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El viento soplaba con fuerza, mordiendo mis mejillas rojas. Mis manos, enfundadas en guantes de lana, apenas sentían el calor. Papá y yo caminábamos a paso rápido hacia el Supermercado Estrella. "¡Qué frío hace!", exclamé, intentando resguardarme detrás de su abrigo. Papá sonrió. "Sí, Sofía, hoy es un día para estar bien abrigados y con la barriga llena".
Al acercarnos a la entrada, lo vi. Un hombre sentado en el suelo, acurrucado contra la pared, intentando escapar del viento helado. Su ropa estaba gastada y sucia, y su barba, larga y descuidada. La gente pasaba a su lado, sin siquiera mirarlo. Era como si fuera invisible.
Sentí un pellizco en el corazón. "Papá, mira", le dije, señalando al hombre. Él asintió, con una expresión triste en el rostro. "Sí, Sofía. Es una persona que necesita ayuda".
Entramos al supermercado y, mientras papá buscaba los ingredientes para la cena, yo no podía dejar de pensar en el hombre. Recordé el sándwich de fiambre que mamá me había preparado para la merienda. ¡Estaba delicioso! Tenía jamón, queso y un poquito de mostaza. Normalmente, me lo comería de un bocado, pero hoy… hoy sentía que debía hacer algo diferente.
"Papá", le dije cuando lo alcancé en la sección de lácteos, "¿puedo darle mi sándwich al señor que está afuera?". Papá me miró con ternura. "Es una idea muy linda, Sofía. Pero, ¿estás segura? Tú tienes mucha hambre".
Asentí con determinación. "Sí, papá. Puedo esperar. Él necesita comer más que yo".
Papá me sonrió y me revolvió el pelo. "Estoy muy orgulloso de ti, Sofía. Es un gesto muy generoso".
Fuimos a la sección de charcutería y papá compró un paquete de jamón de pavo y otro de queso Gouda. "Vamos a prepararle unos sándwiches bien ricos", me dijo guiñándome un ojo. Le ayudé a escoger el pan: dos barras crujientes recién horneadas.
De camino a la caja, papá compró también una botella de agua y una manzana roja y brillante. "Para que tenga una comida completa", explicó.
Salimos del supermercado y me acerqué al hombre. Él estaba con los ojos cerrados, como si estuviera dormido. "Disculpe, señor", le dije con suavidad. Él abrió los ojos lentamente y me miró con sorpresa.
"Le trajimos algo de comida", le dije, extendiéndole los sándwiches, la manzana y la botella de agua. El hombre me miró con incredulidad. Sus ojos se llenaron de lágrimas. "Gracias, niña. Muchas gracias", dijo con voz temblorosa.
"No tiene nada que agradecer", le respondí. "Que le aproveche".
El hombre tomó la comida con manos temblorosas y comenzó a comer con voracidad. Papá y yo nos alejamos en silencio, sintiendo una calidez especial en el corazón. No era el calor del sol, ni el de la calefacción, sino el calor de haber hecho algo bueno por alguien que lo necesitaba.
De camino a casa, le pregunté a papá: "¿Por qué la gente no lo ayuda, papá?".
Papá suspiró. "A veces, Sofía, la gente tiene miedo. Algunos piensan que si les dan dinero, lo usarán para cosas malas. Otros simplemente no quieren ver el sufrimiento de los demás".
"Pero eso no está bien, ¿verdad, papá?", pregunté.
"No, Sofía. No está bien. Todos merecen ser tratados con respeto y compasión".
Cuando llegamos a casa, le conté a mamá lo que habíamos hecho. Ella me abrazó con fuerza. "Estoy muy orgullosa de ti, hija. Has aprendido una lección muy importante hoy".
Esa noche, antes de dormir, pensé en el hombre del supermercado. Imaginé que estaba disfrutando de su comida caliente y que, por un momento, se había olvidado del frío y de la soledad. Y sentí una inmensa alegría en mi corazón. La alegría de haber compartido mi sándwich, y algo más importante: mi compasión.
Desde ese día, cada vez que voy al Supermercado Estrella, busco al hombre. A veces lo veo, otras no. Pero siempre recuerdo que, incluso un pequeño gesto de bondad, puede hacer una gran diferencia en la vida de alguien. Y siempre llevo conmigo un sándwich extra, por si acaso.
Porque aprendí que el mejor fiambre, no es el que llena el estómago, sino el que llena el corazón. Y ese, siempre es el más delicioso.
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