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Había una vez, en el corazón del firmamento, un sol tan brillante y radiante que hacía que todas las flores de la Tierra se despertaran con una sonrisa. Sin embargo, aquel verano era diferente. El sol, a quien todos llamaban Don Lorenzo, sentía que sus propios rayos le quemaban la piel de fuego. Llevaba el calor por dentro, un calor tan intenso que sentía que se iba a derretir como un helado de vainilla olvidado sobre una mesa de madera. Sus mejillas estaban más rojas que un tomate maduro y sus cejas de chispas no dejaban de sudar pequeñas gotitas de luz dorada.
Una tarde, mientras el cielo se teñía de color melocotón, la Luna, su vieja y sabia amiga, se asomó por el horizonte antes de tiempo. Al ver a Don Lorenzo tan sofocado, se acercó flotando con su habitual elegancia plateada.
—Don Lorenzo, te veo muy fatigado —dijo la Luna con voz suave y fresca como la brisa nocturna—. Llevas el calor por dentro y eso no es bueno. Deberías descansar.
El Sol soltó un suspiro inflamado que provocó un pequeño viento cálido en las praderas de abajo.
—¡Ay, Lunita! No puedo más. Este calor interno me está volviendo loco. He pensado que lo mejor sería darme un buen chapuzón en el océano. ¡Imagínate qué delicia! El agua fresca apagando mis llamas por un ratito.
La Luna abrió sus grandes ojos plateados con espanto y le advirtió con firmeza:
—¡Ni se te ocurra, Don Lorenzo! Si te metes en el mar con ese fuego que llevas dentro, el agua se evaporará en un segundo, los peces se quedarán sin casa y el vapor nublará el cielo por cien años. Además, ¿qué pasaría si te apagas del todo? El mundo necesita tu luz.
Pero el Sol estaba tan desesperado que apenas escuchaba. Solo podía pensar en la sensación del agua fría recorriendo su espalda de lava. Esperó a que la Luna se distrajera contando estrellas y, con un movimiento rápido, comenzó su descenso hacia el gran océano azul que brillaba allá abajo, en los confines del mundo.
Mientras caía, los pájaros dejaron de cantar y las ballenas asomaron sus cabezas, confundidas por ver que el Sol bajaba tan deprisa. Don Lorenzo extendió sus manos de luz para tocar las olas, pero justo antes de que su primer rayo rozara la espuma salada, una ballena muy anciana llamada Barnaby emergió del fondo con un chorro de agua gigantesco.
—¡Detente, gran astro! —rugió Barnaby—. La Luna tiene razón. Tu calor es un regalo para la vida, pero no puedes mezclarlo así con nuestro hogar. Si entras, las mareas se volverán locas y las algas se cocinarán como sopa.
El Sol se quedó suspendido a pocos metros del agua, temblando de frustración y calor. Las lágrimas de fuego rodaban por sus mejillas.
—¿Entonces qué hago? —preguntó el Sol con voz quebrada—. Siento que voy a estallar.
Fue entonces cuando la Luna, que había bajado rápidamente para evitar el desastre, llamó a las nubes más altas y esponjosas del cielo. Eran las Nubes de Algodón Mágico, aquellas que solo aparecían en las ocasiones más especiales.
—Don Lorenzo —propuso la Luna—, no puedes bañarte en el mar, pero sí podemos traerte el baño a ti.
La Luna organizó un ejército de nubes viajeras. Les pidió que volaran hacia las montañas más altas del norte, donde el hielo nunca se derrite, y que recogieran la esencia del frío. Las nubes, obedientes, volaron veloces y regresaron cargadas de una llovizna fina, plateada y helada que olía a menta y a nieve fresca.
—¡Ahora! —gritó la Luna.
Las nubes se colocaron justo encima del Sol y empezaron a soltar su carga. No era una lluvia común; era un rocío celestial diseñado para enfriar el espíritu del astro sin apagar su luz. Don Lorenzo cerró los ojos y dejó escapar un gemido de puro placer. El calor que llevaba por dentro comenzó a transformarse. Ya no era un fuego que quemaba, sino un calorcito dulce y acogedor, como el de una manta en invierno.
El espectáculo era maravilloso. Al chocar las gotas de lluvia fría con los rayos dorados del Sol, se formaron miles de pequeños arcoíris que bailaban por todo el firmamento. Los niños desde la Tierra miraban hacia arriba y señalaban el cielo, asombrados por ver tantos colores juntos sin que hubiera una tormenta.
—¡Me siento nuevo! —exclamó Don Lorenzo, que ahora brillaba con una luz mucho más pura y tranquila—. Gracias, Lunita. Gracias, nubes amigas. Tenías razón, el mar no era el lugar para mí.
La ballena Barnaby, desde abajo, dio un coletazo de alegría y se sumergió de nuevo en las profundidades, tranquila porque su océano seguía fresco. La Luna sonrió y le dio un suave abrazo de luz plateada al Sol antes de ocupar su lugar para la noche.
Desde aquel día, cada vez que el Sol siente que el calor se le acumula demasiado por dentro, llama a sus amigas las nubes. Ellas le traen su baño de lluvia fina y el cielo se llena de arcoíris secretos que solo los que miran con atención pueden descubrir. Don Lorenzo aprendió que para cada problema hay una solución que no lastima a los demás, y que a veces, un baño de nubes es mucho mejor que un chapuzón en el mar.
Y así, el Sol siguió brillando, cuidando de las flores y de los niños, pero siempre recordando los sabios consejos de la Luna y el frescor de los arcoíris que nacieron de su encuentro con la lluvia. Cuando veas un arcoíris en un día soleado, recuerda que es solo Don Lorenzo dándose su baño especial para seguir iluminando nuestro mundo con amor.
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