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Valentina era una estrella del voleibol. Alta y delgada como un junco, con un cabello lacio que le llegaba a la cintura y una sonrisa que iluminaba toda la cancha, era admirada por todos. Pero, sobre todo, Valentina amaba jugar. Le encantaba el sonido del balón al golpearlo, el trabajo en equipo, la adrenalina de cada partido. Era, sin duda, una de las mejores.
Un día, durante un partido amistoso, Valentina vio a un chico en las gradas. Tenía el pelo alborotado, una sonrisa tímida y unos ojos que parecían dos luceros. Desde ese momento, algo cambió. Cada vez que lo veía, un remolino de mariposas le revoloteaba en el estómago. Era como si el mundo se volviera más brillante, más colorido. Pero también, más complicado.
En el siguiente partido, uno muy importante, Valentina no podía concentrarse. Sus ojos buscaban constantemente al chico entre la multitud. Se equivocaba en los saques, fallaba en las recepciones, y su equipo, los "Ángeles Voladores", iba perdiendo estrepitosamente. El entrenador, Don Ricardo, la miraba con preocupación. Sabía del talento de Valentina, pero también veía su distracción.
"¡Valentina! ¡Concéntrate!" gritó Don Ricardo durante un tiempo muerto. "¡Este partido es importante! Recuerda por qué amas el voleibol".
Las palabras de Don Ricardo resonaron en la mente de Valentina. Cerró los ojos, respiró hondo y recordó la sensación del balón en sus manos, la emoción de un punto bien ganado, la alegría de jugar con sus amigas. Abrió los ojos con determinación. Ya no iba a dejar que nada la distrajera.
Con renovado vigor, Valentina se lanzó al ataque. Sacó con fuerza, bloqueó con precisión y remató con potencia. El equipo contrario no podía creer lo que estaba pasando. Los "Ángeles Voladores", liderados por Valentina, remontaron el marcador y ganaron el partido. El público estalló en aplausos.
Valentina buscó al chico en las gradas, pero ya no estaba allí. Sintió una punzada de decepción, pero la dejó pasar. Había ganado el partido, había demostrado su valía. Pensó que tal vez después lo vería.
Los días siguientes, los "Ángeles Voladores" encadenaron victoria tras victoria. Valentina jugaba con pasión y determinación. Se había convertido en una jugadora aún mejor, más fuerte y más segura de sí misma. Pero el chico no aparecía. Empezó a preguntarse dónde estaría, qué le habría pasado.
Al principio, Valentina intentaba encontrarlo después de los partidos, preguntaba a sus amigas si lo habían visto, incluso se asomaba tímidamente a los lugares que creía que podría frecuentar. Pero poco a poco, la esperanza fue disminuyendo. El chico simplemente había desaparecido.
Un día, Valentina se dio cuenta de que ya no disfrutaba tanto del voleibol. Las victorias no le sabían igual, los aplausos no le emocionaban tanto. Sentía un vacío, una falta que no podía explicar. El voleibol, que antes era su pasión, ahora se había convertido en una obligación.
"¿Qué te pasa, Valentina?" le preguntó Sofía, su mejor amiga y compañera de equipo. "Ya no eres la misma. Parece que has perdido la alegría".
Valentina suspiró. "No lo sé, Sofía. Siento que algo me falta. Ya no me divierto como antes".
Sofía la abrazó. "Tal vez necesitas un descanso", le sugirió. "Tal vez necesitas encontrar algo nuevo que te motive".
Valentina pensó en las palabras de Sofía. Tal vez tenía razón. Tal vez necesitaba alejarse del voleibol por un tiempo. Tal vez necesitaba buscar algo que la hiciera sentir viva, algo que llenara ese vacío que sentía en su interior.
Esa noche, Valentina tomó una decisión. Al día siguiente, le comunicó a Don Ricardo que iba a dejar el equipo. El entrenador se mostró sorprendido y decepcionado, pero entendió su decisión.
"Espero que encuentres lo que estás buscando, Valentina", le dijo Don Ricardo. "Y si alguna vez quieres volver, las puertas de los Ángeles Voladores siempre estarán abiertas para ti".
Valentina le dio las gracias y se despidió de sus compañeras. Se sentía triste por dejarlas, pero también sentía una extraña sensación de libertad. Ahora era libre de buscar su propio camino, de descubrir qué era lo que realmente la hacía feliz. El futuro era incierto, pero estaba llena de esperanza. Tal vez, solo tal vez, volvería a encontrar al chico de los ojos de lucero, o tal vez, encontraría algo aún mejor.
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