a "Los Tiburones Velozes". El Pelao no paraba de hablar. "¡Hoy ganamos, Laurita! ¡Hoy rugiremos más fuerte que nunca!" Laura se reía. Le encantaba la pasión de su papá.
El partido empezó y Los Leones Rugientes no jugaban muy bien. Los Tiburones Velozes eran rápidos y fuertes. Al medio tiempo, iban perdiendo 2 a 0. El Pelao estaba preocupado. Se mordía las uñas y suspiraba. Laura le puso una mano en el hombro. "¡Vamos, Pelao! ¡Aún pueden ganar!"
El segundo tiempo fue aún más emocionante. Los Leones Rugientes lucharon con todas sus fuerzas. Anotaron un gol, ¡pero Los Tiburones Velozes respondieron con otro! 3 a 1. Quedaban solo cinco minutos. La cara de El Pelao reflejaba pura desesperación. Laura nunca lo había visto tan triste por un partido de fútbol.
De repente, pasó algo increíble. Un jugador de Los Leones Rugientes recibió una falta cerca del área. ¡Tiro libre! Todos contenían la respiración. El mejor jugador del equipo se preparó para patear. Tomó carrera… ¡y la pelota se estrelló contra el poste! El Pelao se tapó la cara con las manos.
Quedaban solo dos minutos. Todo parecía perdido. Laura no quería ver a su papá tan triste. Se le ocurrió una idea. Se acercó a El Pelao y le susurró algo al oído. El Pelao la miró con incredulidad. "¿Estás segura, Laurita?"
Laura asintió con la cabeza. Tomó un megáfono que había cerca y, con toda la fuerza de sus pulmones, gritó: "¡Vamos Leones! ¡Mi papá, El Pelao, cree en ustedes! ¡Él dice que pueden hacer un gol imposible! ¡Rujan con todo su corazón!"
Todos en el parque se quedaron mirando a Laura. Los jugadores de Los Leones Rugientes, al escuchar el grito de la niña, se animaron. De repente, uno de los jugadores, un joven llamado Mateo, recuperó la pelota en el medio campo. Corrió con todas sus fuerzas, esquivando a los defensores como si fueran conos de entrenamiento. Llegó al área y… ¡pateó! La pelota salió disparada como un rayo y… ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOL! ¡El Pelao saltó de alegría! ¡Abrazó a Laura con fuerza! 3 a 2. ¡Aún había esperanza!
Quedaba solo un minuto. La tensión era palpable. Los Tiburones Velozes atacaban con todo, tratando de asegurar la victoria. Pero Los Leones Rugientes se defendían con uñas y dientes. De repente, un contraataque. Mateo, el mismo que había anotado el gol anterior, recibió la pelota nuevamente. Estaba solo frente al arquero. El arquero salió a achicar el ángulo. Mateo dudó por un instante. Luego, hizo algo inesperado. En lugar de patear al arco, pasó la pelota a otro jugador, un defensor que nunca había anotado un gol en su vida. El defensor recibió la pelota y, sin pensarlo dos veces, pateó con todas sus fuerzas. ¡La pelota entró! ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOL! ¡Empate! 3 a 3. ¡El estadio (o mejor dicho, el parque) explotó en júbilo!
El partido terminó en empate. ¡Habría penales! El Pelao estaba al borde de un ataque al corazón. Laura le agarró la mano. "¡Tranquilo, Pelao! ¡Lo importante es que lucharon con todo!"
Los penales fueron una locura. Cada equipo anotaba y fallaba. Finalmente, llegó el último penal. Si Los Leones Rugientes anotaban, ganaban el campeonato. El encargado de patear era, nuevamente, Mateo. Tomó carrera y… ¡anotó! ¡Los Leones Rugientes eran los campeones! El Pelao y Laura saltaron, gritaron y se abrazaron. ¡Habían ganado! ¡Habían logrado el gol imposible!
Esa noche, mientras cenaban pizza (la pizza era la recompensa por un buen partido, ganaran o perdieran), Laura le preguntó a El Pelao: "¿Qué fue lo más importante del partido, Pelao?". El Pelao sonrió. "Lo más importante, Laurita, es que nunca hay que rendirse. Y que a veces, un pequeño grito de aliento puede hacer la diferencia." Laura lo abrazó. Sabía que tenía al mejor papá del mundo, ¡y al mejor fanático del fútbol también!
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