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Había una vez una niña de siete años llamada Lucía. Lucía tenía el cabello castaño y rizado que siempre parecía tener vida propia, una piel bronceada por el sol del verano y una sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Ese día, Lucía vestía su atuendo favorito: una camiseta de color amarillo brillante y un peto de mezclilla azul con bolsillos llenos de piedras curiosas y hojas secas. Pero lo más importante de ese día no era su ropa, sino el lugar al que se dirigía con sus padres: el refugio de animales 'Colas Felices'.
Durante meses, Lucía había insistido en que estaba lista para tener su primera mascota. Había leído libros sobre perros, había practicado paseando a un peluche con un cordel y había ahorrado sus monedas para comprar un plato de comida de color rojo. Al llegar al refugio, el corazón de Lucía latía con fuerza. El lugar estaba lleno de ladridos alegres y narices curiosas que se asomaban por las rejas. De repente, en la última jaula, vio una pequeña bola de pelos blancos y esponjosos. Era un cachorro con ojos oscuros como uvas pasas y una cola que se movía tan rápido que parecía un ventilador.
—Hola, pequeño —susurró Lucía, acercando su mano con cuidado. El perrito le lamió los dedos con una lengüita rosada y tibia. En ese instante, Lucía supo que él era el indicado. Decidió llamarlo Copito.
Los primeros días en casa fueron una mezcla de alegría y grandes descubrimientos. Lucía aprendió rápidamente que tener un perro no era solo jugar a la pelota. El primer desafío llegó la primera mañana. Copito tenía hambre y lloraba suavemente al pie de la cama de Lucía.

—Recuerda, Lucía —dijo su mamá desde la puerta—, Copito depende totalmente de ti. Tú eres su proveedora y su guía.
Con mucha seriedad, Lucía bajó a la cocina. Aprendió a medir la cantidad exacta de croquetas para que Copito creciera sano y fuerte. Observó cómo el cachorro bebía agua con entusiasmo de su nuevo plato rojo, salpicando un poco el suelo. Lucía no se quejó; simplemente buscó un paño y limpió las gotas, entendiendo que mantener el espacio limpio también era parte de su nueva responsabilidad.
Por la tarde, llegó el momento del paseo. Lucía le puso a Copito un collar azul y una correa a juego. Al principio, Copito no sabía qué hacer y se sentaba en el césped, mirando las mariposas. Lucía tuvo que ser muy paciente. Con voz dulce y muchas caricias, lo animó a caminar por el sendero del jardín.
—¡Muy bien, Copito! ¡Tú puedes! —le decía con entusiasmo.

Sin embargo, no todo fue perfecto. Una tarde, Lucía encontró una de sus zapatillas favoritas con un agujero justo en la punta. Copito la miraba con las orejas gachas, sabiendo que había hecho algo travieso. Lucía sintió ganas de llorar, pero recordó lo que decía su libro de mascotas: los cachorros muerden cosas porque están descubriendo el mundo y les duelen los dientes nuevos. En lugar de enojarse, Lucía respiró profundo y le dio a Copito un juguete de goma adecuado para morder.
—Esto sí puedes morderlo, Copito —le explicó con calma, aunque con firmeza. El perrito aceptó el juguete y comenzó a saltar alegremente. Lucía comprendió que educar con amor era mucho más efectivo que los gritos.
Con el paso de las semanas, Lucía y Copito formaron un equipo inseparable. Ella aprendió a cepillar su pelaje blanco para que no se enredara, una tarea que a Copito le encantaba porque terminaba siempre en una sesión de cosquillas en la barriga. También aprendió la importancia de las visitas al veterinario y de mantener a Copito protegido del frío.
Una noche, mientras una lluvia suave golpeaba la ventana, Lucía se sentó en la alfombra de su habitación a leer un cuento. Copito se acurrucó a su lado, apoyando su cabecita blanca sobre las piernas de la niña. Lucía acarició sus rizos castaños y luego el suave lomo del perro. Se dio cuenta de que, aunque cuidar a Copito daba mucho trabajo, el amor y la lealtad que recibía a cambio valían cada esfuerzo.
Lucía ya no era solo una niña con un perro; era una cuidadora responsable, una maestra paciente y, sobre todo, la mejor amiga que un perrito como Copito podría haber soñado jamás. Juntos, estaban listos para vivir mil aventuras más, aprendiendo el uno del otro cada día.
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