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Había una vez, en un reino donde las nubes parecían algodón de azúcar y los ríos cantaban melodías de cuna, un pequeño príncipe llamado Julián. Julián era un niño de ojos curiosos y rodillas siempre raspadas de tanto explorar los jardines del palacio. Le encantaba correr tras las mariposas de cristal, jugar a las escondidas con los pajes y, sobre todo, pasar horas imaginando batallas épicas con su dragón de madera, llamado Chispa.
Sin embargo, una sombra de preocupación comenzó a crecer en el corazón de Julián. Todo empezó la mañana de su décimo cumpleaños. Al intentar ponerse su jubón favorito de terciopelo azul, notó que las mangas le quedaban cortas y los botones apenas cerraban. Se miró al espejo y vio que su rostro ya no era tan redondo. —¡Estoy creciendo! —exclamó con horror. Para Julián, crecer significaba algo terrible. Veía a su padre, el Rey Aurelio, siempre ocupado con mapas, pergaminos y reuniones larguísimas sobre impuestos y fronteras. Veía a la Reina, su madre, siempre manteniendo una postura perfecta y hablando con una seriedad que parecía no dejar espacio para las risas.
—Si crezco, tendré que dejar de jugar con Chispa —pensó Julián con tristeza—. Tendré que ser serio, usar zapatos incómodos y dejar de trepar a los árboles. El mundo de los adultos le parecía un lugar gris, lleno de responsabilidades y carente de magia. Durante días, el príncipe intentó caminar encorvado para parecer más bajo y se negó a comer sus vegetales, pensando que si no se alimentaba bien, el tiempo se detendría. Pero el tiempo, como el agua de un río, no se detiene por nadie.
Una tarde, mientras vagaba por los rincones más alejados de los jardines reales, Julián se encontró con Don Tomillo, el jardinero más anciano del reino. Don Tomillo estaba arrodillado junto a un enorme roble cuyas ramas parecían tocar el cielo. Sus manos, arrugadas como pasas pero fuertes como raíces, acariciaban la corteza del árbol.
—¿Qué te aflige, pequeño príncipe? —preguntó el anciano sin levantar la vista—. Pareces llevar el peso de toda la corona sobre tus hombros, y aún no te toca portarla.

Julián suspiró y se sentó en una piedra. —Don Tomillo, no quiero crecer. No quiero ser un rey aburrido que solo piensa en leyes. Quiero seguir siendo un niño para siempre.
El viejo jardinero sonrió, dejando ver los pocos dientes que le quedaban. Hizo una seña a Julián para que se acercara al gran roble. —¿Ves este árbol? —preguntó—. Es el Roble Eterno. Ha estado aquí desde que el bisabuelo de tu bisabuelo era un bebé. ¿Crees que por ser tan grande y fuerte ha olvidado cómo jugar con el viento?
Julián observó las hojas del árbol, que bailaban alegremente con la brisa, produciendo un sonido suave, casi como una risa. —No, supongo que no —respondió el príncipe.
—Escucha bien, Julián —dijo Don Tomillo con voz suave—. Crecer no es convertirse en otra persona. Es como este roble: cada año añade un anillo nuevo a su tronco, volviéndose más fuerte y capaz de dar sombra a más personas. Pero en su centro, en el mismísimo corazón, sigue siendo la misma pequeña semilla que una vez brotó de la tierra. Ser un adulto no significa matar al niño que llevas dentro; significa convertirte en su guardián.
Julián se quedó pensativo. Miró sus manos y luego las ramas del árbol. —Entonces, ¿puedo ser rey y seguir jugando con Chispa?

—Podrás ser el mejor rey que este reino haya visto jamás —aseguró Don Tomillo— precisamente porque sabes lo que es la alegría de un juego. Un rey que recuerda cómo es ser niño es un rey que gobierna con el corazón, no solo con la cabeza.
Esa noche, Julián regresó al castillo con un paso diferente. Ya no intentaba encogerse. Al entrar al gran salón, vio a su padre revisando unos planos de construcción. Se acercó a él y, por primera vez, no vio a un hombre aburrido, sino a alguien que estaba usando su imaginación para construir puentes y escuelas, como si estuviera jugando con bloques de madera gigantes.
—Padre —dijo Julián—, ¿me enseñas cómo funcionan esos mapas? Pero después, ¿podrías ayudarme a construir un fuerte para Chispa?
El Rey Aurelio levantó la vista, sorprendido, y una chispa de travesura iluminó sus ojos cansados. —Me encantaría, hijo. De hecho, tengo una idea para unas torres de vigilancia hechas de cojines que te va a encantar.
Julián comprendió entonces que crecer era simplemente una nueva aventura. Aceptó sus nuevas ropas, sus lecciones de historia y sus responsabilidades, pero nunca dejó de correr por los jardines ni de imaginar mundos fantásticos. El príncipe creció, sí, pero su corazón siempre conservó el tamaño exacto de la felicidad de un niño.
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