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Gratis · elegí una vozHace muchos, muchos años, en una pequeña ciudad llamada Parque Roma, vivía un príncipe llamado Juan. El Príncipe Juan no era como los otros príncipes. No le gustaban las fiestas elegantes ni las coronas brillantes. Lo que más le gustaba era jugar en el parque detrás del Castillo de Parque Roma con su mejor amigo, un conejito llamado Pepe. Pepe tenía un pelaje blanco como la nieve, unas orejas largas y suaves, y una nariz que siempre se movía. Eran inseparables, felices y jugaban al escondite entre los rosales, corrían carreras hasta el lago y compartían zanahorias jugosas.
Un día soleado, mientras Juan y Pepe jugaban cerca del bosque que bordeaba el parque, una sombra oscura se cernió sobre ellos. Era una bruja muy mala llamada Malala, conocida por sus hechizos malvados y su corazón de piedra. Malala odiaba la felicidad y la alegría, y ver a Juan y Pepe tan contentos la enfurecía. Decidió que iba a arruinar su amistad y llenar sus vidas de tristeza.
Sin que Juan se diera cuenta, Malala se acercó sigilosamente a Pepe y, con un rápido movimiento de su mano huesuda, lo atrapó en una red mágica. Pepe gritó asustado, pero antes de que Juan pudiera reaccionar, Malala desapareció en el bosque, llevándose a Pepe con ella.
El Príncipe Juan, desesperado, sintió que su corazón se rompía en mil pedazos. Pepe era más que un amigo, era su familia. Sin dudarlo, Juan se armó de valor y se adentró en el bosque en busca de su amigo conejito. Caminó durante horas, llamando a Pepe a gritos, pero solo el eco de su voz le respondía. El bosque se volvía cada vez más oscuro y tenebroso, pero Juan no se rendiría. No descansaría hasta encontrar a su amigo.
Después de mucho buscar, cuando la esperanza comenzaba a desvanecerse, Juan escuchó un débil grito proveniente de una dirección. Siguió el sonido, corriendo entre los árboles, hasta que llegó a una casa abandonada en las afueras de la ciudad de Parque Roma. La casa estaba vieja y destartalada, con las ventanas rotas y la puerta colgando de una bisagra. Un escalofrío recorrió la espalda de Juan, pero sabía que tenía que entrar.
Con cautela, Juan se acercó a la casa y miró por una de las ventanas rotas. Lo que vio le heló la sangre. En el interior, en una jaula de hierro oxidado, estaba Pepe, temblando de miedo. Y de pie junto a la jaula, con una sonrisa malvada en su rostro arrugado, estaba la Bruja Malala.
Juan no lo pensó dos veces. Sin dudarlo, abrió la puerta de una patada y entró corriendo en la casa. "¡Malala, suelta a Pepe!", gritó Juan con voz firme. Malala se giró sorprendida, con los ojos inyectados en ira. "¡Vaya, vaya, miren a quién tenemos aquí! El pequeño príncipe intentando salvar a su amiguito conejo", dijo Malala con sarcasmo. "No te saldrás con la tuya, Malala", respondió Juan con valentía, acercándose a la jaula para liberar a Pepe.
De repente, Malala levantó su bastón y conjuró un hechizo. "¡No tan rápido, principito!", exclamó con una risa malvada. Pero Juan tenía un secreto, un poder mágico que solo él conocía. El Príncipe Juan tenía la habilidad de transformarse en animales. En un instante, mientras Malala lanzaba su hechizo, Juan se transformó en un enorme león. Su melena dorada brillaba a la luz de la luna que entraba por las ventanas rotas, y sus garras afiladas brillaban amenazadoramente.
Con un rugido ensordecedor que sacudió toda la casa, el león-príncipe Juan se abalanzó sobre Malala. La bruja, completamente aterrorizada por la imponente figura del león, dejó caer su bastón y gritó de pavor. Nunca había visto nada igual. El rugido del león era tan fuerte que hizo temblar las paredes de la casa abandonada. Malala, presa del pánico, salió corriendo de la casa, tropezando y cayendo mientras huía hacia el bosque.
Una vez que Malala estuvo fuera de su vista, el león-príncipe Juan volvió a transformarse en el Príncipe Juan. Rápidamente, abrió la jaula y liberó a Pepe. El conejito, temblando de alivio, saltó a los brazos de Juan y lo abrazó con fuerza. "¡Juan, me alegro tanto de verte!", exclamó Pepe con lágrimas en los ojos. "Yo también, Pepe. Nunca te dejaré solo", respondió Juan, abrazando a su amigo con cariño.
Juntos, el Príncipe Juan y Pepe salieron de la casa abandonada y regresaron al Castillo de Parque Roma. Estaban cansados y asustados, pero felices de estar juntos. De la Bruja Malala no supieron más nada. Se dice que huyó muy lejos, a una montaña muy alta, donde nadie pudiera encontrarla.
Al día siguiente, Juan y Pepe volvieron al parque. Corrieron y jugaron entre los rosales, disfrutando de la compañía del otro más que nunca. Sabían que su amistad era especial y que nada, ni siquiera una bruja malvada, podría separarlos. Prometieron protegerse siempre el uno al otro y vivir felices para siempre en el Castillo de Parque Roma.
Colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
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