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Gratis · elegí una vozDiego tenía 17 años y vivía en una casa grande, pero a menudo se sentía pequeño y solo. Sus padres, Ana y Carlos, trabajaban mucho. Se querían, ¡claro que sí!, pero siempre estaban ocupados. Ana era arquitecta y pasaba horas dibujando planos. Carlos era abogado y siempre estaba hablando por teléfono, resolviendo casos importantes. A veces, Diego intentaba contarles algo divertido que había pasado en la escuela, pero ellos estaban tan concentrados en sus cosas que no lo escuchaban de verdad. Poco a poco, un vacío creció dentro de Diego. Se sentía como un astronauta flotando en el espacio, sin nadie a quien agarrarse.
Un día, Diego encontró un grupo de amigos que parecían entenderlo. Eran chicos y chicas que siempre estaban juntos, riendo y haciendo cosas emocionantes. Diego quería ser parte de ese grupo, quería sentir que pertenecía a algún lugar. En una fiesta, estos amigos le ofrecieron algo nuevo: una droga. Al principio, Diego sintió miedo. Sabía que las drogas eran peligrosas, pero la necesidad de ser aceptado era más fuerte. "Es solo una vez", se dijo a sí mismo, tratando de calmar su conciencia.
Pero no fue solo una vez. La droga le hacía sentir diferente, como si todos sus problemas desaparecieran por un momento. Pronto, se convirtió en un hábito. Diego empezó a faltar a clases y sus notas bajaron. Ya no le importaba el equipo de fútbol ni dibujar, sus pasatiempos favoritos. Se alejó de su familia, encerrándose en su habitación y evitando las cenas familiares.
Ana y Carlos, sin darse cuenta de la gravedad de la situación, seguían sumergidos en su trabajo. "No tengo tiempo ahora, Diego", solía decir Ana cuando él intentaba hablar con ella. Carlos, por su parte, siempre respondía con un "Luego hablamos, hijo", que nunca llegaba. La falta de atención de sus padres profundizó la soledad de Diego, haciéndole sentir aún más invisible.
Con el tiempo, Diego se sintió atrapado en un laberinto oscuro. La droga se había convertido en su única amiga, su único escape. Sus verdaderos amigos, aquellos que se preocupaban por él, intentaron ayudarlo, pero Diego no sabía cómo pedir ayuda. La presión y el aislamiento se hicieron insoportables. Ya no reconocía al chico alegre y lleno de sueños que había sido.
Una noche, después de consumir una gran cantidad de droga, Diego salió a caminar. Necesitaba aire, necesitaba escapar de la oscuridad que lo envolvía. Vagó sin rumbo por las calles de la ciudad, perdido en sus pensamientos y atormentado por la culpa. La confusión y la desesperación se apoderaron de él. No sabía a dónde ir ni a quién acudir. Su mente estaba tan nublada que no veía el peligro que lo rodeaba.
Al día siguiente, las noticias locales informaron sobre un hallazgo trágico: "Un joven fue encontrado sin vida debajo del puente de la ciudad. Las autoridades están investigando las causas, pero se sospecha de una sobredosis". Ana y Carlos, al escuchar la noticia, sintieron un escalofrío recorrer sus cuerpos. Un presentimiento horrible les invadió el corazón. Sin pensarlo dos veces, se apresuraron al lugar, rezando para que no fuera su hijo.
Cuando llegaron a la morgue, la verdad los golpeó como un rayo. Allí, sobre una camilla fría, yacía Diego. Reconocieron la chaqueta azul que siempre usaba. "No, por favor, no puede ser", gritó Ana, con el corazón roto en mil pedazos. Las lágrimas corrían por su rostro mientras abrazaba a Carlos, quien permanecía en silencio, devastado por la culpa y el arrepentimiento. Sabían que habían fallado. Habían estado tan ocupados con sus propias vidas que no se habían dado cuenta de que su hijo se estaba ahogando en la soledad y la desesperación.
Diego había buscado ayuda en los lugares equivocados, y la ausencia de sus padres en momentos cruciales había tenido consecuencias devastadoras. El puente, que antes representaba una conexión entre dos partes de la ciudad, ahora se había convertido en un símbolo de la desconexión familiar. La tristeza y el arrepentimiento llenaron el aire mientras se preparaban para despedir a su hijo, un joven que solo necesitaba un abrazo y unas palabras de aliento para encontrar el camino de regreso a casa. Desde ese día, Ana y Carlos prometieron que siempre tendrían tiempo para escuchar y amar a quienes los rodeaban, aprendiendo la dolorosa lección de que el tiempo, una vez perdido, jamás regresa.
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