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Gratis · elegí una vozHace muchísimos años, cuando el pueblo de Vitis apenas estaba creciendo entre cerros verdes y campos de cultivo, vivía allí gente trabajadora, pero también orgullosa y desconfiada. Pensaban que nadie de afuera podía traerles nada bueno. Se guardaban sus cosechas, sus secretos y hasta sus sonrisas.
Un día, apareció en el pueblo un anciano caminante. Sus ropas estaban gastadas por el polvo del camino, sus sandalias rotas mostraban sus pies cansados, y llevaba un bastón de madera que lo ayudaba a sostenerse. Tenía hambre, sed y frío. Con voz temblorosa pidió un poco de comida y agua en las casas del pueblo. Su voz era suave, casi un susurro, pero cargada de necesidad.
Los habitantes lo miraron con desprecio. Algunos cerraron sus puertas de golpe, haciendo resonar el portazo como un trueno. Otros se rieron de él, señalándolo con dedos acusadores. Nadie quiso tenderle la mano. Pensaban que era un mendigo, un estorbo, alguien que solo venía a quitarles lo poco que tenían.
Cansado y triste, el anciano estaba a punto de marcharse cuando encontró a una humilde pareja de esposos. Vivían en una casita pequeña, casi escondida entre los campos de maíz. Ellos no tenían riquezas, apenas un poco de maíz y agua en una tinaja, pero sin dudarlo lo invitaron a pasar. "Pase, abuelito, descanse un poco", le dijo la mujer con una sonrisa sincera. Le dieron de comer el poco maíz que tenían y le ofrecieron un rincón donde descansar junto al fuego. El calor del fuego y la bondad de la pareja comenzaron a calentar el corazón del anciano.
Cuando el anciano recuperó fuerzas, miró a la pareja con ojos brillantes, como si estrellas danzaran en su mirada, y les dijo en voz baja: —“Gracias por su bondad. Ustedes son las únicas personas buenas en este pueblo. Escúchenme bien: esta noche, el pueblo sufrirá un castigo. Las aguas nacerán de la tierra y cubrirán todo. Ustedes, por su noble corazón, deben huir ahora mismo y subir a lo alto del cerro”.
La pareja, aunque asustada por las palabras del anciano, decidió hacer caso. Confiaban en su intuición y en la mirada sabia del caminante. Subieron apresuradamente la ladera con lo poco que pudieron cargar: una manta, un poco de maíz y una pequeña imagen de la Pachamama, la Madre Tierra. Apenas alcanzaron la cima, la tierra empezó a temblar. Un rugido sordo resonó en el valle.
Del suelo del valle brotó un manantial inmenso, como si la tierra estuviera llorando. Y luego otro, y otro más, hasta que las aguas comenzaron a crecer con furia, inundando los campos de cultivo y las casas del pueblo. El agua subía y subía, imparable, transformando el valle en un inmenso lago.
El pueblo entero quedó sumergido bajo una gran laguna que brillaba bajo la luz de la luna. La laguna era tan grande que parecía un espejo gigante reflejando las estrellas. Había nacido la Laguna de Piquecocha. Las casas, las calles, la iglesia, todo desapareció bajo las aguas.
Dicen que desde entonces, cuando el viento sopla fuerte y silba entre las montañas, o cuando la noche está en calma y la luna ilumina las aguas, en la Laguna de Piquecocha se pueden escuchar campanas que tocan bajo el agua, como si la iglesia aún estuviera llamando a misa. Se oyen también murmullos de voces que parecen rezar, como si los habitantes del pueblo aún estuvieran allí, lamentando su soberbia. E incluso, algunos aseguran haber visto sombras que recuerdan las torres y casas de aquel pueblo desaparecido, fantasmas del pasado que emergen de las profundidades.
La pareja sobrevivió gracias a su bondad y humildad. Y junto con otros descendientes, que también habían escuchado la advertencia del anciano, levantaron de nuevo el pueblo de Vitis más arriba, lejos del alcance de las aguas. Aprendieron la lección y prometieron nunca más ser orgullosos ni desconfiados.
Y desde ese día, la laguna fue considerada un lugar sagrado, un espejo de misterio y respeto. La gente de Vitis aprendió a vivir en armonía con la naturaleza y a ser generosa con los demás.
Los ancianos cuentan a los niños que la laguna protege a los buenos, a los que tienen un corazón noble y respetan la naturaleza. Pero castiga a los soberbios y desobedientes, a los que se creen superiores a los demás. Por eso, nadie se atreve a faltarle el respeto, porque creen que si lo hacen, el agua puede enojarse y reclamar lo suyo, hundiendo al pueblo una vez más.
Ahora, cada vez que los niños de Vitis miran la Laguna de Piquecocha, recuerdan la historia del anciano caminante y la importancia de ser humildes, generosos y respetuosos con todos, porque nunca se sabe cuándo la bondad puede salvarlos.
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