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En lo más alto de la cordillera, donde las nubes se confunden con los picos nevados, se encontraba el pequeño pueblo de San Juan de las Alturas. Allí vivía Mateo, un niño de apenas diez años cuya piel estaba curtida por el frío viento de la sierra y cuyas manos siempre tenían el rastro oscuro del betún. Mateo era el único sustento de su hogar, donde su madre, doña Elena, descansaba en una cama de paja, debilitada por una tos que parecía no querer marcharse. A diferencia de otros niños que jugaban con canicas o trompos, el tesoro más preciado de Mateo era su vieja caja de madera para lustrar botas, desgastada por los años pero siempre bien cuidada.
Aquel 24 de diciembre, el aire se sentía distinto. El pueblo estaba decorado con guirnaldas de colores, y el aroma a chocolate caliente con canela flotaba en cada esquina. Sin embargo, Mateo no entendía por qué todos estaban tan agitados. Había escuchado a la gente mencionar una palabra extraña: Navidad. Para él, era simplemente el día en que el frío calaba más hondo. Mateo se instaló en su rincón habitual de la plaza principal, esperando que algún caballero necesitara que sus zapatos brillaran antes de la misa. Pero las horas pasaban y nadie se detenía. La gente caminaba apresurada, cargando paquetes envueltos en papeles brillantes y bolsas llenas de comida. ¡Feliz Navidad!, se decían unos a otros, pero nadie miraba al pequeño niño sentado sobre sus talones.
Al caer la tarde, el estómago de Mateo comenzó a rugir. No había ganado ni una sola moneda en todo el día y no tenía nada que llevarle a su madre para cenar. La tristeza se apoderó de él mientras veía cómo las luces de las casas se encendían. Se sentía invisible en medio de la alegría ajena. Con los ojos humedecidos por las lágrimas, recogió sus cepillos y se dispuso a caminar hacia su pequeña choza en las afueras. En ese momento, un anciano de barbas blancas y una capa roja muy gruesa se sentó en un banco cercano. Sus botas estaban cubiertas de barro y nieve, más sucias que cualquier par que Mateo hubiera visto antes.
—¿Aún trabajas, pequeño? —preguntó el anciano con una voz que sonaba como el crujir de las hojas secas.
—Nadie ha querido mis servicios hoy, señor —respondió Mateo con timidez—. Todos tienen prisa por esa cosa llamada Navidad.
El anciano sonrió con ternura. —La Navidad no es una cosa, Mateo. Es un sentimiento de amor y esperanza. ¿Te gustaría dejar mis botas listas para la gran celebración?
Mateo asintió con entusiasmo. Se arrodilló y comenzó a trabajar con una dedicación asombrosa. Usó su mejor betún y cepilló con fuerza hasta que el cuero negro brilló tanto que podía reflejar las estrellas que empezaban a asomar en el cielo. Mientras trabajaba, el anciano le contaba historias sobre un niño que nació en un establo para traer luz al mundo. Mateo escuchaba fascinado; nunca había oído algo tan hermoso.
Cuando terminó, el anciano se puso de pie y, en lugar de darle una moneda de cobre, le entregó una pequeña bolsa de tela que pesaba mucho. —Esto es por tu excelente trabajo y por tu buen corazón, que es el motor de la Navidad —dijo el hombre antes de desaparecer entre la neblina invernal. Mateo, confundido, abrió la bolsa y sus ojos se abrieron de par en par: estaba llena de monedas de oro y un frasco con un jarabe de color ámbar que olía a flores silvestres.
El niño corrió hacia su casa lo más rápido que sus piernas le permitieron. Al entrar, el frío de la choza parecía haberse disipado. Le dio el jarabe a su madre, quien tras el primer sorbo, dejó de toser y recuperó el color en sus mejillas. Con el dinero, Mateo fue a la única tienda que seguía abierta y compró pan fresco, queso de cabra, una manta de lana gruesa y, por primera vez, un pequeño dulce para compartir. Cenaron juntos junto a un pequeño fogón, y Mateo le contó a su madre todo lo que el anciano le había enseñado. Por primera vez en su vida, Mateo no sintió frío ni hambre. Comprendió que la Navidad no se trataba de las luces o el bullicio, sino del milagro de la sanación de su madre y de la generosidad de un extraño que lo vio cuando nadie más lo hizo.
A partir de ese año, la historia del niño lustrabotas se convirtió en una leyenda en San Juan de las Alturas. Se decía que cada Nochebuena, Mateo dejaba su caja de herramientas para visitar a los más necesitados, llevando comida y mantas, recordando siempre aquel brillo mágico en las botas de un anciano que le enseñó el verdadero significado de la esperanza. El pequeño pueblo de la sierra nunca volvió a ser el mismo, pues el espíritu de Mateo, el niño que no conocía la Navidad, ahora iluminaba cada rincón, recordándoles a todos que el regalo más grande es cuidar de los demás.
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