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Gratis · elegí una vozÉrase una vez que se era en un lejano castillo, donde vivía el Príncipe Ángel, un niño de corazón noble y una sonrisa aún más brillante. El castillo era gobernado por el Rey Papuchi, un hombre sabio y bonachón con una barba que llegaba hasta el suelo; la Reina Petisa, una mujer menuda pero con una energía inagotable; y la Princesa Peaches, la hermana mayor de Ángel, conocida por su ingenio y su amor por los animales.
Un día, una sombra cubrió el reino. Las sonrisas comenzaron a desaparecer. Primero, las de los niños que jugaban en la plaza, luego las de los panaderos que horneaban el pan, y finalmente, incluso la sonrisa del Rey Papuchi se desvaneció. El reino entero se sumió en una tristeza silenciosa.
"¡Debemos hacer algo!" exclamó el Príncipe Ángel, con lágrimas en los ojos. La Reina Petisa, aunque preocupada, asintió con la cabeza. "Tienes razón, Ángel. Pero, ¿qué podemos hacer?"
El Rey Papuchi, con su rostro normalmente alegre ahora sombrío, suspiró. "He consultado mis libros de sabiduría. Parece que la Tristeza Silenciosa es causada por el Dragón Avaro que vive en la Montaña Nublada. Roba las sonrisas para alimentar su ego."
La Princesa Peaches, que había estado escuchando atentamente, propuso: "Podemos ir a la Montaña Nublada y pedirle al Dragón Avaro que nos devuelva las sonrisas."
Así, el Príncipe Ángel, el Rey Papuchi, la Reina Petisa y la Princesa Peaches emprendieron un viaje hacia la Montaña Nublada. El camino era largo y peligroso. Tuvieron que cruzar el Bosque Susurrante, donde los árboles parecían hablar en acertijos, y el Río de las Lágrimas, cuyas aguas eran tan saladas como el mar.
En el Bosque Susurrante, un viejo árbol les dijo: "Para pasar, debéis responder mi acertijo: ¿Qué es aquello que siempre viene, pero nunca llega?"
La Princesa Peaches, con su ingenio rápido, respondió: "¡El mañana!" El árbol, satisfecho, les permitió continuar.
Al llegar al Río de las Lágrimas, encontraron un barquero triste que se negaba a remar. "No tengo fuerzas para remar. La tristeza me ha consumido", lloriqueó.
El Príncipe Ángel, recordando la importancia de la alegría, le contó un chiste que su padre le había contado muchas veces. El chiste era tan tonto que el barquero no pudo evitar soltar una pequeña risa. Con una chispa de alegría renovada, el barquero remó a través del río.
Finalmente, llegaron a la Montaña Nublada. La guarida del Dragón Avaro era oscura y llena de tesoros. En el centro, sentado sobre una montaña de oro, estaba el Dragón Avaro, un ser escamoso y gruñón con una mirada codiciosa. Alrededor de él, flotaban miles de sonrisas capturadas, brillando tenuemente como pequeñas estrellas.
"¡Devuélvenos nuestras sonrisas!" exigió el Rey Papuchi con voz firme.
El Dragón Avaro soltó una carcajada. "¿Por qué habría de hacerlo? ¡Sus sonrisas son mías ahora! Me hacen sentir importante."
La Reina Petisa, con su energía inagotable, intentó razonar con el dragón. "Pero, ¿no te das cuenta de que las sonrisas son más valiosas cuando se comparten? La alegría se multiplica cuando se da."
El Príncipe Ángel, observando la tristeza en los ojos del dragón, se acercó con cautela. "Señor Dragón", dijo con voz suave, "creo que usted también necesita una sonrisa. ¿Por qué no nos deja devolver las nuestras a nuestro pueblo y le prometemos traerle una sonrisa especialmente para usted?"
El Dragón Avaro pareció sorprendido. Nadie nunca le había ofrecido una sonrisa. Reflexionó por un momento, luego, con un suspiro, dijo: "Está bien. Pero si no me traen una sonrisa, ¡volveré a robar todas las demás!"
El Príncipe Ángel, el Rey Papuchi, la Reina Petisa y la Princesa Peaches liberaron las sonrisas capturadas, que volaron de regreso al reino, iluminando los rostros de todos. El reino entero estalló en alegría.
Luego, la familia real se dedicó a encontrar una sonrisa para el Dragón Avaro. Intentaron contar chistes, cantar canciones e incluso hacer cosquillas al Rey Papuchi (lo que siempre hacía reír a todos), pero nada parecía lo suficientemente especial.
Finalmente, la Princesa Peaches tuvo una idea. "¡Hagamos un pastel!" exclamó. "Un pastel tan delicioso que hará sonreír al dragón."
Trabajaron juntos, mezclando harina, huevos, azúcar y un ingrediente secreto: el amor. El pastel horneado era dorado y fragante, con un glaseado brillante y adornado con frutas frescas.
Regresaron a la Montaña Nublada y le presentaron el pastel al Dragón Avaro. El dragón, escéptico al principio, tomó un bocado. Sus ojos se abrieron de par en par. Nunca había probado nada tan delicioso. Una sonrisa genuina, la primera en mucho tiempo, apareció en su rostro.
Desde ese día, el Dragón Avaro dejó de robar sonrisas y se convirtió en amigo del reino. Y en el castillo, esa noche, disfrutaron de una deliciosa cena en familia, llenos de alegría y gratitud, celebrando la valentía del Príncipe Ángel y la unión de toda la familia.
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