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Valeria era una estrella del voleibol. Alta y delgada como un junco, con un cabello liso que brillaba bajo las luces del gimnasio, era conocida tanto por su belleza como por su potente saque. Todos los sábados, el gimnasio se llenaba para verla jugar. Valeria amaba el voleibol, pero últimamente, algo la distraía.
Todo comenzó un martes por la tarde. Mientras practicaba sus saques, notó a un chico apoyado contra la pared. Tenía el cabello oscuro y despeinado, una sonrisa amable y ojos que parecían brillar con la misma intensidad que el sol. Cada día, el chico regresaba, siempre en el mismo lugar, observándola con una sonrisa alentadora. Valeria empezó a llamarlo en su mente "el Chico de la Sonrisa".
El problema era que la presencia del Chico de la Sonrisa la desconcentraba. En los partidos, cuando lo veía entre la multitud, su corazón daba un vuelco y olvidaba las estrategias, los movimientos ensayados, todo. Cometía errores que antes nunca habría cometido. Su entrenador, Don Raúl, estaba preocupado. "Valeria", le decía, "tienes un talento increíble, pero necesitas concentrarte. ¡Este es el partido más importante de la temporada!".
Llegó el día del partido crucial. El gimnasio estaba a reventar. Valeria buscó al Chico de la Sonrisa entre la multitud, pero no lo vio. La frustración la invadió. El primer set fue un desastre. Cometió errores tontos, sacó la pelota fuera de la cancha, olvidó bloquear los ataques del equipo contrario. Su equipo iba perdiendo. Don Raúl la llamó a un lado. "Valeria, ¿qué te pasa? ¡No te reconozco! ¡Piensa en tus compañeras, en el equipo! Olvídate de todo lo demás por un momento."
Las palabras de Don Raúl la hicieron reaccionar. Miró a sus compañeras, vio la determinación en sus ojos, el esfuerzo que estaban haciendo todas juntas. Respiró hondo y se dijo a sí misma: "Puedo hacerlo. Lo haré por ellas".
En el segundo set, Valeria se transformó. Se concentró en la pelota, en el movimiento de sus compañeras, en la estrategia del equipo. Su saque recuperó su potencia y precisión. Sus bloqueos fueron impecables. Animó a sus compañeras. El equipo recuperó terreno y finalmente ganó el set.
El tercer set fue aún más emocionante. El marcador estaba muy ajustado. Cada punto era una batalla. En el punto decisivo, con el marcador empatado, Valeria se preparó para sacar. Cerró los ojos por un instante, respiró hondo y visualizó la pelota volando por encima de la red, cayendo justo en la esquina del campo contrario. Abrió los ojos y sacó con toda su fuerza. La pelota voló como un rayo, pasó rozando el bloqueo del equipo contrario y cayó en la esquina. ¡Punto! ¡Partido! ¡Victoria!
El gimnasio estalló en aplausos. Sus compañeras la abrazaron, Don Raúl le dio una palmada en la espalda. Valeria buscó al Chico de la Sonrisa entre la multitud, pero aún no estaba allí. Una mezcla de alegría y tristeza la invadió. Había ganado el partido, pero sentía que había perdido algo más.
Después de ese partido, Valeria siguió jugando al voleibol, y lo hacía muy bien. Pero el Chico de la Sonrisa nunca volvió a aparecer. Cada vez que entraba al gimnasio, buscaba su rostro entre la multitud, pero él nunca estaba allí. Poco a poco, la esperanza se fue desvaneciendo.
Valeria seguía ganando partidos, recibiendo trofeos y elogios. Era una estrella, pero la chispa que antes la había impulsado parecía haberse apagado. Ya no sentía la misma pasión por el voleibol. Todo le parecía vacío y sin sentido.
Un día, mientras guardaba sus cosas después de un entrenamiento, Don Raúl se acercó a ella. "Valeria", le dijo, "sé que algo te preocupa. Puedo ver que ya no disfrutas del voleibol como antes. Si quieres dejarlo, lo entenderé. Has hecho mucho por este equipo".
Las palabras de Don Raúl la hicieron llorar. Se dio cuenta de que ya no podía seguir fingiendo. "Sí, Don Raúl", dijo entre lágrimas, "creo que quiero dejarlo".
Don Raúl la abrazó. "Está bien, Valeria. Encuentra algo que te haga feliz. La vida es demasiado corta para hacer algo que no te llena el corazón". Valeria asintió, secándose las lágrimas. Sabía que tenía que encontrar su propio camino, aunque eso significara alejarse del voleibol. Y quizás, algún día, volvería a ver al Chico de la Sonrisa.
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