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Gratis · elegí una vozEn los campos verdes y llenos de vida de la Institución Educativa de Hermilio Valdizán, la hora de recreo era el momento más esperado del día. Los estudiantes de educación primaria, con sus risas como campanitas, inundaban el patio de juegos. El subdirector, el profesor Brover, con una sonrisa que le iluminaba el rostro, observaba con cariño a los pequeños saltar y correr con energía desbordante.
Hoy era un día especialmente mágico. Los estudiantes de cuarto grado – Camila, Adiel, Kurli, Sarita, Yael y Erick – estaban particularmente emocionados. El profesor Daniel, con su generosidad característica, les había prestado una pelota de fútbol. ¡Una pelota nueva, brillante y perfecta para jugar!
Camila, con su cabello recogido en dos trenzas, fue la primera en tomar la pelota. La pateó con todas sus fuerzas, y la pelota salió volando hacia Adiel, quien la atrapó con una sonrisa. Adiel, un niño de ojos brillantes y una energía contagiosa, la pasó rápidamente a Kurli. Kurli, aunque un poco tímido al principio, se animó al ver la alegría de sus amigos y pateó la pelota con entusiasmo.
Sarita, con su vestido floreado, corrió tras la pelota, riendo a carcajadas. Yael, siempre atento y cuidadoso, se aseguró de que nadie se cayera o se lastimara. Erick, el más rápido del grupo, corría por todo el patio, intentando quitarle la pelota a sus compañeros.
Mientras jugaban, los demás maestros observaban con una sonrisa. Aplaudían sus jugadas, animándolos a seguir jugando con alegría y compañerismo. El aire se llenaba con las risas de los niños y el sonido suave de la música que provenía de la comunidad de Pampamarca. Una melodía alegre y contagiosa que parecía abrazar a todos los presentes.
De repente, la pelota rodó hacia el árbol más grande del patio. Erick corrió tras ella, pero al intentar alcanzarla, tropezó con una raíz y cayó al suelo. Todos los demás niños corrieron a ayudarlo. Camila le extendió la mano, Adiel le preguntó si estaba bien, Kurli le ofreció una sonrisa reconfortante, Sarita le sopló en la rodilla para que dejara de doler, y Yael lo ayudó a levantarse.
Erick, un poco avergonzado pero conmovido por la preocupación de sus amigos, se levantó y les agradeció. Se dio cuenta de que jugar juntos era mucho más divertido que ganar. La verdadera alegría no estaba en tener la pelota, sino en compartirla con sus amigos.
En ese momento, el profesor Daniel se acercó al grupo. “¿Todo bien por aquí?”, preguntó con una sonrisa. Los niños asintieron con la cabeza. “Me alegro mucho de verlos jugar juntos y divertirse”, dijo el profesor. “Pero recuerden siempre jugar con cuidado y respeto. Y lo más importante, ¡ayudarse mutuamente!”.
Los niños prometieron seguir sus consejos. Continuaron jugando, pero esta vez con aún más cuidado y compañerismo. Se pasaban la pelota con generosidad, se animaban mutuamente y se ayudaban si alguien se caía o se sentía triste.
El recreo estaba llegando a su fin. Los niños, cansados pero felices, devolvieron la pelota al profesor Daniel. Le agradecieron por haberla prestado y le prometieron cuidarla la próxima vez. El profesor Daniel sonrió y les dijo que él estaba feliz de verlos tan contentos.
Al sonar la campana, los niños regresaron a sus aulas, llevando consigo la alegría y la energía del recreo mágico. Sabían que al día siguiente volverían a jugar juntos, a reír, a correr y a compartir la alegría de la amistad en los campos de la Institución Educativa de Hermilio Valdizán. El profesor Brover, desde la puerta de la dirección, los observó alejarse, sintiendo una profunda satisfacción al ver a sus estudiantes felices y unidos. La música de Pampamarca seguía sonando en su cabeza, como un eco de la alegría que había inundado el patio de juegos. Y supo, en su corazón, que esos momentos de juego y amistad eran tan importantes como cualquier lección aprendida en el aula. Porque en el recreo mágico de Hermilio Valdizán, los niños no solo jugaban, sino que también aprendían a ser mejores personas.
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