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Gratis · elegí una vozLucio, un niño de 11 años con pecas en la nariz y una risa contagiosa, suspiró. La pila de leña era inmensa. Su padre, Don Ramón, le guiñó un ojo. "¿Y si nos tomamos un pequeño respiro, campeón?" preguntó con una sonrisa pícara. Lucio sonrió de oreja a oreja. ¡Respiro! Significaba evadir las interminables tareas del hogar que su madre, Doña Elena, siempre les encomendaba.
Doña Elena era una mujer fuerte y trabajadora. Siempre estaba ocupada, ya fuera cuidando el huerto, preparando la comida o lavando la ropa. Lucio y Don Ramón, a veces, se sentían un poco culpables de no ayudar tanto como deberían. Pero la tentación de la aventura era demasiado grande.
"¡Vamos al río!" exclamó Lucio, olvidándose por completo de la leña.
Don Ramón asintió con entusiasmo. "Pero... ¡en secreto!" añadió, poniendo un dedo en sus labios. Así, los dos, sigilosamente, se alejaron de la casa, dejando a Doña Elena luchando con la montaña de ropa sucia. Llegaron al río, un remanso tranquilo y cristalino rodeado de árboles frondosos. Sin pensarlo dos veces, se quitaron la ropa y se lanzaron al agua. ¡Qué sensación tan refrescante! El agua fría les cosquilleaba la piel, lavando el sudor y el aburrimiento. Nadaron, chapotearon y se rieron a carcajadas, sintiéndose libres como peces en el agua.
Mientras tanto, Doña Elena, sudando la gota gorda, terminó de colgar la ropa. Se secó la frente con el dorso de la mano y miró hacia la pila de leña. ¡Aún faltaba la mitad! Frunció el ceño. ¿Dónde se habrían metido esos dos? Sospechando lo peor, siguió el camino que conducía al río. Al llegar a la orilla, los vio. Lucio y Don Ramón, completamente desnudos, jugando en el agua como si no tuvieran ninguna preocupación en el mundo. Una chispa de travesura brilló en los ojos de Doña Elena.
Silenciosamente, como una sombra, recogió la ropa de ambos, que yacía apilada en la orilla. No hizo el menor ruido. Luego, con una sonrisa en los labios, regresó a la casa, dejando a los dos hombres a su suerte.
Pasó un rato antes de que Lucio y Don Ramón se dieran cuenta de que algo andaba mal. El sol comenzaba a descender y el aire se volvía más fresco. "Creo que deberíamos volver", dijo Don Ramón, tiritando un poco.
Salieron del agua y buscaron su ropa. ¡Nada! Entraron en pánico. "¿Dónde está nuestra ropa?" preguntó Lucio, con la voz temblorosa.
Don Ramón miró a su alrededor, desesperado. "¡Elena!" gritó. Pero solo el eco le respondió. Entonces lo entendieron. Doña Elena les había tendido una trampa. La vergüenza los invadió. ¿Cómo iban a volver a casa desnudos? La idea de que alguien los viera les helaba la sangre.
"Tendremos que cubrirnos", dijo Don Ramón, con voz ronca. Intentaron taparse lo más posible con las manos, sintiéndose ridículos y vulnerables. Lentamente, muy lentamente, comenzaron a caminar hacia la casa. Cada paso era una tortura. El camino parecía interminable. El corazón les latía con fuerza en el pecho.
De repente, escucharon voces. Voces femeninas, alegres y despreocupadas. Se escondieron detrás de un arbusto, temblando de miedo. ¡Era un grupo de madres con sus hijas, todas de la edad de Lucio! Estaban paseando por el bosque, sacando fotos de las flores y los pájaros.
"¡Mira, mamá, qué mariposa tan bonita!" exclamó una de las niñas.
Las madres rieron y tomaron fotos. Lucio y Don Ramón se acurrucaron aún más detrás del arbusto, rezando para que no los vieran. La situación era humillante. Don Ramón, un hombre respetado en el pueblo, ¡escondido desnudo detrás de un arbusto! Lucio sentía que se moría de vergüenza.
Después de lo que pareció una eternidad, el grupo de madres y niñas siguió su camino. Lucio y Don Ramón esperaron unos minutos más para asegurarse de que se habían ido. Luego, con renovado horror, reanudaron su camino hacia casa.
Finalmente, llegaron a la casa. Doña Elena los estaba esperando en la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa divertida en el rostro. Al verlos, aguantó la risa. "¿Disfrutaron de su baño?" preguntó, con un tono de voz que mezclaba reproche y cariño.
Lucio y Don Ramón bajaron la cabeza, avergonzados. Doña Elena suspiró y les tendió la ropa. "La próxima vez, ayúdenme con las tareas", dijo. "Y quizás, solo quizás, podamos ir todos juntos al río".
Lucio y Don Ramón asintieron, prometiendo no volver a evadir sus responsabilidades. Esa tarde, mientras ayudaban a Doña Elena a preparar la cena, Lucio aprendió una valiosa lección: a veces, la aventura más gratificante es aquella que se comparte con la familia, después de haber cumplido con el deber. Y Don Ramón aprendió que nunca, jamás, debía subestimar el ingenio de su esposa.
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