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A veces, cuando los mayores se ponen a hablar de cosas grises, como el precio de las patatas o lo mucho que tarda en llegar la carta del tío Eusebio, yo me escapo por la puerta de atrás. Me llamo Marina y tengo nueve años, pero mi abuela dice que tengo ojos de vieja porque me quedo mirando el polvo que baila en los rayos de sol durante horas. Mi casa está al borde del pueblo, justo donde el camino se cansa de ser camino y se convierte en monte. Allí, entre los brezos y las piedras que parecen gigantes dormidos, es donde encontré el Reino de la Penumbra.
Todo empezó un martes de esos que huelen a lluvia antes de que caiga la primera gota. Yo caminaba por la linde del bosque, buscando caracoles o alguna piedra bonita que guardar en mi caja de tesoros. De pronto, vi un rastro de flores blancas que no conocía; eran pequeñas, con pétalos que parecían hechos de papel de seda muy fino. Las seguí, apartando las ramas de las zarzas que intentaban atraparme el vestido, hasta que llegué a un claro que nunca había visto. En el centro, sentado sobre una raíz retorcida, había un niño. Pero no era un niño como los de la escuela. Era un niño pálido, casi transparente, con el pelo del color de la ceniza y unos ojos grandes y tristes que brillaban como el agua de un pozo.
—Hola —le dije, y mi voz sonó pequeña entre los árboles.

El niño no se asustó. Me miró y sonrió de una forma muy lenta, como si se estuviera acordando de cómo se hacía. Me contó que se llamaba Leo y que vivía allí desde hacía mucho tiempo, tanto que ya no recordaba cuándo había llegado. Leo no jugaba al fútbol ni sabía lo que era un examen de matemáticas. Él sabía hablar con los grillos y entendía lo que decían las hojas cuando el viento las empujaba. Pasamos toda la tarde juntos. Me enseñó a ver los castillos que se forman en las nubes y me explicó que las hormigas tienen un reino subterráneo con pasillos de cristal que los humanos nunca pisamos.
Lo más extraño era que Leo no hacía ruido al caminar. Sus pies apenas rozaban el musgo. Me recordó a los personajes de los cuentos que lee mi abuela, esos que tienen el corazón de cristal y la piel de escarcha. Ana María Matute dice en sus libros que la infancia es como una isla, y yo sentí que Leo era el guardián de esa isla que los adultos siempre olvidan al crecer. Él me dijo que la gente mayor tiene una costra en los ojos que les impide ver la magia, y que por eso siempre están tan serios y preocupados por cosas que no tienen importancia.
—Marina —me susurró Leo mientras el sol empezaba a esconderse—, prométeme que nunca dejarás de mirar las sombras. En las sombras es donde se esconden los sueños que nadie quiere.

Yo se lo prometí. Entonces, él sacó de su bolsillo una canica que no era una canica, sino una lágrima de la luna que se había quedado atrapada en la tierra. Me la dio y sentí un frío dulce en la palma de la mano. Cuando quise darle las gracias, el aire se volvió espeso y una niebla suave, con olor a leña y a tiempo antiguo, lo envolvió todo. Cuando la niebla se disipó, Leo ya no estaba. Solo quedaba la raíz retorcida y el silencio del bosque.
Regresé a casa con los zapatos manchados de barro y el corazón latiendo como un pájaro que quiere escapar de una jaula. En la cena, mi madre me preguntó por qué estaba tan callada. Mi padre dijo que seguramente me había quedado atontada mirando las musarañas otra vez. Yo no dije nada. Solo apreté con fuerza la canica de luna en mi bolsillo. Sabía que ellos no entenderían. Para ellos, el bosque era solo un montón de leña y el atardecer solo el aviso de que hay que encender las luces. Pero yo sabía la verdad. Sabía que en el Reino de la Penumbra, Leo seguía esperando a que alguien volviera a mirar con ojos de niña.
Esa noche, desde mi cama, miré por la ventana. Las estrellas parecían agujeros en un manto negro y el viento soplaba con una melodía que solo yo podía entender. Comprendí que el tiempo pasa muy rápido para los que no saben mirar, pero que para los que guardamos tesoros de luna, el mundo siempre será un lugar lleno de secretos. Cerré los ojos y, por un momento, volví a sentir el frío dulce en mi mano y vi la sonrisa de cristal de mi amigo Leo, el niño que nunca quiso crecer para no olvidar cómo se sueña.
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