El Secreto All-Inclusive de Varadero

El Secreto All-Inclusive de Varadero

Cuento corto para dormir

El Secreto All-Inclusive de Varadero

El abuelito Miguel, un pensionado español, encuentra el amor en Cuba con Elena, una mulata que lo lleva a un resort all-inclusive en Varadero. Mientras tanto, otros personajes sueñan con una vida mejor, buscando escapar de la realidad de la isla, sin saber que sus destinos están entrelazados en una noche de tormenta.

A partir de: All inclusive Pensionado Al viejito ya lo tenían visto por otras compañeras. Vivía de su pensión; debía de ser buena porque vivía como rey. Según las jineteras más viejas, pagaba bien, pero con el correr de los meses, conforme sabía del sitio económico, la paga se hacía más escasa. Casi que se aprovechaba de las prostitutas. Para el español era un sueño hecho realidad: seis meses en Cuba y el resto en las Islas Canarias. Verano eterno, todo económico y con muchas mujeres dispuestas a cumplir sus deseos. Pero apareció ella y él no quiso hacer otra cosa que estar con ella, costase lo que costase. La invitó a Varadero para sacarla de La Habana. Ella le decía que no, que no podía dejar a su hija tanto tiempo, que sin un adelanto no tenía una niñera segura que la cuidara. Él, al final, accedió. Le costó mucho, porque por más enamorado que estaba, el dinero no lo soltaba rápido. Como iban pasando los días y la mulata lo rechazaba, le dio el adelanto y se fueron una semana para el all inclusive. Allí él le compró dos vestidos para la noche de gala y un par de trajes de baño, para que no usara más los gastados que traía. Fue una semana intensa. Casi no salía de la piscina que tenía la barra del bar adentro. Ella también tomaba mucho y por la noche bailaban bachata acaramelados. Ella parecía de verdad contenta y, sobre todo, agradecida. De día se abalanzaba sobre la comida como una muchachita de la calle. Él le advertía que no debía comer tanto, que iba a engordar su figura, y ella le contestaba: —Pero no, papucho, que no, que estoy comiendo pura frutica, mi amol. Siguieron toda esa semana asistiendo al teatro y a la fiesta en la playa. Pero el señor no dio más: después de doce rones sintió que la cabeza le iba a explotar y se fue a descansar. Ahí soñó con una tormenta, como si viniera un huracán y se quedara desnudo. Sentía frío, ráfagas de agua y viento; se dio vuelta y se acomodó para dormir un poco más. Mientras tanto, otros en Varadero también soñaban. Mozo A Alexander ya lo habían reprendido varias veces. De tanto que lo habían retado, se repetía a sí mismo los reclamos: “El señol jefe dice que no puedo mirar a los clientes, que no puedo contradecirlos, que no puedo pasar por las pasarelas, que no debo mirarlos a los ojos… Mira cómo voy por la pasarela, mira cómo piso las plantas, mira, estúpido, tu asqueroso uniforme cómo lo ensucio”, mientras jalaba unas matas de hibisco. Se iba de vuelta para su casa, amargado y agobiado. No importaba que la noche estuviese tan cerrada: en el trayecto tenía más tiempo para pensar qué decirle a su mujer. Su mujer. Qué mujer buena le había salido, y sobre todo fuerte. Con esos negros ojos grandes y su fuerza bruta le había ayudado ella sola a terminar la casa. Los pilotes del bohío se los había ayudado a construir ella, y también a colocar las hojas de palma. Le iba a tener que decir la verdad: que estaba harto, que no se podía ser un hombre digno sin mirar a otros a la cara. Jinetera Su primera vez fue a los catorce años con un cubano; la segunda, con un viejo de ochenta que le dejó 200 dólares. Con eso pudo comprarse el primer santo, para que la protegiera. A partir de allí, se dedicó solo a los turistas: americanos o españoles, si podía elegir. A veces no se podía. A los únicos que les decía que no era a los turcos. Tenían fama de violentos y avaros: les daban el dinero por el servicio y luego, así, sin más, se lo quitaban. ¿Y qué otra cosa íbamos a ser sino putas, si este país no da otra cosa para comer?, se repetía. Musiquero Al ritmo de la guaracha y la guajira podía mantener a su hija lejos de las jineteras. Mientras él tuviese fuerzas y alegría, saldría a la plaza principal a cantar hasta llenar el sombrero de monedas, para que su gorda no tuviese que salir de noche. Las montañas de basura alrededor de la plaza le estaban haciendo perder los pocos turistas que aún se aventuraban a dar un paseo. Ni siquiera la fábrica de habanos estaba llena como antes. A los turistas ya no parecía importarles, y había visto a varios con el vaper. Bailarina Ella ya tenía listo el pasaporte y el permiso gubernamental para asistir a la muestra de La Habana en Guinea Ecuatorial. Allí también se hablaba español y quizá, con un poco de suerte, se podría quedar y conseguir un pasaje a España. El visado era otra dificultad; tendría que improvisar. Iba a danzar con toda el alma. Lástima su mamá, que se quedaba y sin ella seguramente se moriría de tristeza. Mulata La mulata consiguió que le dieran una mano. A la madrugada tomaron al Viejo entre los dos y lo cargaron en un coco taxi. Se lo llevaron para su casa mientras el hombre, drogado, seguía dormido. Allí, cuando se le pasó el efecto, comenzaron a despertarlo, obligándole a decir la clave de la caja fuerte. Se resistió bastante, hasta que vio que le iban a cortar un dedo, y cantó la combinación. Lo dejaron encerrado y medio mareado en el baño. Pirañas Con el motín de dólares fueron a la casa de Alexander. Ahí lo convencieron para irse en las balsas. Su mujer escuchó todo lo que sus compañeros de trabajo habían hecho y trató de espantarlos, pero Alexander, por puro orgullo, se fue con ellos. Balseros Faltaban cinco minutos para abordar y desaparecer rumbo a Estados Unidos. La mulata estaba ansiosa, ya no había vuelta atrás. Le tendrían que traer a su hija rápido para salir a tiempo. Las otras jineteras empezaban a impacientarse. En la noche silenciosa solo se oían las olas y un trueno cercano retumbó. El Viejo súbitamente se despertó. Miró sus dedos: los tenía todos. Empezó a golpear la puerta pidiendo auxilio. Nadie lo escuchó. Afuera, el mar rugía como un huracán. Adentro, el Viejo temblaba de frío, desnudo, igual que en su sueño.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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El Secreto All-Inclusive de Varadero

