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Había una vez, en un lugar soleado donde el Río Grande serpenteaba como una cinta de plata, un niño llamado Miguelito. A Miguelito le encantaba jugar a la orilla del río, chapoteando sus pies en el agua fresca y construyendo castillos de arena dorada. Un día, mientras jugaba, una sombra oscura se deslizó silenciosamente bajo la superficie del agua. Era una víbora gigante, tan larga como un tronco de árbol y con ojos amarillos que brillaban como monedas de oro.
La víbora observaba a Miguelito con una mirada hambrienta. Había estado días sin comer y el niño le parecía un bocado delicioso. Se acercó lentamente, moviéndose con la corriente, casi imperceptible. Miguelito, absorto en su juego, no se dio cuenta de nada al principio. Pero entonces, levantó la vista y vio los ojos amarillos mirándolo fijamente desde el agua. Sintió un escalofrío recorrer su espalda.
La víbora, al ver que Miguelito la había descubierto, supo que su oportunidad de atacar por sorpresa se había esfumado. Decidió entonces retirarse, hundiendo su cabeza en el agua y desapareciendo de la vista. Miguelito, asustado, se quedó paralizado por un momento. Luego, echó a correr, alejándose lo más rápido que pudo de la orilla del río.
Pero la víbora no se había rendido. Se mantenía oculta, siguiendo a Miguelito desde lejos, moviéndose silenciosamente a través del agua y entre la vegetación. Esperaba el momento oportuno para atacar. Miguelito, cansado de correr, se detuvo a descansar bajo la sombra de un gran árbol cerca del río. Estaba exhausto y su corazón latía con fuerza.
Sin que Miguelito lo supiera, en las profundidades del Río Grande vivía un gran lagarto. Era un lagarto viejo y sabio, con escamas gruesas y una mirada amable. Había visto a Miguelito jugar muchas veces y sentía un cariño especial por el niño. El lagarto también había visto a la víbora gigante y sabía de sus malas intenciones.
Cuando el lagarto vio a Miguelito descansar, y a la víbora acechando en las cercanías, supo que tenía que actuar. Sin dudarlo, nadó a toda velocidad hacia la orilla, justo cuando la víbora se preparaba para atacar a Miguelito. El lagarto saltó del agua y se interpuso entre la víbora y el niño.
La víbora, sorprendida por la repentina aparición del lagarto, siseó furiosamente. Se enroscó y se preparó para la batalla. El lagarto, aunque era viejo, era fuerte y valiente. Sabía que no podía permitir que la víbora le hiciera daño a Miguelito.
Comenzó una feroz batalla en la orilla del río. La víbora mordía y enroscaba su cuerpo alrededor del lagarto, tratando de estrangularlo. El lagarto, con sus poderosas mandíbulas, mordía a la víbora, defendiéndose con todas sus fuerzas. La lucha fue larga y dura.
Finalmente, la víbora, viendo que no podía vencer al lagarto, decidió cambiar de estrategia. Se desenroscó y, con un rápido movimiento, mordió al lagarto en el cuello. El veneno de la víbora era muy potente, y el lagarto sintió que sus fuerzas lo abandonaban.
Pero el lagarto no se rindió. Con un último esfuerzo, empujó a la víbora lejos de Miguelito. La víbora, herida y cansada, se deslizó hacia el río y desapareció en las profundidades. El lagarto, exhausto y envenenado, se desplomó en la arena.
Miguelito, que había estado observando la batalla con horror, corrió hacia el lagarto. Estaba muy asustado, pero también muy agradecido. Se arrodilló junto al lagarto y le acarició suavemente la cabeza. El lagarto lo miró con ojos cansados y le sonrió débilmente.
Con un último suspiro, el lagarto cerró los ojos y murió. Miguelito lloró amargamente la muerte de su valiente salvador. Sabía que el lagarto había dado su vida para protegerlo. Se quedó junto al cuerpo del lagarto hasta que el sol comenzó a ponerse, sintiendo una profunda tristeza y gratitud.
Desde ese día, Miguelito nunca olvidó al lagarto que lo salvó. Siempre que iba al Río Grande, dejaba flores en la orilla en memoria de su amigo y guardián escamoso. Aprendió que la valentía y la amistad pueden encontrarse en los lugares más inesperados, incluso en las profundidades de un río. Y supo que el sacrificio del lagarto siempre viviría en su corazón.
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