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Mateo siempre había pensado que la puerta de su casa era de lo más aburrida. Era de madera oscura, tenía un pomo de bronce algo desgastado y siempre chirriaba un poquito al abrirse. Pero esa tarde de martes, después de volver del colegio con la mochila cargada de libros y la mente llena de sueños, algo fue diferente. Al girar la llave y empujar la madera, el chirrido habitual no sonó. En su lugar, un susurro suave, como el de mil hojas de papel movidas por el viento, lo recibió. Al abrir la puerta, no era mi casa lo que encontré.
En lugar del pasillo estrecho con el paragüero de cerámica y el cuadro de las montañas que tanto le gustaba a su madre, Mateo se topó con una inmensidad que le quitó el aliento. Frente a él se extendía un bosque que parecía haber sido pintado con los colores de un arcoíris nocturno. El suelo no era de parqué, sino de un musgo esponjoso de color violeta que brillaba suavemente bajo sus pies. El techo no era de yeso blanco, sino un cielo infinito de color turquesa donde flotaban tres lunas de diferentes tamaños.
—¿Hola? —susurró Mateo, con el corazón saltando en su pecho como un pajarillo asustado. Su voz no rebotó en las paredes, sino que se perdió entre los troncos de unos árboles altísimos cuyas cortezas parecían estar hechas de plata líquida.
De repente, de entre las ramas de un arbusto cargado de bayas que parpadeaban como luciérnagas, emergió una criatura pequeña. Era una ardilla, pero no una normal. Tenía un pelaje azul cobalto y, en lugar de una cola esponjosa, lucía dos magníficas alas de mariposa monarca que vibraban con un suave zumbido. La criatura se posó sobre una roca flotante y lo miró con ojos curiosos y dorados.
—Llegas tarde para la merienda de néctar, humano —dijo la ardilla con una voz cristalina. Mateo parpadeó, frotándose los ojos con fuerza, pero la criatura seguía allí.

—Yo... yo solo quería entrar a mi casa —logró decir el niño—. Me llamo Mateo. ¿Dónde estoy?
—Estás en el Reino de los Sueños Despiertos, Mateo —respondió la ardilla, haciendo una pequeña reverencia—. Yo soy Pipo, el guardián de este umbral. A veces, cuando un niño desea con suficiente fuerza que ocurra algo emocionante, las puertas se confunden y deciden mostrar lo que hay al otro lado de la realidad.
Pipo invitó a Mateo a caminar. A medida que avanzaban, el niño descubrió maravillas que nunca habría podido imaginar. Pasaron junto a un río de agua transparente que fluía hacia arriba, desafiando la gravedad, y cruzaron un puente hecho de rayos de sol solidificados. Mateo se dio cuenta de que no tenía miedo; la curiosidad era mucho más fuerte. Los árboles le susurraban secretos en un idioma que, aunque no entendía, le hacía sentir una paz inmensa.
—¿Cómo volveré? —preguntó Mateo mientras observaba a unas flores gigantes que cantaban una melodía dulce cuando el viento las rozaba.
—El camino de regreso siempre está en el mismo lugar —explicó Pipo, señalando hacia atrás—. Pero la puerta solo se abrirá de nuevo si llevas contigo algo de este mundo en tu corazón. Este lugar se alimenta de la asombro, Mateo. Si dejas de asombrarte, el portal se cerrará para siempre.

Caminaron hasta llegar al Lago de Cristal, un espejo de agua tan perfecto que reflejaba no solo el cielo turquesa, sino también los deseos más profundos de quien lo miraba. Mateo se acercó a la orilla y vio su propio reflejo, pero detrás de él, vio su sala de estar, a su perro Sultán durmiendo en la alfombra y el olor a chocolate caliente que su madre solía preparar.
—Es hora de volver —dijo Pipo con un toque de tristeza—. Pero no olvides lo que has visto. El mundo real también tiene su magia, solo hay que saber mirar con los ojos del asombro.
Mateo asintió y, antes de marcharte, Pipo le entregó una pequeña hoja de los árboles de plata. Al tocarla, la hoja se transformó en un pequeño colgante que brillaba con una luz esmeralda. El niño abrazó con la mirada aquel mundo fantástico por última vez y caminó hacia el reflejo del lago. Al dar el primer paso sobre el agua, sintió un cosquilleo por todo el cuerpo y el sonido de las flores cantoras se transformó gradualmente en el sonido de la televisión de su casa.
De repente, Mateo estaba de pie en su pasillo. La puerta estaba cerrada a sus espaldas. El paragüero seguía allí y el cuadro de las montañas colgaba en su sitio. Se frotó la cara, pensando que quizá se había quedado dormido al llegar. Sin embargo, al meter la mano en el bolsillo de su pantalón, sus dedos tocaron algo frío y metálico. Sacó el objeto y allí estaba: un pequeño colgante en forma de hoja que brillaba débilmente en la penumbra del pasillo.
Mateo sonrió, guardó su tesoro y caminó hacia la cocina. Sabía que, a partir de ese día, ninguna puerta volvería a ser simplemente una puerta de madera. Ahora sabía que detrás de cualquier rincón ordinario, podía esconderse el comienzo de la aventura más extraordinaria de su vida.
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