Al abuelito Miguel lo conocían en el vecindario como "El Pensionado". Se decía que su pensión era jugosa, ¡porque vivía como un rey! Algunas amigas de su nieta contaban que antes era más generoso, pero que últimamente... bueno, digamos que a veces parecía olvidar dónde había guardado sus gafas... ¡y el dinero!

Para Miguel, Cuba era su paraíso particular: seis meses de sol, música y... digamos, amistades. Y los otros seis meses, ¡a las Islas Canarias, a tomar el sol también! Era un verano eterno, todo muy económico, con muchas personas dispuestas a charlar con él.

Pero un día, conoció a Elena. Elena era una mulata con una sonrisa que iluminaba todo el Malecón. De repente, Miguel solo quería estar con ella, ¡costase lo que costase! La invitó a Varadero, a un hotel "all-inclusive". Elena dudó: no podía dejar sola a su hijita. Necesitaba un adelanto para pagarle a una niñera. Miguel, aunque enamorado, era un poco... ahorrativo. Pero al final, ¡cedió!

Así que, ¡a Varadero se fueron! Miguel le compró dos vestidos brillantes para la noche de gala y un par de trajes de baño nuevos, para que Elena no usara más los viejitos que traía. ¡Fue una semana maravillosa! Casi no salían de la piscina con el bar adentro. Elena tomaba jugos de mango y piña colada (y tal vez algo más...), y por las noches bailaban bachata abrazaditos. Elena parecía realmente feliz y, sobre todo, muy agradecida.

