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Iba a ser mi cumpleaños, y como cada año, esperaba algo especial. Estaba ansioso y muy emocionado. No me considero alguien que pidiera mucho, solo lo normal de todo niño: una bicicleta, un peluche de ALF o una pelota de cualquier deporte. Vi a mi padre en su cuarto acostado. Él siempre estaba ahí, pero de una manera distante, como si hubiera un muro invisible entre nosotros. A veces parecía que no se acordaba de mi cumpleaños, pero luego encuentro su regalo y toda esa idea cambia. Es algo que me emociona mucho porque él normalmente no me abraza o no me dice que me quería, ni siquiera me sonreía mucho; mayormente me regañaba por alguna cosa. Claro, no lo culpo, yo no soy un niño tranquilo, siempre termino en algún problema, pero no me arrepiento de nada, es divertido e interesante conocer cosas nuevas. Mi mamá siempre me decía que él me amaba mucho y que su amor no tiene comparación, que solo le era "difícil" demostrarlo.
Esa mañana, me desperté con la emoción y mucha energía. Bajé las escaleras corriendo, saltando de un lado para el otro, despertando a mi hermano y corriendo para encontrar a mi mamá en la cocina, preparando un delicioso desayuno. ¿Qué más podría pedir? Me sonrió y me dijo: "¿Quién es el cumpleañero más precioso?". Mis ojos brillaron y una sonrisa me salió con un gran salto, grité y dije: “YOOOOOOOOO”
Ella asintió y me dió un fuerte abrazo y un beso en el cachete. Comí el desayuno lo más rápido posible mientras mi madre me miraba con alegría, para luego darme un regalo envuelto en una caja de color azul, mi favorito. Leí la etiqueta y decía que era de mi padre. Lo abrí sin dudar un segundo y vi al peluche que tanto quería. Salí de la cocina y me acerqué a él, sosteniendo el peluche. “Gracias por el regalo, papá", dije, esperando que al menos me mirara. Él solo asintió con la cabeza, sin levantar la vista. Me sentí como si hubiera hablado con una pared, pero la emoción del momento no me dejó pensarlo mucho.
Esa noche, mientras me acostaba, algo no me dejaba dormir. Me levanté y bajé sigilosamente las escaleras. Escuché a mis padres hablando en la cocina. Mi mamá decía: "No entiendo por qué no puedes decirle algo, aunque sea. Es tu hijo". Mi papá respondió con voz cansada: "No molestes mujer, ya es tarde y solo vine por un vaso de agua, además le doy lo que necesita: comida, ropa, un techo...".
Entonces lo entendí. El regalo no era de él. Mi mamá lo había comprado y puesto su nombre para que yo no me sintiera mal. Me sentí como si me hubieran quitado algo que ni siquiera sabía que tenía. No era el peluche lo que quería; era su presencia y ahora me doy cuenta que mi madre me engaña, sea cual sea su intención ya sea una buena manera o una mala manera la mentira me hace sentir perdido y desorientado.
Regresé a mi cuarto y me acosté, sintiendo un vacío enorme en el pecho. No lloré, pero me sentí confundido. ¿Por qué mi papá no podía decirme que me quería? ¿Era culpa mía? ¿O era que él realmente no me amaba? Y ¿por que mi madre lo tapaba?
Los días pasaron y el sentimiento de tristeza se quedó con él, se volvió más distante con ellos, dejó de hablar con ellos y en la escuela cambió más su comportamiento teniendo de fuerte a sus amigos, pero a veces se preguntaba si su papá realmente lo quería o si solo estaba ahí porque debía estar.
Durante mucho tiempo sintió enojo. No entendía por qué su papá no era como otros. Se prometió que, cuando fuera grande, no sería así. Pero con los años, empezó a ver las cosas de otra manera. Se dio cuenta de pequeños detalles que antes no notaba: su padre arreglaba su bicicleta sin que él lo pidiera, le servía más comida en el plato sin decir palabra, le ponía la manta cuando se quedaba dormido en el sofá. Nunca decía "te quiero", pero siempre se aseguraba de que no le faltara nada.
Un día, cuando tenía dieciséis años, vio a su padre sentado en el patio, arreglando bicicletas. Por primera vez, Santiago se atrevió a preguntarle algo que llevaba años guardando en su pecho:
—Papá, ¿tú me quieres?
Su padre lo miró sorprendido, como si no entendiera la pregunta. Luego desvió la mirada y suspiró.
—Claro que sí, hijo —respondió, después de un largo silencio.
Santiago sintió que su corazón latía más rápido. Pero no quería quedarse solo con esas palabras.
—Entonces, ¿por qué nunca lo dices? ¿Por qué nunca me abrazas? —preguntó con un nudo en la garganta.
Su padre bajó la cabeza y apretó las manos. Parecía estar luchando con algo dentro de él pero no lo quería mostrar, mientras el papá engrasaba la bicicleta para que vayan a ciclear los dos
—Que no te lo diga, no significa que no te quiera —admitió en voz baja pero con un tono serio—. Tampoco tuve esos gestos de mi padre. — Y con eso no dijo más—
Santiago sintió que algo en su interior se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. En ese momento entendió que su padre no era frío por elección, sino porque no había aprendido a ser de otra manera. Se había criado en un mundo donde el amor no se expresaba con palabras ni abrazos, sino con acciones silenciosas.
Aquel día, Santiago se acercó a su padre y, sin decir nada, lo aceptó. Fue la primera vez que su padre no era el malo de la historia para Santiago .En ese momento, Santiago comprendió que el amor no siempre se ve como uno espera. Y aunque su papá nunca le compró un regalo de cumpleaños con sus propias manos, le había dado algo mucho más valioso: su amor, aunque fuera en silencio.
Y eso, con el tiempo, le bastó y con su madre también lo habló y con el tiempo se arregló y el sentimiento que alguna vez tuvo de desorientación de volvió paz en su interior.
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