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Hoy voy a contarles una historia muy especial… La historia de un Príncipe… ¡que era muy feliz! Allí arriba, en lo más alto de la ciudad, había una estatua hermosa: ¡el Príncipe Feliz! Brillaba con su capa de oro, sus ojos azules de zafiro y una gran joya roja en su espada. ¿Cómo creen que se siente el Príncipe allí arriba?
¡Qué largo ha sido mi viaje! Ahora voy a descansar un poco antes de ir a Egipto. (La golondrina se posa sobre la estatua) ¿Pero qué es esto? ¡Está lloviendo! ¡Pero si no hay nubes! Entonces… ¡Oh! ¡Es la estatua! ¡El Príncipe está llorando! ¿Por qué creen que el Príncipe está llorando si es tan feliz?
Desde aquí arriba veo muchas cosas… veo a la gente pobre, veo niños que tienen hambre… y yo no puedo hacer nada para ayudarlos. Golondrina, ¿puedes llevar esta joya a una mamá que tiene un hijo enfermo? Ella no tiene dinero y su pequeño necesita comer. ¡Claro! ¡Voy volando! La mamá encontró la joya y pudo comprar comida para su hijo. ¡El niño sonrió por primera vez en días! ¿Cómo creen que se sintió la golondrina al ayudar?
Golondrina, hay un joven escritor que tiene frío. No puede escribir porque no tiene dinero para comprar leña… Toma uno de mis ojos y llévaselo. ¡Pero si te saco un ojo, quedarás medio ciego! No importa… Él lo necesita más que yo. El escritor pudo vender la joya y comprar leña. ¡Por fin podría terminar su historia! ¿Qué hubieran hecho ustedes en el lugar del Príncipe?
Príncipe, ya no tienes más joyas… ¡Ahora estás ciego! Sí, pero veo con el corazón… Ahora quítame el oro y repártelo entre los pobres. Las personas pobres encontraron el oro y pudieron comer. ¡Estaban felices! Príncipe… ya tengo mucho frío… creo que ya no podré volar… La golondrina se quedó junto al Príncipe… y juntos viajaron al cielo, donde serían felices para siempre. ¿Qué nos enseña esta historia? ¿Cómo podemos ayudar a los demás en la vida real?
Allí, en una ciudad muy lejana, se alzaba una estatua cubierta de oro brillante, zafiros azules y un rubí rojo: el Príncipe Feliz. Todos admiraban su belleza, pero nadie conocía la tristeza que sentía al contemplar el sufrimiento de la ciudad. Una pequeña golondrina, en su viaje hacia tierras cálidas, encontró refugio en la estatua del Príncipe Feliz. Cansada y hambrienta, se sorprendió al sentir las lágrimas del Príncipe. Él le contó sobre su dolor y le pidió ayuda para aliviar el sufrimiento de los más necesitados.
La golondrina, conmovida por la bondad del Príncipe, aceptó ser su mensajera. Primero, llevó el gran rubí rojo de la espada del Príncipe a una costurera pobre cuyo hijo estaba enfermo. Luego, arrancó uno de los zafiros azules de los ojos del Príncipe y se lo entregó a un joven escritor hambriento que no podía terminar su obra. Finalmente, el Príncipe, ahora ciego, le pidió a la golondrina que le quitara todas las láminas de oro que cubrían su cuerpo y las distribuyera entre los pobres.
La golondrina obedeció cada petición, sintiendo cómo el frío y el cansancio la invadían. El Príncipe, aunque ciego y sin adornos, se sentía más feliz que nunca al ver la alegría en los rostros de los necesitados. El invierno llegó con fuerza, y la golondrina, debilitada por el frío y el hambre, sabía que su fin estaba cerca. Con un último esfuerzo, voló hasta el Príncipe y se posó en sus hombros para darle un último beso. Al instante, cayó muerta a sus pies. En ese mismo momento, se escuchó un crujido en el interior de la estatua. El corazón de plomo del Príncipe se había roto en dos.
Al día siguiente, el alcalde y los concejales de la ciudad, al ver la estatua sin oro, sin zafiros y con un aspecto desolado, decidieron derribarla. "Ya no es hermosa", dijeron. Fundieron la estatua en un horno, pero el corazón de plomo del Príncipe no se fundió. Lo arrojaron al basurero, junto al cuerpo de la golondrina. Dios, al ver aquello, le dijo a uno de sus ángeles: "Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad". Y el ángel le trajo el corazón de plomo del Príncipe y el cuerpo de la golondrina. "Has elegido bien", dijo Dios. "Porque en mi jardín del Paraíso, el Príncipe Feliz cantará para siempre, y la golondrina jugará en mi jardín".
Así termina la historia del Príncipe Feliz y la Golondrina Valiente, una historia sobre la generosidad, el sacrificio y la verdadera felicidad que se encuentra en ayudar a los demás, incluso a costa de uno mismo. El Príncipe, que antes vivía en la opulencia, encontró la verdadera felicidad al renunciar a todo por el bienestar de su pueblo. Y la golondrina, que inicialmente solo buscaba refugio, se convirtió en un símbolo de lealtad y compasión al ayudar al Príncipe en su noble tarea.
Recuerden, niños, que la verdadera belleza no se encuentra en las riquezas ni en los adornos, sino en el corazón bondadoso que se preocupa por los demás. Y que incluso los actos más pequeños de bondad pueden marcar una gran diferencia en el mundo. ¡Así que sean como el Príncipe Feliz y la Golondrina Valiente, y hagan del mundo un lugar mejor!
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