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El sol brillaba como un caramelo gigante el primer día de clases en la Escuela Nube. Pepita, una pequeña gota de lluvia con un lazo rosa gigante, estaba nerviosa. ¡Era su primer día! Su mamá, una nube gordita y sonriente llamada Nubelia, le alisó su pelo de agua.
"No te preocupes, Pepita," dijo Nubelia con voz suave como el viento. "La Escuela Nube es maravillosa. ¡Harás muchos amigos!"
Pepita respiró hondo y juntas flotaron hacia la escuela. La Escuela Nube era enorme, hecha de algodón de azúcar y arcoíris. ¡Era incluso más grande de lo que Pepita había imaginado! Había pequeñas nubes jugando a las escondidas entre rayos de sol, y gotas de lluvia riendo mientras se deslizaban por toboganes de arcoíris.
Al llegar a la puerta, Pepita se aferró a la mano de su mamá. "No quiero ir," susurró. "¡Tengo miedo!"
Nubelia se agachó y le dio un beso en la frente. "Estaré aquí cuando terminen las clases, mi amor. Diviértete y recuerda ser amable." Le entregó una pequeña estrella de mar de goma, el juguete favorito de Pepita. "Esto te dará suerte."
Con un suspiro, Pepita entró a la escuela. La maestra, una nube larga y delgada llamada Nimbo, la recibió con una sonrisa. "¡Bienvenida, Pepita! ¡Estamos muy contentos de tenerte aquí!"
Nimbo la llevó a su pupitre, que estaba decorado con pequeñas pegatinas de soles. A su lado, había un pequeño rayo de sol llamado Rayito, quien le sonrió tímidamente.
"Hola," dijo Rayito. "¿Eres nueva aquí?"
"Sí," respondió Pepita, sintiéndose un poco menos nerviosa. "Me llamo Pepita."
"Yo soy Rayito. ¿Quieres jugar conmigo durante el recreo?"
Pepita asintió con entusiasmo. ¡Ya tenía un amigo!
La primera clase fue de "Formación de Nubes". Nimbo les enseñó cómo crear diferentes tipos de nubes, desde cirros delgados como pinceles hasta cúmulos esponjosos como algodón. Pepita tuvo problemas al principio, pero con la ayuda de Rayito, logró crear una nube pequeña y perfecta en forma de corazón.
Después, tuvieron la clase de "Danza de la Lluvia". Aprendieron diferentes ritmos de lluvia, desde la llovizna suave hasta el aguacero torrencial. Pepita descubrió que le encantaba hacer ruido con sus gotitas al caer al suelo.
Finalmente, llegó el recreo. Pepita y Rayito jugaron a las escondidas entre las nubes. Rayito era muy rápido, pero Pepita era buena para esconderse detrás de los arcoíris. Luego, se unieron a otros niños para deslizarse por los toboganes de arcoíris. ¡Era tan divertido que Pepita se olvidó por completo de que estaba nerviosa!
Mientras se deslizaba por el tobogán, vio a una nube solitaria sentada en una esquina. Era una nube pequeña y gris llamada Grisela. Parecía muy triste.
Pepita se acercó a Grisela. "Hola," dijo. "¿Por qué estás triste?"
Grisela suspiró. "Nadie quiere jugar conmigo," dijo. "Soy una nube gris y todos prefieren las nubes brillantes y coloridas."
Pepita sintió lástima por Grisela. "Eso no es cierto," dijo. "¡A mí me gustas! ¿Quieres jugar con nosotros?"
Grisela sonrió tímidamente. "¿De verdad?"
"¡Claro!" Pepita la tomó de la mano y la llevó a donde estaban Rayito y los otros niños. Al principio, los otros niños estaban un poco sorprendidos de ver a Grisela, pero Pepita les explicó que todos debían ser amigos.
Pronto, Grisela se unió a los juegos y se divirtió mucho. Descubrió que le encantaba contar historias de tormentas y hacer figuras de sombras con su forma gris.
Cuando sonó la campana, Pepita se sintió un poco triste de que el día hubiera terminado. Había hecho muchos amigos y aprendido muchas cosas nuevas.
En la puerta, vio a su mamá, Nubelia, esperándola con una gran sonrisa.
"¿Cómo te fue, Pepita?" preguntó Nubelia.
"¡Fue el mejor día de mi vida!" exclamó Pepita. "¡Hice muchos amigos y aprendí a hacer nubes y a bailar la lluvia!"
Nubelia la abrazó con fuerza. "Estoy muy orgullosa de ti, mi amor."
Mientras flotaban de regreso a casa, Pepita miró hacia atrás a la Escuela Nube. ¡Ya no tenía miedo! Estaba emocionada por el siguiente día de clases. Sabía que la Escuela Nube era un lugar mágico donde podía aprender, jugar y hacer nuevos amigos. Y lo más importante, aprendió que todos, incluso las nubes grises, merecen ser amados y aceptados. Con su estrella de mar de goma en la mano, Pepita sabía que cada día sería una aventura llena de arcoíris.
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