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En un pequeño valle rodeado de montañas que parecían tocar el cielo, vivían dos hermanos llamados Mateo y Javi. Mateo, el mayor, era un niño de diez años con una imaginación desbordante y un sentido de la responsabilidad que a veces se tomaba demasiado en serio. Javi, de apenas seis años, era como un pequeño torbellino de energía, siempre siguiendo los pasos de su hermano mayor con una sonrisa traviesa y los ojos llenos de curiosidad. Aquella tarde de agosto, el sol brillaba con una intensidad inusual, convirtiendo el aire en una manta cálida que envolvía todo el bosque de pinos y encinas.
—¡Tengo muchísimo calor, Mateo! —exclamó Javi, secándose el sudor de la frente con la manga de su camiseta—. Siento que me voy a derretir como un helado de vainilla.
Mateo miró hacia el sendero que serpenteaba entre los árboles. Conocía perfectamente el camino que llevaba al Río de Cristal, un lugar donde el agua bajaba fresca y pura desde las cumbres. —Tienes razón, Javi. El calor es insoportable. Vamos al río, pero tenemos que ser muy precavidos.
Caminaron entre la maleza, escuchando el canto de las chicharras que parecía subir de volumen con cada paso. Al llegar a la orilla, el sonido del agua chocando contra las rocas les dio un alivio instantáneo. El río lucía espectacular: el agua era tan transparente que se podían ver los guijarros de colores en el fondo y los pequeños peces plateados que nadaban a toda prisa. Sin embargo, había un pequeño dilema. No habían traído sus trajes de baño.
Mateo, asumiendo su papel de hermano mayor protector, se detuvo y miró a su alrededor con suspicacia. —Escucha, Javi. Vamos a nadar, pero como no tenemos bañador, tenemos que hacerlo con cuidado. No podemos entrar los dos a la vez. ¿Qué pasaría si alguna niña del pueblo decide venir a pasear por aquí y nos ve? ¡Sería una vergüenza total! Nos quedaríamos rojos como tomates para siempre.
Javi asintió con los ojos muy abiertos, aunque en realidad solo quería saltar al agua. —Está bien, Mateo. ¿Qué hacemos?
—Hagamos turnos —propuso Mateo—. Tú entrarás primero mientras yo me quedo aquí, sentado en esta roca alta, vigilando el camino. Si veo que alguien se acerca, te aviso de inmediato para que salgas y te cubras. Cuando tú termines, nos cambiaremos los puestos.
Javi no esperó ni un segundo más. Se quitó la ropa rápidamente y se lanzó al agua con un grito de alegría. El agua estaba helada, pero en aquel día sofocante, se sentía como el paraíso. Javi salpicaba, buceaba y trataba de atrapar a los pececillos con las manos. Mateo, desde su puesto de vigilancia, intentaba mantenerse serio, pero ver a su hermano divertirse tanto le daba envidia. Miraba hacia el sendero constantemente, asegurándose de que el horizonte estuviera despejado.
—¡Ya está, Javi! —gritó Mateo después de unos minutos—. ¡Es mi turno! Sal rápido.
Javi salió del agua tiritando un poco pero con una sonrisa de oreja a oreja. Se secó como pudo y se sentó en la orilla. Mateo, sintiéndose seguro, se despojó de sus ropas y se zambulló en la poza profunda. El frescor del río fue como un bálsamo para su piel caliente. Empezó a nadar con brazadas largas, disfrutando del silencio del bosque y del murmullo del agua.
Pero en la orilla, Javi empezó a sentirse solo. Ver a su hermano mayor nadar tan bien hacía que sus ganas de volver al agua crecieran por segundo. —¡Mateo! ¡Déjame entrar otra vez! ¡Es aburrido estar aquí solo mirando! —suplicó el pequeño.
—¡No, Javi! —respondió Mateo mientras flotaba de espaldas—. Tienes que vigilar. Recuerda lo que dijimos de las niñas. Si vienen y nos ven a los dos, no habrá nadie para avisar.
Javi se puso de pie, inquieto. —¡Pero si no viene nadie! El bosque está vacío, solo estamos nosotros y los pájaros. ¡Por favor, solo un ratito! Prometo que saldré corriendo si escucho un paso.
Mateo suspiró. El agua estaba tan agradable que su resistencia empezó a flaquear. Además, Javi tenía razón; el sendero parecía desierto. —Está bien, está bien. Pero solo un momento. Ven rápido, pero mantén un ojo puesto en el camino.
