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Gratis · elegí una vozEn un reino lejano, donde los castillos eran de caramelo y los ríos de limonada, vivía el Rey Rodolfo. Rodolfo era un rey bueno y generoso, pero tenía un problema: ¡odiaba abrigarse! Incluso en los días más fríos, prefería pasear por el jardín real en su pijama de seda y con los pies descalzos sobre el rocío de la mañana.
La Reina Rosa, su sabia esposa, siempre le advertía: "Rodolfo, querido, ¡te vas a resfriar! Más vale prevenir que curar, abrígate un poco."
Pero Rodolfo, con su corona torcida y una sonrisa pícara, respondía: "¡Tonterías, Rosa! Soy el Rey, ¡los resfriados no se atreven a acercarse a mí!"
Y así, día tras día, Rodolfo se negaba a usar bufanda, guantes o un buen abrigo de lana. Prefería jugar al escondite con las ardillas en el jardín, sintiendo el viento helado en sus mejillas.
Un día, como era de esperarse, Rodolfo amaneció con la nariz roja como un tomate y estornudando como un volcán en erupción. ¡El resfriado, finalmente, había conquistado al Rey!
"¡Achís! ¡Achús! ¡Oh, cielos!", exclamaba Rodolfo, con la voz ronca y los ojos llorosos. "Creo que tenías razón, Rosa. ¡Estoy terriblemente resfriado!"
La Reina Rosa, con una mirada de "te lo dije", llamó al médico real, el sabio Dr. Sabelotodo. El Dr. Sabelotodo, un anciano con una barba larga y blanca y unas gafas que siempre se le caían de la nariz, examinó al Rey con atención.
"Su Majestad", dijo el Dr. Sabelotodo, "tiene un resfriado de campeonato. Necesitará reposo, mucho jugo de naranja y… ¡una poción especial!"
El Dr. Sabelotodo preparó una poción burbujeante con ingredientes extraños: pelos de unicornio, lágrimas de cocodrilo (falsas, por supuesto), y una pizca de polvo de hadas. La poción olía a calcetines viejos y tenía un color verde pantano. Rodolfo, con el ceño fruncido, bebió la poción de un trago.
"¡Puaj! ¡Qué asco!", se quejó el Rey. "¿Tengo que beber más de esto?"
"Solo si quiere curarse, Su Majestad", respondió el Dr. Sabelotodo con una sonrisa. "Pero, si hubiera usado un abrigo, ¡no estaría en esta situación!"
Rodolfo pasó los siguientes días en cama, bebiendo jugo de naranja y soportando el horrible sabor de la poción del Dr. Sabelotodo. La Reina Rosa lo cuidaba con cariño, leyéndole cuentos de caballeros valientes y princesas encantadas.
Mientras Rodolfo se recuperaba, reflexionó sobre las palabras de su esposa. Se dio cuenta de que la Reina Rosa tenía razón: ¡era mucho mejor prevenir que curar! A partir de ese día, Rodolfo prometió abrigarse adecuadamente, incluso si eso significaba renunciar a sus paseos descalzos por el jardín.
Cuando finalmente se sintió mejor, Rodolfo convocó a todo el reino a una gran fiesta. En la fiesta, anunció una nueva ley: ¡todos debían abrigarse en los días fríos! Para celebrar, regaló a cada uno bufandas de lana suave y guantes calentitos.
Además, Rodolfo encargó al Dr. Sabelotodo la creación de una nueva poción, ¡una poción preventiva! Esta poción, a diferencia de la primera, tenía un delicioso sabor a fresa y era de color rosa brillante. Todos los niños del reino debían tomar una cucharada cada mañana para mantenerse sanos y fuertes.
Y así, el reino del Rey Rodolfo se convirtió en un lugar aún más feliz y saludable. Rodolfo aprendió la valiosa lección de que prevenir es mejor que curar, y todos vivieron felices para siempre, ¡abrigados y saludables!
Un día, mientras paseaba por el jardín con su abrigo nuevo y su bufanda de lana, Rodolfo vio a un grupo de niños jugando al escondite. Uno de ellos, un pequeño príncipe, estaba tiritando de frío.
Rodolfo se acercó al pequeño príncipe y le dijo: "Pequeño, ¿no tienes frío? Deberías abrigarte. ¡Más vale prevenir que curar!"
El pequeño príncipe, sonriendo, le respondió: "¡Gracias, Su Majestad! Mi madre siempre me lo dice."
Rodolfo sonrió. Sabía que su lección había sido aprendida por todos en el reino. Y mientras seguía caminando por el jardín, sintió una gran satisfacción al saber que había contribuido a hacer de su reino un lugar más saludable y feliz para todos. Ahora, incluso las ardillas llevaban pequeñas bufandas de lana alrededor de sus cuellos.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Pero recuerda, ¡siempre es mejor prevenir que curar!
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