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Gratis · elegí una vozEl sol brillaba con fuerza sobre el patio del Colegio Arco Iris. Sofía, con sus coletas saltarinas, y Mateo, con su gorra de béisbol torcida, jugaban a las carreras alrededor del viejo árbol de jacarandá. Mientras corrían, notaron algo extraño. El aire, usualmente fresco y lleno de aromas a flores, olía a… ¡humo!
"¿Hueles eso, Mateo?" preguntó Sofía, arrugando la nariz.
Mateo se detuvo, olfateando el aire. "Sí, huele raro. Como a algo quemándose."
Se acercaron al borde del patio, donde los alumnos de sexto, liderados por la entusiasta Daniela y el reflexivo Pablo, estaban preparando una "fogata" para quemar hojas secas. Bueno, no era realmente una fogata, sino un montón de hojas apiladas listas para ser encendidas.
"¡Daniela, Pablo!" gritó Sofía. "¿Qué están haciendo?"
Daniela se giró, sonriendo. "Estamos limpiando el patio de hojas secas. ¡Es una buena forma de deshacernos de ellas!"
Mateo, que era un niño muy curioso, preguntó: "Pero… ¿no contamina el humo? Mi papá siempre dice que quemar cosas es malo para el aire."
Pablo, normalmente callado, asintió. "Sí, creo que Mateo tiene razón. El humo puede irritar los ojos y la garganta, y no es bueno para el medio ambiente."
Daniela se cruzó de brazos, un poco a la defensiva. "Pero… ¿qué otra cosa podemos hacer con todas estas hojas? ¡Hay muchísimas!"
Sofía, siempre llena de ideas, exclamó: "¡Podemos hacer compost! Mi abuela tiene un compostador en su jardín y convierte las hojas en abono para las plantas."
"¿Compost?" preguntó Daniela, con una ceja levantada. "¿Qué es eso?"
Sofía explicó con entusiasmo: "Es como una gran ensalada para la tierra. Las hojas, los restos de comida y otras cosas orgánicas se descomponen y se convierten en un abono muy nutritivo para las plantas. En lugar de quemar las hojas y contaminar el aire, ¡las convertimos en comida para nuestras plantas!"
Pablo, que siempre estaba dispuesto a aprender cosas nuevas, dijo: "¡Suena interesante! Podríamos construir un compostador en el patio."
Daniela, aunque al principio estaba reacia, se dejó convencer por el entusiasmo de sus amigos. "Está bien, está bien. Pero… ¿cómo lo construimos?"
Mateo, que era muy hábil con las manos, sugirió: "Podemos usar unas tablas de madera viejas que vi en el almacén de la escuela. También necesitamos un poco de malla metálica para que el aire circule."
Así, los cuatro amigos se pusieron manos a la obra. Con la ayuda del profesor de ciencias, Don Raúl, consiguieron las tablas y la malla. Construyeron un gran compostador en una esquina del patio, cerca del huerto escolar.
Don Raúl les explicó cómo usar el compostador correctamente. Les dijo que debían alternar capas de hojas secas, restos de comida (como cáscaras de frutas y verduras) y un poco de tierra. También les enseñó a mantenerlo húmedo y a removerlo de vez en cuando para que la descomposición fuera más rápida.
Los alumnos de sexto se encargaron de recolectar las hojas secas del patio y los restos de comida del comedor escolar. Sofía y Mateo ayudaron a Don Raúl a controlar la humedad y la temperatura del compostador.
Al cabo de unas semanas, el compostador empezó a funcionar. Las hojas y los restos de comida se estaban transformando en un abono oscuro y rico en nutrientes. El aire del patio ya no olía a humo, sino a tierra húmeda y hierba fresca.
Cuando llegó la primavera, el huerto escolar floreció como nunca antes. Las plantas, alimentadas con el compost que habían creado los niños, crecieron grandes y fuertes. Las flores eran más coloridas y las verduras más sabrosas.
Daniela, Pablo, Sofía y Mateo se sintieron muy orgullosos de su trabajo. Habían aprendido que cuidar el medio ambiente no era solo una obligación, sino también una forma de mejorar el mundo que les rodeaba. Y lo mejor de todo, ¡habían rescatado el aire fresco del patio del colegio! Desde ese día, nunca más volvieron a quemar hojas. Sabían que la mejor forma de deshacerse de ellas era transformarlas en vida. Y así, el Colegio Arco Iris se convirtió en un ejemplo de escuela sostenible, donde el aire fresco era un tesoro que todos cuidaban y apreciaban. Aprendieron que incluso los pequeños actos, como no quemar hojas, pueden hacer una gran diferencia para el planeta. Y colorín colorado, este cuento ha terminado, pero la lección de cuidar el aire, ¡apenas ha comenzado!
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