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Había una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero tenía que ser una princesa genuina. ¡No valían imitaciones! Para encontrar a esta princesa, viajó por todo el mundo montado en su veloz corcel blanco. Visitó reinos lejanos, cruzó montañas altísimas y navegó por mares profundos, pero en ningún lugar podía encontrarla. Princesas había por montones, con coronas brillantes y vestidos de seda, pero el príncipe no podía estar seguro de que fueran princesas reales; siempre descubría algo en ellas que le disgustaba.
Una princesa hablaba demasiado, otra reía muy fuerte, y otra… ¡ay, horror!… comía pepinillos con miel. El príncipe era muy, muy quisquilloso. "Debe haber algo más", pensaba el príncipe, suspirando mientras desempolvaba su capa de viaje.
Cierta noche, mientras el príncipe regresaba a su reino con el corazón un poquito más triste, cayó una tormenta como nunca antes se había visto. Hubo truenos que sacudían el castillo como si fuera un juguete, relámpagos que iluminaban la noche como si fuera de día, y se desencadenó una lluvia torrencial que convertía las calles en ríos. Entonces, ¡toc, toc, toc! Alguien llamó a la puerta del castillo con insistencia. La reina, una mujer sabia y curiosa, fue a ver de quién se trataba.
En el umbral del palacio apareció una joven, empapada hasta los huesos. La lluvia y el viento habían causado estragos en su aspecto. El agua le corría por el cabello como cascadas, su vestido estaba hecho harapos y parecía un trapo viejo, había perdido sus joyas en algún charco del camino y hasta los zapatos se habían despedido de sus pies. ¡Parecía más una ratita ahogada que una princesa!
—Exijo hospedaje pues soy una princesa —dijo la joven con tono muy airoso, tratando de enderezar la espalda y levantar la barbilla, aunque tiritaba de frío.
La reina dudó mucho que la joven poseyera algún título de nobleza. ¡No se parecía en nada a las princesas que había conocido! Pero era una reina bondadosa y no dijo nada. La invitó a pasar al calor del castillo, ofreciéndole una toalla y una taza de chocolate caliente. La joven esperó en el salón real, intentando disimular su cansancio y su aspecto desaliñado.
La reina, con una sonrisa misteriosa, se dirigió hacia el dormitorio de huéspedes. Tenía una idea, una idea muy ingeniosa. Quitó toda la ropa de cama del lecho más grande y mullido de la habitación. Luego, con mucho cuidado, puso un pequeño guisante verde sobre el colchón. ¡Un simple guisante! Pero ese guisante iba a ser la clave.
Después, colocó otros veinte colchones encima del guisante, uno encima de otro, formando una torre de suavidad. Y por si eso fuera poco, encima de los veinte colchones puso veinte edredones de plumas, tan suaves como nubes de algodón. ¡Una cama digna de la princesa más delicada! Después regresó al salón real y, señalando el dormitorio de huéspedes, dijo con dulzura:
—Puedes dormir en esa habitación, querida. Espero que descanses bien.
A la mañana siguiente, después de un desayuno abundante con panqueques y miel, la reina y el príncipe, con los ojos llenos de curiosidad, le preguntaron a la joven cómo había dormido.
—¡Oh!, terriblemente mal —respondió la joven con un suspiro profundo y una mueca de dolor—. No pude conciliar el sueño en toda la noche. ¡Di vueltas y vueltas sin parar! Solo el cielo sabrá lo que había en la cama. Dormí encima de algo tan duro, tan incómodo, que tengo el cuerpo lleno de moretones. ¡Fue horrible! ¡No he pegado ojo en toda la noche!
La reina y el príncipe se miraron con una sonrisa de complicidad. ¡Lo habían logrado! Ahora sabían, sin ninguna duda, que ella era una verdadera princesa. ¿Por qué? Porque había sentido el guisante a través de los veinte colchones y los veinte edredones. ¡Solo una princesa genuina, con una sensibilidad extraordinaria, podía ser tan delicada!
Fue así como el príncipe, feliz y aliviado de haber encontrado por fin a su princesa, se casó con ella. Estaba seguro de haber conseguido lo que tanto buscaba: una princesa de verdad, de pura cepa. Vivieron felices para siempre (o al menos eso dicen los cuentos).
En cuanto al guisante, el pequeño héroe de esta historia, fue exhibido en el museo del castillo, dentro de una vitrina de cristal. Allí debe seguir todavía, si es que nadie se lo ha llevado para hacer una sopa. ¡Y esta sí es una historia verdadera! (O al menos eso me contaron…).
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