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Mateo era un niño de siete años con una imaginación tan grande que a veces sentía que no cabía en su pequeño pupitre de madera. Le gustaba observar las nubes, coleccionar piedras con formas extrañas y, sobre todo, escuchar los sonidos que otros ignoraban. Un martes por la mañana, mientras todos sus compañeros corrían hacia el patio para el recreo, Mateo se quedó atrás para buscar un lápiz que se le había caído bajo los estantes de las mochilas.
Fue entonces cuando lo oyó: un pequeño estornudo que sonó como el crujido de una fogata. Al asomarse detrás de una mochila azul gastada, sus ojos se abrieron de par en par. No era un ratón, ni un gato que se había colado por la ventana. Era un dragón. Pero no un dragón gigante como los de los cuentos que queman castillos; este era del tamaño de un gatito, con escamas de color verde esmeralda que brillaban con destellos dorados y un par de alas diminutas que parecían hechas de cuero fino.
—¡Hola! —susurró Mateo, conteniendo el aliento. El dragón lo miró con unos ojos grandes y brillantes como canicas de ámbar. En lugar de rugir, soltó un pequeño hilo de humo morado por la nariz. Mateo, lejos de asustarse, sintió una conexión instantánea. Decidió llamarlo Brasa.
El problema era que la escuela no era el lugar ideal para un dragón. Mateo sabía que si la estricta directora, la señora Pinzón, encontraba a Brasa, seguramente llamaría a los expertos en control de plagas o algo peor. Con mucho cuidado, Mateo acomodó sus libros para hacerle un hueco a Brasa en su mochila, dejando la cremallera un poco abierta para que pudiera respirar.
Durante la clase de matemáticas, el desafío fue enorme. Brasa estaba inquieto y cada vez que el niño intentaba resolver una suma, sentía que su mochila se movía. De repente, un suave ronroneo, que sonaba sospechosamente a brasas ardiendo, comenzó a resonar en el salón silencioso.

—Mateo, ¿qué es ese ruido? —preguntó la maestra, ajustándose las gafas.
—Es... ¡mi estómago, maestra! —mintió Mateo rápidamente—. Desayuné muy poco hoy.
Sus compañeros se rieron, pero la maestra continuó con la lección. Mateo suspiró aliviado, pero su tranquilidad duró poco. Brasa, aburrido de estar encerrado, asomó su pequeña cabeza escamosa justo cuando la maestra se daba la vuelta. Por suerte, solo Mateo lo vio. Le hizo una seña frenética para que se escondiera, y el dragón, que parecía ser muy inteligente, volvió a sumergirse entre los cuadernos.
El momento más crítico llegó durante la hora del almuerzo. El olor a pizza de la cafetería volvió loco a Brasa. Mateo tuvo que llevarse su mochila al rincón más alejado del patio, cerca de los viejos robles. Allí, compartió un trozo de su manzana y un pedazo de pan con el pequeño ser. Brasa comía con entusiasmo, lanzando pequeñas chispas de alegría que chamuscaban ligeramente el césped.
—Tienes que tener cuidado, Brasa —le advirtió Mateo mientras le acariciaba la cabeza—. Si te ven, nuestra aventura terminará.

Sin embargo, el destino tenía otros planes. Por la tarde, en la clase de ciencias, los niños estaban realizando un experimento con volcanes de bicarbonato. El volcán de Mateo no parecía querer entrar en erupción, y él se sentía frustrado. Brasa, sintiendo la tristeza de su amigo desde la mochila, decidió ayudar. Se deslizó silenciosamente hacia afuera y, oculto tras la maqueta del volcán, lanzó un soplido de fuego real.
El volcán no solo burbujeó, sino que lanzó una columna de humo de colores y luces brillantes que dejaron a toda la clase boquiabierta. ¡Fue el mejor experimento de la historia! La maestra estaba tan impresionada que no se detuvo a pensar en cómo un volcán de cartón podía emitir calor de verdad.
Al final del día, Mateo se dio cuenta de que la escuela era demasiado pequeña para un dragón, incluso para uno tan pequeño como Brasa. Llevó a su nuevo amigo al jardín secreto detrás de la biblioteca, un lugar lleno de flores silvestres y árboles antiguos donde nadie solía ir.
—Aquí estarás a salvo —dijo Mateo con un poco de tristeza—. Vendré a verte todos los días y te traeré comida.
Brasa le lamió la mano, dejando una sensación de calor reconfortante. El dragón extendió sus alas y voló hacia la rama más alta de un roble, camuflándose perfectamente con las hojas verdes. Mateo regresó a casa con la mochila ligera, pero con el corazón lleno. Sabía que, a partir de ese día, ir a la escuela ya no sería algo rutinario, sino el comienzo de una gran amistad secreta.
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¿En qué lugar exacto del salón de clases encontró Mateo al pequeño dragón?
¿Qué nombre le puso Mateo al dragón y de qué color eran sus escamas?
¿Por qué Mateo decidió ocultar a Brasa en su mochila en lugar de mostráselo a sus compañeros y a la maestra?
¿Cómo influyeron los sentimientos de Mateo en la decisión de Brasa de intervenir en el experimento del volcán?
¿Crees que Mateo fue responsable al llevar un dragón a la escuela? Justifica tu opinión basándote en los riesgos que corrieron.
A juzgar por el final de la historia, ¿consideras que el jardín secreto es un lugar adecuado para Brasa o debería Mateo haber buscado otra solución?
Si Brasa pudiera dejarle un regalo mágico a Mateo en su mochila como agradecimiento, ¿qué crees que sería y para qué serviría?
Imagina que la señora Pinzón descubre a Brasa en el jardín secreto. Escribe un breve diálogo sobre cómo Mateo intentaría convencerla de no llamar al control de plagas.
En el texto se menciona que Mateo hizo una 'seña frenética' para que el dragón se escondiera. ¿Qué significa la palabra 'frenética' en este contexto?
El autor dice que las chispas de Brasa 'chamuscaban' ligeramente el césped. Según la lectura, ¿qué efecto produce algo que chamusca?
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