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Rogelio era un niño… peculiar. Él mismo decía que no le gustaban los berrinches, ¡para nada! Pero, curiosamente, a Rogelio le encantaba que le rogaran. Si quería un vaso de jugo, no simplemente lo pedía. Esperaba, con los bracitos cruzados y un puchero digno de un actor de telenovela, a que alguien le dijera: "¡Ay, Rogelio, por favorcito, dime qué quieres!" Y entonces, con una sonrisa triunfal, respondía: "¡Quiero jugo de naranja, y con una pajita rayada!"
Sus papás, al principio, intentaron ignorar sus teatritos. Pero Rogelio era persistente. Si no le rogaban, se quedaba tieso como una estatua, murmurando cosas como: "Nadie me quiere… soy invisible… el jugo de naranja es un mito…". Y al final, cedían. ¿Qué podían hacer? Amaban a su pequeño rey.
Un día, la abuela Elena llegó de visita. La abuela Elena era sabia y tenía una paciencia infinita, pero también una firmeza inquebrantable. Observó a Rogelio durante un rato. Lo vio pedir un juguete, no con una simple petición, sino con un largo suspiro seguido de: "Supongo que a nadie le importa si juego con el tren… ya veo que nadie me va a rogar que lo haga… ¡Qué triste es ser un niño incomprendido!"
La abuela Elena sonrió suavemente. "Rogelio, cariño," dijo, "¿sabes? En mi pueblo, hay un reino llamado El Reino de los Por Favor. Allí, todo el mundo se ayuda y se trata con amabilidad, pero nadie, ¡absolutamente nadie!, ruega a nadie para conseguir algo. Si quieres algo, lo pides con un por favor y un gracias. ¿Te gustaría que te contara cómo es ese reino?"
Rogelio, intrigado, asintió. "Pero… ¿qué pasa si no te ruegan? ¿Cómo consigues lo que quieres?"
La abuela Elena se sentó a su lado y comenzó a contarle la historia. "En el Reino de los Por Favor, todos son muy respetuosos. Si un niño quiere un juguete, dice: Por favor, ¿puedo jugar con ese tren? Y si la otra persona está de acuerdo, responde: ¡Claro que sí! Aquí tienes. No hay lágrimas, no hay pucheros, no hay dramas. Solo amabilidad y respeto."
Continuó contándole sobre las maravillas del reino: los árboles daban frutas deliciosas a quien las pedía con un por favor, los ríos cantaban melodías hermosas a quien les daba las gracias, y los animales jugaban alegremente con quien los trataba con cariño.
Rogelio escuchaba atentamente. Al principio, le pareció aburrido. ¿Dónde estaba la emoción del ruego? ¿Dónde estaba el placer de ser el centro de atención? Pero la abuela Elena seguía contando historias, cada una más encantadora que la anterior. Le habló de niños que compartían sus juguetes, de ancianos que recibían ayuda sin pedirla, y de familias que se querían y se respetaban sin necesidad de súplicas.
Poco a poco, Rogelio comenzó a entender. Se dio cuenta de que el Reino de los Por Favor no era aburrido, sino que era un lugar lleno de alegría genuina, de amistad sincera y de amor incondicional. Se dio cuenta de que no necesitaba que le rogaran para ser feliz.
Al día siguiente, Rogelio se despertó con una nueva actitud. Su papá estaba sirviendo el desayuno. Rogelio se acercó a él y, en lugar de esperar a que le rogaran, dijo: "Papá, por favor, ¿me puedes dar un vaso de jugo de naranja? Y gracias."
Su papá lo miró sorprendido, pero luego sonrió ampliamente. "¡Claro que sí, Rogelio! Aquí tienes." Le entregó el vaso de jugo con una pajita rayada. Rogelio bebió el jugo y sintió algo diferente. No era la satisfacción de haber conseguido algo a través del ruego, sino la alegría de haber pedido algo con respeto y de haber recibido una respuesta amable.
Desde ese día, Rogelio intentó vivir como si estuviera en el Reino de los Por Favor. A veces, se le olvidaba y volvía a sus viejos hábitos, pero su abuela Elena, con una sonrisa paciente, le recordaba que la amabilidad y el respeto eran mucho más valiosos que cualquier ruego. Y poco a poco, Rogelio fue aprendiendo a ser un niño más amable, más respetuoso y, sobre todo, mucho más feliz. Descubrió que no necesitaba ser un rey para ser amado y que la verdadera felicidad se encontraba en compartir y en dar las gracias.
Y así, Rogelio, el pequeño rey de los berrinches (que según él no hacía), se convirtió en un embajador del Reino de los Por Favor, enseñando a todos los niños que conocía el poder mágico de las palabras por favor y gracias. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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