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Gratis · elegí una vozEn la Escuela Arcoíris, donde las paredes eran de color pastel y las sillas tenían forma de nube, vivía el Profesor Verbástico. No era un profesor normal; ¡era un maestro de los verbos! Su especialidad, sin embargo, era el escurridizo verbo "gustar".
Cada lunes por la mañana, el Profesor Verbástico entraba al aula con una sonrisa brillante y un sombrero lleno de verbos conjugados. "¡Buenos días, mis pequeños lingüistas!", exclamaba, y la clase respondía con un coro de "¡Buenos días, Profesor Verbástico!".
Pero un lunes, algo extraño sucedió. El Profesor Verbástico parecía preocupado. "¡Oh, no! ¡Oh, cielos!", murmuraba mientras revolvía sus bolsillos.
"¿Qué ocurre, Profesor?", preguntó Sofía, una niña con coletas rojas y una curiosidad insaciable.
"¡El gustar se ha perdido!", exclamó el Profesor Verbástico con voz temblorosa. "¡El verbo gustar más importante de todos! ¡Sin él, nadie podrá decir qué le gusta!".
Un silencio sepulcral cayó sobre el aula. ¿Cómo iban a decir que les gustaban los helados, los cuentos de hadas o jugar al escondite sin el verbo "gustar"? Era una catástrofe.
"¡Tenemos que encontrarlo!", declaró Tomás, un niño valiente con una capa de superhéroe (que usaba todos los días, por si acaso). Y así, comenzó la búsqueda del "gustar" perdido.
Primero, buscaron en el diccionario gigante de la escuela. Revisaron cada página, desde la A hasta la Z, pero el "gustar" no estaba allí. Luego, buscaron en el jardín mágico, donde crecían flores que hablaban y árboles que contaban chistes. Preguntaron a las flores si habían visto un verbo sentirse solo, pero las flores solo respondieron con melodías confusas.
"¡Quizás esté en la biblioteca!", sugirió Ana, una niña que amaba los libros más que a nada en el mundo.
En la biblioteca, el ambiente era tranquilo y silencioso. Buscaron entre los estantes llenos de novelas, poemas y cuentos. Preguntaron a la bibliotecaria, la Señora Lectora, si había visto un verbo perdido, pero ella solo negó con la cabeza.
De repente, Tomás tropezó con algo. "¡Auch!", exclamó. Miró hacia abajo y vio… ¡una pequeña nota arrugada! La recogió y la leyó en voz alta:
"Estoy cansado de que siempre me usen. ¡Necesito un descanso! Me he ido de vacaciones a la Isla de los Verbos Raros. ¡Volveré pronto! Atentamente, Gustar".
¡La Isla de los Verbos Raros! ¡Era un lugar legendario! Se decía que allí vivían verbos que bailaban tango, verbos que hacían malabares y verbos que contaban chistes.
"¡Tenemos que ir a la Isla de los Verbos Raros!", dijo Sofía con determinación.
El Profesor Verbástico, aunque un poco nervioso, aceptó la idea. Prepararon una balsa hecha de libros y remos hechos de reglas de gramática. Navegaron por el Río de las Vocales hasta llegar a la Isla de los Verbos Raros.
La isla era un lugar mágico. Los verbos bailaban y cantaban por todas partes. Finalmente, encontraron a "gustar" sentado bajo una palmera, con un coco en la mano y un pareo hawaiano.
"¡Gustar!", exclamó el Profesor Verbástico. "¡Te hemos estado buscando por todas partes!".
"Necesitaba un descanso", respondió "gustar" con un suspiro. "Siempre me están conjugando. Me gusta, te gusta, le gusta... ¡Es agotador!".
El Profesor Verbástico entendió. "A veces, todos necesitamos un descanso", dijo con comprensión. "Pero tus amigos te echan de menos. ¡No pueden decir qué les gusta sin ti!".
"Gustar" lo pensó un momento. Miró a los niños, que lo miraban con ojos suplicantes. Sonrió. "Está bien", dijo. "Volveré".
"¡Pero con una condición!", añadió. "¡Quiero que me usen para decir cosas bonitas! ¡Quiero que digan que les gusta ayudar a los demás, que les gusta ser amables y que les gusta aprender cosas nuevas!".
Los niños asintieron con entusiasmo. Prometieron usar "gustar" para esparcir alegría y bondad.
"Gustar" regresó a la Escuela Arcoíris con el Profesor Verbástico y los niños. La clase celebró el regreso del verbo perdido con una fiesta llena de juegos y canciones. Y desde ese día, todos aprendieron que hasta los verbos más importantes necesitan un descanso de vez en cuando, y que siempre es mejor usar las palabras para decir cosas bonitas y positivas.
Y así, el Profesor Verbástico siguió enseñando los verbos con alegría, y los niños aprendieron a amar el idioma español, un verbo a la vez.
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