Javi no necesitó que se lo repitieran. En un abrir y cerrar de ojos, ya estaba de nuevo en el agua, nadando hacia su hermano. Ambos empezaron a jugar a las carreras y a ver quién aguantaba más tiempo la respiración bajo el agua. Javi reía a carcajadas mientras Mateo le enseñaba a hacer el estilo crol. Se olvidaron por completo de la vigilancia, de las niñas y de la ropa que descansaba sobre las piedras de la orilla. El tiempo pareció detenerse en aquel rincón mágico del bosque.
—¿Ves, Mateo? —dijo Javi mientras salía a la superficie—. Te dije que no pasaría nada. Las niñas deben estar todas en la plaza comiendo helado.
—Supongo que tienes razón —admitió Mateo, relajándose—. Ha sido una buena idea.
Decidieron que ya era hora de salir antes de que se les arrugara la piel como pasas. Nadaron hacia la orilla con calma, disfrutando de los últimos segundos en el agua. Justo cuando pusieron un pie fuera del río y empezaron a caminar hacia el lugar donde habían dejado sus camisetas y pantalones, un sonido de risas y voces agudas rompió la paz del bosque.
Mateo se quedó petrificado. Por el sendero, a escasos metros de ellos, aparecieron tres niñas del pueblo: Lucía, Sofía y la pequeña Elena. Venían charlando animadamente sobre una excursión escolar, con sus mochilas al hombro y sombreros de paja.
—¡Oh, no! —susurró Mateo con pánico—. ¡Javi, las niñas!
No había tiempo para correr hacia la ropa sin ser vistos por completo. En un acto reflejo de pura vergüenza, ambos hermanos se detuvieron en seco y utilizaron lo único que tenían a mano: sus propias manos. Se cubrieron rápidamente, encogiéndose de hombros y tratando de hacerse lo más pequeños posible.
Las niñas se detuvieron al ver a los dos hermanos parados como estatuas en medio de la orilla. Hubo un segundo de silencio absoluto en el que el único sonido fue el del río fluyendo. Entonces, Lucía, la mayor de las niñas, soltó una carcajada.
—¡Pero bueno! —exclamó Sofía tapándose la boca para no reírse más fuerte—. ¡Parece que el río ha escupido a dos ranitas sin ropa!
Mateo sentía que su cara ardía más que el sol del mediodía. Javi, aunque también avergonzado, no pudo evitar poner una cara graciosa que hizo que las niñas rieran aún más. Las tres amigas, comprendiendo el apuro de los chicos, decidieron ser amables.
—No se preocupen, valientes nadadores —dijo Lucía dándose la vuelta—. Nosotras seguiremos nuestro camino hacia la cascada. Tienen exactamente diez segundos para vestirse antes de que miremos atrás.
Las niñas se dieron la vuelta y empezaron a contar en voz alta: —¡Uno... dos... tres...!
Mateo y Javi salieron disparados hacia su ropa como si les persiguiera un oso. Nunca se habían vestido tan rápido en toda su vida. Se pusieron los calzoncillos al revés, las camisetas del revés y apenas tuvieron tiempo de abrocharse las sandalias cuando las niñas llegaron al diez.
—¡Ya estamos! —gritó Javi, todavía jadeando por el esfuerzo.
Las niñas se giraron, sonriendo con picardía. —Mucho mejor así —dijo Elena—. Pero la próxima vez, Mateo, quizás deberías cumplir mejor tu trabajo de guardián.
Ellas continuaron su camino bosque arriba, dejando a los dos hermanos solos de nuevo. Mateo miró a Javi, que todavía tenía un calcetín colgando a medias. A pesar del susto y de la vergüenza, el absurdo de la situación les venció. Mateo empezó a reírse bajito, y pronto Javi se unió con sus carcajadas sonoras que asustaron a un par de pájaros cercanos.
—Tenías razón, Javi —dijo Mateo mientras se sentaba para ponerse bien los zapatos—. No pasó nada... ¡solo que nos vio medio pueblo!
—Bueno —respondió Javi con filosofía—, al menos el agua estaba fresquita. Y mañana... mañana mejor traemos el bañador.
Los dos hermanos regresaron a casa bajo la luz dorada del atardecer, compartiendo el secreto de una tarde que, aunque un poco vergonzosa, se convertiría en una de sus historias favoritas para contar cuando fueran mayores.
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