De día, se abalanzaba sobre la comida del buffet como una ardillita hambrienta. Miguel le decía: "¡Elena, mi amor, no comas tanto, que vas a engordar!" Y ella le respondía, riendo: "¡Ay, Miguelito, estoy comiendo pura frutica, mi amol!"

Fueron al teatro, a la fiesta en la playa, ¡a todo! Pero después de doce rones, a Miguel le empezó a dar vueltas la cabeza. Se fue a dormir y soñó con una tormenta terrible, un huracán que lo dejaba desnudo, temblando de frío. Se dio la vuelta y se acomodó para dormir un poco más.

Mientras tanto, en Varadero, otros también soñaban...

Alexander era mozo en el hotel. Su jefe lo regañaba todo el tiempo: "¡No mires a los clientes! ¡No los contradigas! ¡No pises las plantas! ¡Tu uniforme está sucio!" Alexander se repetía las quejas en su cabeza, mientras arrancaba unas hojas de hibisco por puro coraje.

Regresaba a casa, amargado. No importaba lo oscura que estuviera la noche, siempre encontraba tiempo para pensar en qué decirle a su esposa, María. María era una mujer fuerte, con ojos negros y una sonrisa capaz de mover montañas. Ella sola lo había ayudado a construir su casa, a levantar los pilotes del bohío y a colocar las hojas de palma. Tenía que decirle la verdad: estaba harto de no poder mirar a la gente a la cara con dignidad.

Juana, por otro lado, era... digamos, una amiga de los turistas. Empezó muy joven, y aprendió que, a veces, la vida no te da muchas opciones. Prefería a los americanos y a los españoles, pero a los turcos... ¡ni hablar! Tenían fama de ser tacaños y violentos. "¿Qué otra cosa vamos a ser si este país no nos da de comer?", se decía.

Carlos era músico. Con su guaracha y su guajira, mantenía a su hija lejos de los peligros de la calle. Mientras tuviera fuerzas y alegría, saldría a la plaza a cantar, a llenar su sombrero de monedas para que su "gorda" no tuviera que trabajar de noche. Pero las montañas de basura alrededor de la plaza ahuyentaban a los turistas, y hasta la fábrica de habanos estaba más vacía que antes.

Isabel, la bailarina, tenía listo su pasaporte y el permiso para ir a una muestra en Guinea Ecuatorial. Allí se hablaba español, y quizás, con suerte, podría quedarse y conseguir un pasaje a España. El visado era complicado, pero improvisaría. Bailaría con todo su corazón. Lo que más le dolía era dejar a su mamá, que sin ella se moriría de tristeza.

Esa noche, Elena, la mulata, consiguió ayuda. A la madrugada, entre dos hombres, cargaron a Miguel, dormido y drogado, en un coco taxi. Lo llevaron a su casa. Allí, cuando se le pasó el efecto de los rones, lo obligaron a decir la clave de la caja fuerte. Se resistió, hasta que vio que le iban a cortar un dedo. Entonces, cantó la combinación. Lo dejaron encerrado en el baño, medio mareado.

Con el botín de dólares, fueron a buscar a Alexander, el mozo. Lo convencieron de irse en una balsa a Miami. Su esposa, María, escuchó todo y trató de detenerlos, pero Alexander, por puro orgullo, se fue con ellos.

Faltaban cinco minutos para abordar la balsa y desaparecer rumbo a Estados Unidos. Elena estaba ansiosa, ya no había vuelta atrás. Tenían que traer a su hija rápido para que salieran a tiempo. Las otras amigas de Elena empezaban a impacientarse.

En la noche silenciosa, solo se oían las olas y un trueno lejano.

Miguel, de repente, se despertó. Se miró los dedos: ¡los tenía todos! Empezó a golpear la puerta del baño, pidiendo auxilio. Nadie lo escuchó.

Afuera, el mar rugía como un huracán. Adentro, Miguel temblaba de frío, desnudo, igual que en su sueño...

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Publicado el 14/04/2026

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