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El sol jugaba a las escondidas detrás de los árboles gigantes. El río, ancho y poderoso, brillaba con un color rojo intenso, como si el cielo se hubiera derramado en sus aguas al caer la tarde. Tuyas, con sus pies descalzos curtidos por la tierra, caminaba con cuidado, llevando un haz de leña sobre su pequeño hombro. No sabía con exactitud cuántos soles había visto nacer y morir. Nunca había aprendido a leer los garabatos que los mestizos llamaban letras, ni a dibujar los números. Su mundo era el trabajo, el río, la selva y, a veces, el persistente vacío del hambre.
Su padre, Yambai, un hombre fuerte y silencioso, ya no cultivaba la chacra, esa pequeña parcela donde crecían yuca y plátanos. Ahora, Yambai se internaba en la selva profunda, día tras día, cortando los árboles de caucho para extraer la savia blanca y pegajosa que los mestizos tanto querían. Le pagaban con unas pocas monedas y algunos víveres. Tuyas no sabía si era justo o no. Nadie parecía saberlo.
Un día, Julián, un joven con la piel morena y los ojos brillantes, un *Cruze* —mitad awajún, mitad mestizo—, los reunió a escondidas en un claro del bosque. Su voz era un susurro urgente:
—Nos están engañando. El caucho vale mucho más de lo que nos pagan. Se están enriqueciendo a costa de nuestro sudor.
Muchos de los hombres bajaron la mirada, temerosos. Yambai, sin embargo, apretó los puños, sintiendo una rabia sorda crecer en su interior. Al día siguiente, se armó de valor y fue a reclamarle a Don Cristian, el jefe de la barraca, un hombre corpulento con un sombrero blanco y una mirada fría.
—Nos deben más plata —dijo Yambai con voz firme, aunque su corazón latía con fuerza en su pecho.
El mestizo sonrió con burla. No le importó la petición de Yambai. No le dio ni una moneda extra, pero tampoco lo castigó. Quizás pensó que Yambai era solo un indio ingenuo, fácil de manipular.
El hermano de Yambai también trabajaba incansablemente sacando caucho. No lo hacía solo por él mismo. Quería ganar más dinero para enviárselo a su familia, que vivía muy lejos, en otra comunidad a orillas de otro río. Pero un día, una fiebre terrible lo atacó. Su cuerpo ardía, le dolían los huesos, la cabeza le daba vueltas. No le dijo nada a nadie. No podía dejar de trabajar. Si paraba, ¿quién alimentaría a su familia?
Siguió trabajando, con el cuerpo tembloroso y la vista nublada, hasta que un día, en lo más profundo de la selva, sus piernas no aguantaron más. Se desplomó al suelo, incapaz de moverse. Nadie lo ayudó a tiempo. Cuando lo encontraron, ya era demasiado tarde. La fiebre lo había consumido.
Yambai regresó dos días después de un largo viaje para comprar víveres en el pueblo más cercano. Se enteró de la terrible noticia. Nadie se lo había dicho antes. En las comunidades no había tiendas, ni mercados. Conseguir comida significaba caminar durante horas, a veces días, por senderos peligrosos, hasta llegar al pueblo más grande. No había otra opción. La selva les daba todo: madera, agua, animales para cazar, pero también les exigía un precio muy alto: su salud, su tiempo, a veces, incluso sus vidas.
Don Cristian también se enteró de la muerte del hermano de Yambai, pero no hizo nada. Ni siquiera mostró un poco de compasión. Al día siguiente, desapareció. Algunos dijeron que había huido, temiendo la ira de la comunidad. Otros murmuraron que simplemente se había ido de vacaciones, dejando atrás el caos y el dolor.
Yambai sintió una rabia incontenible. Decidió seguir a Don Cristian, descubrir la verdad detrás de su huida y exigir justicia por la muerte de su hermano. Llevó a Tuyas a Saramerisa, un pueblo más grande, y lo dejó al cuidado de sus tías. Le dio un pequeño envase lleno de grasa de chancho de monte.
—Con esto puedes vivir muchos años —le dijo, con la voz cargada de emoción. —Aprende, trabaja, pero no olvides quién eres.
Luego, Yambai se adentró en la selva, siguiendo el rastro de Don Cristian.
Tuyas vio la silueta de su padre desaparecer entre los árboles. Miró el río rojo, que seguía brillando bajo el sol poniente. Varias canoas pasaban, repletas de jóvenes que iban a trabajar sacando caucho. Decían que allí la vida era más fácil, que se ganaba más dinero.
Tuyas se quedó de pie en la orilla, con el pequeño envase de grasa de chancho apretado en su mano. Miró el agua turbia. Se preguntó si la fiebre del caucho, esa enfermedad que consumía a su gente, algún día se acabaría. Se prometió a sí mismo que encontraría la manera de sanar a su comunidad y de hacer que el río volviera a brillar con un color más esperanzador.
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