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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblo pequeño al pie de una montaña altísima, un niño llamado Tomás. Tomás era curioso como un gato y aventurero como un pirata. Un día, mientras jugaba cerca de un antiguo roble, encontró una puerta diminuta escondida entre las raíces. La puerta brillaba con un polvo dorado, y Tomás, sin pensarlo dos veces, la abrió.
Al instante, sintió que se hacía más y más pequeño. El césped se convirtió en una jungla, las hormigas en monstruos y la pequeña puerta en un túnel oscuro. Finalmente, cayó con un golpe suave en un suelo cubierto de… ¡zapatos! Zapatos gigantes, de todos los colores y tamaños imaginables. Estaba en el País de los Gigantes.
Tomás se levantó, sacudiéndose el polvo de sus pantalones. A su alrededor, los zapatos formaban montañas y valles. Un zapato rojo con lunares blancos parecía una casa acogedora. Un zapato marrón, enorme y con cordones desatados, parecía una cueva misteriosa. El aire olía a cuero viejo y a calcetines sudados, una mezcla extraña pero no desagradable.
De repente, escuchó un ruido. Un estruendo que sacudió el suelo. Un gigante, bueno, ¡un pie gigante!, apareció de la nada. Era un pie enorme, cubierto de polvo y con las uñas pintadas de un color verde chillón. Tomás se escondió detrás de un zapato azul celeste, temblando como una hoja.
El pie gigante pertenecía a una giganta llamada Gertrudis. Gertrudis era una giganta amable, aunque un poco distraída. Estaba buscando su par de botas favoritas, unas botas con hebillas doradas que usaba para bailar en las fiestas de la luna. No se dio cuenta de que Tomás estaba allí, escondido entre sus zapatos.
Tomás, después de un rato, se armó de valor. Salió de su escondite y gritó con todas sus fuerzas: "¡Hola! ¡Giganta Gertrudis!"
Gertrudis se sobresaltó. Miró hacia abajo y vio al pequeño Tomás. Sus ojos, del tamaño de platos, se abrieron de par en par. "¡Oh, cielos! ¿Qué es esto? ¿Una hormiga parlante?", dijo Gertrudis, riendo a carcajadas.
"No soy una hormiga, soy Tomás. Y estoy perdido en tu montaña de zapatos," respondió Tomás, con la voz temblorosa.
Gertrudis dejó de reír y se arrodilló con cuidado. "¡Pobrecito! ¿Cómo llegaste aquí?" preguntó con voz suave.
Tomás le contó sobre la puerta mágica y cómo se había hecho pequeño. Gertrudis escuchó atentamente, asintiendo con la cabeza. "Ya veo," dijo. "Bueno, no te preocupes, te ayudaré a volver a casa. Pero antes, ¿me ayudarías a encontrar mis botas de baile?"
Tomás aceptó encantado. Buscaron entre montañas de zapatos, escalando tacones como si fueran acantilados y deslizándose por rampas de suelas brillantes. Encontraron sandalias de playa, botas de vaquero, zapatillas de ballet y hasta un par de zuecos de madera con flores pintadas. Pero las botas con hebillas doradas no aparecían por ningún lado.
Finalmente, Tomás vio algo que brillaba bajo un zapato de payaso gigante. ¡Eran las botas de Gertrudis! Estaban escondidas debajo del zapato, cubiertas de polvo.
"¡Las encontré! ¡Aquí están!" gritó Tomás, levantando las botas con todas sus fuerzas.
Gertrudis, feliz, tomó las botas y se las puso. Para agradecer a Tomás, le ofreció llevarlo de vuelta a su casa. Con cuidado, lo colocó en la palma de su mano y sopló suavemente. Tomás sintió que se hacía más y más grande, hasta que volvió a su tamaño normal.
Gertrudis lo dejó suavemente al pie del roble, justo al lado de la puerta mágica. "Gracias, Tomás," dijo Gertrudis. "Fuiste un gran ayudante. ¡Y recuerda, siempre hay aventuras esperando a la vuelta de la esquina!" Y con una sonrisa gigante, Gertrudis se fue, dejando a Tomás maravillado.
Tomás miró la puerta mágica, que ahora parecía una entrada normal. Sabía que nunca olvidaría su aventura en el País de los Gigantes. Cerró la puerta y corrió a casa, con una historia increíble para contar… aunque nadie le creyera.
Desde ese día, Tomás siguió siendo curioso y aventurero, pero también aprendió que incluso los gigantes necesitan ayuda a veces, y que la amistad puede encontrarse en los lugares más inesperados. Y cada vez que veía un zapato, recordaba su increíble viaje a la Montaña de Zapatos.
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