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En lo más alto del Pico del Viento, donde las nubes son tan suaves como el algodón de azúcar, vivía una comunidad de dragones magníficos. Todos tenían alas inmensas que brillaban bajo el sol y podían cruzar el océano en un solo suspiro. Todos, excepto Draco. Draco era un pequeño dragón de color verde esmeralda con escamas doradas en su barriga y ojos de color ámbar que siempre brillaban con curiosidad. Pero Draco tenía un pequeño problema: sus alas eran diminutas y, por más que las agitara, no lograba elevarse más de unos pocos centímetros del suelo.
Mientras sus amigos, como la veloz Centella o el fuerte Atila, hacían piruetas en el cielo, Draco pasaba sus días caminando por los senderos de piedra y explorando las cuevas profundas de la montaña. —¡Mira, Draco! ¡Puedo tocar la punta de la luna! —le gritaba Centella desde las alturas. Draco sonreía y saludaba con la pata, pero por dentro sentía una pequeña punzada de tristeza. Él también quería sentir el viento frío en su cara y ver el mundo desde arriba.

Draco no se rindió fácilmente. Primero, intentó atarse grandes hojas de palmera a sus patas para aumentar su superficie, pero el viento solo lo hizo rodar colina abajo como una sandía verde. Luego, intentó saltar desde la Roca del Salto, esperando que el instinto lo hiciera volar. Lo único que consiguió fue un chapuzón muy ruidoso en el lago de cristal. El Búho Sabio, que lo observaba desde un árbol de bayas, le dijo: —Pequeño Draco, no todos los caminos al cielo requieren alas. A veces, la fuerza que necesitas está en tus pies, no en el aire.
Draco no entendió muy bien las palabras del búho, pero decidió que, si no podía volar, sería el mejor caminante de la historia. Sus patas se volvieron fuertes y ágiles. Aprendió a saltar sobre grietas peligrosas y a escalar paredes de roca que otros dragones ni siquiera miraban. Se convirtió en un experto conocedor de cada rincón del Pico del Viento, desde los túneles secretos hasta los nidos más escondidos.

Un día, una tormenta terrible, conocida como la Gran Sombra, cubrió el reino. No era una tormenta normal; era un viento tan denso y cargado de ceniza que los dragones no podían ver ni sus propias garras. Las alas de los grandes dragones eran inútiles, pues el viento era tan fuerte que los empujaba contra las rocas si intentaban despegar. En medio del caos, un grito de auxilio llegó desde el Nido del Albor: el lugar donde se guardaban los huevos de cristal, la futura generación de dragones. Una grieta se había abierto bajo el nido debido a los temblores y los huevos estaban a punto de caer al abismo.
Los dragones mayores estaban desesperados. —¡No podemos volar con este viento! —rugió el jefe de la aldea—. ¡Si lo intentamos, la tormenta nos derribará! Fue entonces cuando Draco dio un paso al frente. —Yo iré —dijo con firmeza. Los demás lo miraron con duda. —¿Tú, Draco? Pero si no puedes volar. —No necesito volar —respondió él—. Conozco el camino por tierra y mis patas son lo suficientemente fuertes para resistir el viento.
Draco comenzó su ascenso. Mientras el viento rugía y la ceniza cegaba a los demás, él se mantenía pegado al suelo, usando sus garras para anclarse a la roca. Saltó sobre abismos, trepó por salientes estrechas y se deslizó por túneles que solo él conocía. Finalmente, llegó al Nido del Albor justo cuando la tierra cedía. Con una fuerza increíble, Draco usó su cola para asegurar el nido y, uno a uno, rescató los huevos de cristal, colocándolos en una bolsa de cuero que llevaba en su espalda.
Cuando Draco regresó a la aldea con los huevos a salvo, la tormenta comenzó a amainar. Los dragones guardaron silencio mientras Draco depositaba con cuidado los huevos en el centro de la plaza. De repente, un gran aplauso resonó en toda la montaña. Centella y Atila bajaron para abrazarlo. Draco no había volado, pero había llegado más lejos que nadie. Desde aquel día, Draco comprendió que ser diferente no era una debilidad, sino su mayor superpoder. No era el dragón que no sabía volar; era el dragón que había conquistado la tierra para proteger el cielo.
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