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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un reino lejano cubierto de flores de azúcar y ríos de chocolate, un príncipe llamado Valentín. Valentín no era un príncipe común y corriente. Amaba explorar el bosque encantado que rodeaba su castillo y tenía una peculiar amiga: Clementina, una vampira muy peculiar.
Clementina vivía en una antigua torre hecha de bizcocho y rematada con un tejado de regaliz. Tenía tres hijos: Boris, una bolita de energía; Brunilda, una soñadora con coletas moradas; y Bartolomé, un pequeño vampiro que amaba leer libros de cocina.
Un día soleado, Valentín visitó a Clementina. La encontró preocupada, mordisqueando una uña (que, afortunadamente, no era de nadie).
"¿Qué te pasa, Clementina?", preguntó Valentín, sentándose a su lado en un puff de algodón de azúcar.
"¡Mis hijos!", exclamó Clementina, con los ojos llenos de lágrimas de mora. "¡Quieren… quieren comerte! Dicen que hueles a tarta de fresa y que no pueden resistirse."
Valentín sintió un escalofrío, pero no huyó. Era un príncipe valiente, aunque oliera a tarta. "¿Comerme? Pero… ¡somos amigos!", dijo.
Clementina asintió tristemente. "Lo sé, Valentín. Y por eso estoy tan angustiada. He intentado razonar con ellos, pero… ¡son vampiros jóvenes y hambrientos!"
Valentín pensó rápidamente. No podía permitir que sus pequeños amigos vampiros lo convirtieran en postre. "Tengo una idea", dijo con una sonrisa. "¿Qué tal si organizamos un banquete con otra cosa para comer? Algo… aún más delicioso que yo."
Clementina enarcó una ceja. "¿Más delicioso que tú? Eso es difícil de imaginar."
Valentín sonrió. "¡Tengo un huerto lleno de zanahorias gigantes! Son tan dulces que parecen caramelos. ¡Podemos hacer una sopa de zanahoria gigantesca!"
Clementina aceptó, esperanzada. Juntos, Valentín y Clementina recolectaron las zanahorias gigantes, que eran tan grandes como almohadas. Los hijos de Clementina, Boris, Brunilda y Bartolomé, miraban con recelo desde la ventana de la torre.
La sopa de zanahoria fue un éxito rotundo. Boris, Brunilda y Bartolomé la devoraron con entusiasmo, olvidándose por completo del príncipe con olor a tarta de fresa. Valentín suspiró aliviado.
Pero la vida no siempre es sopa de zanahoria. Clementina, atormentada por la idea de que sus hijos pudieran intentar comerse a Valentín de nuevo, decidió que lo mejor era hacerle la vida… un poco más difícil. Pensó que si Valentín se aburría de visitarla, sus hijos se olvidarían de él.
Primero, llenó el camino al castillo de Valentín con montones de almohadas de plumas. Era muy difícil caminar sin resbalarse. Valentín se reía cada vez que tropezaba, pero empezaba a cansarse un poco.
Luego, cambió todas las puertas del castillo de Valentín por puertas que solo se abrían con acertijos absurdos. "¿Qué tiene ojos pero no ve?", preguntaba una puerta. "¡Una patata!", gritaba Valentín, exhausto, para poder entrar a su propia habitación.
Después, llenó la piscina del castillo con gelatina de fresa. Aunque a Valentín le encantaba la gelatina, era bastante pegajosa y difícil de nadar.
Un día, Valentín llegó a la torre de Clementina, cubierto de plumas, frustrado por los acertijos y pegajoso de gelatina. "Clementina", dijo con una sonrisa forzada, "¿por qué estás haciendo todo esto?"
Clementina suspiró. "Valentín, eres un príncipe maravilloso y un amigo increíble. Pero mis hijos te quieren comer. Pensé que si te hacía la vida imposible, dejarías de venir a visitarme y ellos se olvidarían de ti."
Valentín reflexionó un momento. Luego, sonrió. "Clementina, entiendo tu preocupación. Pero no puedes alejarme así. ¡Somos amigos! Y además, tengo una idea aún mejor."
Valentín propuso enseñar a Boris, Brunilda y Bartolomé a cocinar. Les enseñaría a preparar deliciosos platos que no incluyeran… príncipes. Les enseñaría a hacer galletas de murciélago, pastel de calabaza encantada y, por supuesto, sopa de zanahoria gigante.
Clementina accedió, un poco escéptica. Pero para su sorpresa, los pequeños vampiros resultaron ser excelentes cocineros. Se divirtieron mucho aprendiendo nuevas recetas y, poco a poco, se olvidaron de la idea de comerse al príncipe Valentín.
Valentín, Clementina y sus tres hijos se hicieron aún más amigos. El príncipe Valentín visitaba la torre de bizcocho con frecuencia, no importaba cuántas almohadas de plumas hubiera en el camino. Después de todo, la amistad verdadera vale más que cualquier tarta de fresa.
Y así, el príncipe Valentín demostró que la amistad puede superar incluso el apetito voraz de una familia de vampiros, y que a veces, la mejor solución es una buena receta y una gran dosis de paciencia.
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