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Gratis · elegí una vozNico amaba saltar. No saltar en la cama, ¡no! Nico amaba saltar desde la montaña más alta hasta el lago chispeante que brillaba abajo. Era un salto emocionante, una explosión de viento en su cara y el rugido del agua esperándolo. Un día soleado, con el cielo pintado de azul brillante, Nico subió a su montaña favorita. Respiró hondo, sintió la tierra firme bajo sus pies y visualizó el salto perfecto. ¡Uno, dos, tres… YA!
Saltó. El aire silbó a su alrededor. Sintió la emoción que siempre lo invadía, pero esta vez, algo fue diferente. Abrió los ojos y, ¡guau! No estaba cayendo directamente al lago. Algo lo frenaba. Algo… ¡enorme!
Miró hacia arriba, hacia la sombra gigante que lo cubría. Sus ojos se abrieron como platos. ¡No podía creer lo que veía! Era… era… ¡un pterodáctilo! Un pterodáctilo real, volando suavemente con Nico colgando de sus garras.
Nico había leído sobre pterodáctilos. Eran reptiles voladores que vivieron hace millones de años, mucho antes de que existieran los dinosaurios más famosos. ¡Estaban extintos! ¡Pero aquí estaba uno, volando con él!
El pterodáctilo era grande, más grande de lo que Nico imaginaba. Tenía una cresta huesuda en la cabeza y alas de cuero que se extendían como una capa gigante. Sus ojos eran grandes y amarillos, y miraban a Nico con una expresión curiosa, casi amigable.
"¡Hola!" gritó Nico, un poco asustado pero sobre todo emocionado. El pterodáctilo emitió un chirrido suave, como si le respondiera.
En lugar de soltar a Nico en el lago, el pterodáctilo comenzó a volar hacia una parte diferente del bosque que Nico nunca había visto. Cruzaron árboles altos y cascadas escondidas, hasta que llegaron a un valle secreto. En el valle, había otros pterodáctilos, de todos los tamaños y colores. Algunos volaban, otros descansaban en las rocas, y algunos hasta jugaban en el agua.
El pterodáctilo suavemente depositó a Nico en el suelo. Nico miró a su alrededor, asombrado. Era como un mundo perdido, un lugar que el tiempo había olvidado. Una pterodáctilo más pequeña, de color verde brillante, se acercó a Nico con curiosidad. Chirrió y le ofreció una fruta extraña que Nico nunca había visto antes.
Nico probó la fruta. Era dulce y jugosa, ¡la mejor fruta que había probado en su vida! Los pterodáctilos parecían amigables y curiosos acerca de él. Nico pasó la tarde jugando con ellos, aprendiendo sus nombres (bueno, los nombres que él les puso, porque no entendía sus chirridos) y explorando el valle.
Le enseñó a la pterodáctilo verde, a la que llamó Esmeralda, a saltar como él. Esmeralda intentó imitarlo, pero en lugar de saltar, solo aleteaba torpemente. Nico se rio y le mostró cómo doblar las rodillas y empujar con los pies.
Después de un rato, Nico se dio cuenta de que debía volver a casa. Su mamá seguramente estaría preocupada. Le dijo adiós a sus nuevos amigos, prometiéndoles volver a visitarlos. El pterodáctilo que lo había rescatado lo levantó suavemente y lo llevó de vuelta a la montaña.
Lo dejó en la cima, justo donde había saltado. Nico le agradeció con un abrazo improvisado alrededor de su pata (¡era muy grande!). El pterodáctilo chirrió una última vez y luego voló de regreso al valle secreto.
Nico corrió a casa, emocionado de contarle a su mamá sobre su increíble aventura. Pero cuando llegó, se dio cuenta de que ya era tarde. El sol se estaba poniendo y su mamá lo estaba esperando en la puerta, preocupada.
"¡Nico! ¿Dónde estabas?" preguntó su mamá, abrazándolo fuerte.
Nico dudó. ¿Le creería su historia? ¿Pensaría que estaba loco? Decidió intentarlo.
"Mamá, salté de la montaña y… ¡un pterodáctilo me salvó! Me llevó a un valle secreto donde viven todos los pterodáctilos!" le contó, con los ojos brillantes.
Su mamá lo miró con una sonrisa. "Oh, Nico," dijo ella, "Siempre con tus historias fantásticas. Lo importante es que estás bien."
Nico sabía que su mamá no le creía, pero no le importó. Él sabía lo que había visto. Él sabía que el valle secreto existía. Y sabía que había hecho nuevos amigos, unos amigos muy, muy antiguos.
Desde ese día, Nico siguió saltando de la montaña, pero siempre con un ojo en el cielo. Esperaba volver a ver a su amigo pterodáctilo y regresar al valle secreto. Sabía que la magia existía, y que a veces, solo a veces, las cosas más increíbles podían suceder, especialmente cuando te atrevías a saltar.
Un día, mientras saltaba, sintió una ráfaga de viento familiar y escuchó un chirrido suave. Miró hacia arriba y ahí estaba, su amigo pterodáctilo, esperándolo para otra aventura asombrosa.
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