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Gratis · elegí una vozEn un planeta muy, muy pequeño, tan pequeño que casi nadie lo conocía, vivía un principito. El principito era feliz, pero se sentía un poco solo. Un día, una semilla misteriosa llegó flotando desde el espacio exterior. El principito la plantó con cuidado en la tierra volcánica de su planeta. Día tras día, la regaba con agua de las nubes y la protegía del viento.
Un buen día, un brote verde asomó. El principito estaba emocionado. ¡Una planta nueva! A medida que crecía, el principito notó que esta planta era diferente a las demás. Tenía espinas, sí, pero también una elegancia especial. Luego, un capullo apretado apareció, prometiendo una flor. El principito estaba impaciente por verla florecer.
Y finalmente, ¡sucedió! Una rosa, de un rojo tan intenso como el atardecer, se abrió ante sus ojos. Pero esta no era una rosa cualquiera. ¡Esta rosa podía hablar!
"¡Oh, hola!" dijo la rosa, con una voz suave y melodiosa. "¡Qué planeta tan… pequeño!"
El principito se sorprendió. "¡Hola! ¿Puedes… hablar?"
"Por supuesto que puedo hablar," respondió la rosa, con un ligero tono de superioridad. "Soy una rosa muy especial. Exijo agua pura y sol brillante. Y admiración, por supuesto. ¡Mírame, soy la rosa más bella del universo!"
El principito, al principio fascinado, pronto se sintió un poco abrumado. La rosa era hermosa, sí, pero también era muy exigente. Pedía agua a cada rato, se quejaba del viento, y constantemente recordaba al principito lo afortunado que era de tenerla.
"¿No crees que el viento es un poco fuerte hoy? Mis pétalos podrían dañarse," decía la rosa.
El principito, siempre atento, construyó una pantalla para protegerla del viento. Pero la rosa seguía quejándose. "¿No podrías mover el sol un poco más hacia la izquierda? Necesito más luz."
El principito, cansado de tantas exigencias, empezó a sentir nostalgia por la soledad de antes. Empezó a descuidar sus otras tareas, como limpiar los volcanes inactivos de su planeta. Si no los limpiaba, las raíces de los baobabs, que crecían rápidamente, podían partir el planeta en dos.
Un día, el principito, triste y confuso, decidió explorar otros planetas. Quería saber si todas las rosas eran así de exigentes. Se despidió de la rosa, quien apenas le prestó atención, demasiado ocupada admirándose a sí misma.
El principito visitó muchos planetas. Encontró reyes vanidosos, hombres de negocios obsesionados con contar estrellas, y geógrafos que nunca habían salido de sus escritorios. Ninguno de ellos le dio la respuesta que buscaba.
Finalmente, llegó a la Tierra. Allí, en un jardín, descubrió miles de rosas. ¡Miles! Todas iguales, todas hermosas, todas silenciosas.
El principito se sintió aún más triste. Pensaba que su rosa era única, la única en todo el universo. Ahora veía que era solo una más entre miles.
Estaba a punto de llorar cuando un zorro apareció. "¡Hola!" dijo el zorro.
"Hola," respondió el principito, con los ojos llenos de lágrimas.
"¿Qué te pasa?" preguntó el zorro.
El principito le contó sobre su rosa, sobre sus exigencias, y sobre su descubrimiento de miles de rosas iguales en la Tierra.
El zorro sonrió. "Acércate," dijo. "Te voy a enseñar un secreto. Ve a ver esas rosas otra vez. Pero esta vez, míralas con el corazón."
El principito siguió el consejo del zorro. Regresó al jardín y observó las rosas con atención. Entonces, entendió. Su rosa no era única por ser la más bella o la más rara. Era única porque él la había cuidado, la había regado, la había protegido. Era única porque él la amaba.
Regresó a su planeta, sintiéndose mucho más sabio. Cuidó de su rosa con aún más cariño, aceptando sus exigencias y entendiendo que, detrás de su vanidad, había una flor frágil que necesitaba su amor.
"He aprendido," le dijo a la rosa, "que no eres única porque eres diferente, sino porque yo te he hecho única."
La rosa, sorprendida por las palabras del principito, sonrió. Por primera vez, no se quejó del viento ni de la falta de sol. Simplemente, floreció con más intensidad, regalándole al principito el aroma más dulce que jamás había existido. Y el principito supo que, a pesar de las espinas y las exigencias, su rosa era, y siempre sería, la más especial del universo.
Desde ese día, el principito y la rosa vivieron felices, cuidándose el uno al otro y aprendiendo juntos el verdadero significado del amor y la amistad.
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