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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un reino lleno de flores parlanchinas y árboles juguetones, un príncipe llamado Valentín. Valentín era conocido por su gran corazón y su amor por los animales, incluso los más inusuales. Un día, mientras exploraba el Bosque Susurrante, Valentín conoció a una vampira llamada Violeta. Violeta no era como los vampiros de los cuentos de terror. Era dulce, un poco torpe, y tenía tres hijos pequeños: Chispa, Sombra y Murciélago.
Valentín y Violeta se hicieron grandes amigos. A Valentín le encantaba escuchar las historias de Violeta sobre la noche y las estrellas, y a Violeta le gustaba la alegría y el optimismo de Valentín. Sin embargo, había un pequeño problema: los tres hijos de Violeta, Chispa, Sombra y Murciélago, ¡tenían mucha, muchísima hambre! Y lo que más les apetecía no era jugo de tomate, ¡sino un príncipe jugoso y sonriente!
Violeta estaba mortificada. "¡No se atrevan a tocar a Valentín!", les regañaba, pero los pequeños vampiritos eran traviesos y siempre estaban tramando algo. Desde el principio, Chispa, el mayor, intentó morder a Valentín en el tobillo mientras jugaban a las escondidas. Sombra, la mediana, le puso un plátano en el camino esperando que se cayera y así poder chuparle la sangre (aunque, siendo sinceros, Sombra no sabía muy bien cómo chupar sangre). Murciélago, el más pequeño, simplemente le seguía a todas partes, intentando lamerle la mano con su pequeña lengua de vampiro.
Violeta intentaba compensar las travesuras de sus hijos haciendo la vida de Valentín "más interesante". Primero, decidió que Valentín necesitaba aprender a volar como un murciélago. Le ató unas hojas grandes a los brazos y lo empujó suavemente desde una colina baja. Valentín, por supuesto, no voló. En cambio, rodó colina abajo, lleno de hojas y tierra, mientras Violeta se reía a carcajadas (y Chispa, Sombra y Murciélago intentaban acercarse para darle un mordisco).
Luego, Violeta pensó que Valentín necesitaba practicar su visión nocturna. Lo llevó a la cueva más oscura del bosque y le dijo que encontrara una flor brillante que había escondido. Valentín tropezó con rocas, chocó contra murciélagos reales (que no eran los hijos de Violeta), y casi se cae en un pozo de agua helada. Finalmente, encontró la flor, pero estaba cubierto de barro y temblando de frío.
Un día, los pequeños vampiritos idearon un plan maestro. Mientras Valentín y Violeta estaban sentados junto al lago, los tres se escondieron detrás de un árbol y comenzaron a cantar una canción hipnótica. La canción decía: "Príncipe Valentín, eres muy delicioso, ven con nosotros, serás muy sabroso...". Valentín comenzó a sentirse somnoliento y a caminar hacia los pequeños vampiros. Violeta, al darse cuenta del plan malvado, gritó: "¡Chicos, deténganse inmediatamente!". Los pequeños vampiros, asustados por el grito de su madre, dejaron de cantar. Valentín se sacudió la cabeza, confundido.
Cansado de las travesuras y las bromas de Violeta, y aterrorizado de ser el próximo tentempié de Chispa, Sombra y Murciélago, Valentín decidió hablar con Violeta. "Violeta, te quiero mucho, pero tus hijos están tratando de comerme y tus ayudas me están haciendo la vida imposible. ¡No puedo más!", exclamó Valentín.
Violeta, al ver la tristeza en los ojos de Valentín, se dio cuenta de que había ido demasiado lejos. "Valentín, tienes razón. Lo siento mucho. Mis hijos son traviesos y yo... bueno, a veces me dejo llevar. Prometo que hablaré seriamente con ellos, y dejaré de intentar ayudarte con mis ideas locas".
Violeta cumplió su promesa. Habló seriamente con Chispa, Sombra y Murciélago sobre la importancia de respetar a los amigos y no comérselos. Les explicó que Valentín era un amigo valioso y que debían tratarlo con cariño. También les dio una provisión extra de jugo de tomate para satisfacer su sed de sangre.
Desde ese día, los pequeños vampiritos dejaron de intentar comerse a Valentín. Aún eran traviesos, pero sus travesuras se volvieron más amigables. En lugar de intentar morderlo, le gastaban bromas inofensivas, como esconderle los zapatos o ponerle flores en el pelo. Violeta, por su parte, dejó de intentar "ayudar" a Valentín y se conformó con ser una buena amiga, sin empujarlo desde colinas ni enviarlo a cuevas oscuras.
Valentín, Violeta y sus tres pequeños vampiritos siguieron siendo amigos, demostrando que incluso las criaturas más diferentes pueden encontrar la amistad y la felicidad, siempre y cuando haya respeto, comprensión y, sobre todo, ¡mucho jugo de tomate!
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