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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblo escondido entre montañas de algodón de azúcar, una niña llamada Lucía. Lucía amaba los dulces más que a cualquier otra cosa en el mundo. Piruletas de arcoíris, caramelos de fresa, chocolate crujiente… ¡No había dulce que se le resistiera! Pero Lucía tenía un pequeño secreto, un secreto que guardaba con mucho cuidado (o, más bien, ¡no tanto cuidado!): no le gustaba cepillarse los dientes.
"¡Es aburrido!" protestaba, haciendo un puchero que le llegaba hasta las rodillas. "¡Y la pasta de dientes sabe a calcetines viejos!"
Su mamá, una mujer con una sonrisa tan brillante como el sol de la mañana, siempre le decía: "Lucía, recuerda el refrán: En el que cuida siempre tu diente, él te sonríe alegremente." Pero Lucía, con la cabeza llena de caramelos y piruletas, nunca prestaba mucha atención.
Un día, después de una especialmente golosa sesión de piruletas de mora, Lucía sintió algo extraño en uno de sus dientes. Era un cosquilleo, un pequeño tic-tac, como si alguien estuviera intentando llamar a su puerta. Al principio, no le dio importancia. Pensó que era un poco de caramelo pegado. Pero el cosquilleo se hizo más fuerte, y de repente… ¡el diente empezó a hablar!
"¡Hola! ¡Hola! ¿Hay alguien ahí?" gritó el diente, con una voz chillona y un poco ronca.
Lucía se quedó petrificada. Abrió la boca de par en par, mirándose en el espejo. ¡Era verdad! ¡Uno de sus dientes estaba hablando!
"¿Quién… quién eres?" tartamudeó Lucía, con los ojos como platos.
"Soy el Diente Parlanchín," respondió el diente, hinchando el pecho (bueno, lo que hacía las veces de pecho en un diente). "Y estoy aquí para decirte que estoy muy, muy triste."
"¿Triste? ¿Por qué?" preguntó Lucía, sintiéndose un poco culpable.
"¡Porque no me cuidas!" exclamó el Diente Parlanchín. "Me dejas lleno de azúcar, sin limpiar, sin cepillar… ¡Es como vivir en una cueva pegajosa!"
Lucía bajó la cabeza, avergonzada. Sabía que el Diente Parlanchín tenía razón. No había sido una buena amiga para sus dientes.
"Pero… pero no me gusta cepillarme," murmuró Lucía.
"Ya lo sé," dijo el Diente Parlanchín con un suspiro. "Pero si no me cuidas, me pondré enfermo. Y si me pongo enfermo, me caeré. ¿Quieres que me caiga?"
Lucía negó con la cabeza, asustada. No quería perder ningún diente. Le gustaba su sonrisa, aunque no fuera la más brillante del mundo.
"Entonces, ¿qué puedo hacer?" preguntó Lucía, dispuesta a escuchar.
"¡Cepíllame!" exclamó el Diente Parlanchín, con entusiasmo. "Cepíllame con cuidado, con pasta de dientes, dos veces al día. Y usa hilo dental para quitar los trocitos de comida que se esconden entre nosotros."
Lucía asintió con determinación. Prometió al Diente Parlanchín que lo cuidaría. Esa misma noche, antes de acostarse, Lucía cogió su cepillo de dientes y su pasta de dientes con sabor a fresa (decidió que, después de todo, no sabía tan mal). Cepilló cada uno de sus dientes con cuidado, prestando especial atención al Diente Parlanchín.
"¡Eso es! ¡Así!" animaba el Diente Parlanchín. "¡Me siento mucho mejor!"
Después de cepillarse, Lucía usó hilo dental. Al principio, le resultó un poco difícil, pero con la ayuda de su mamá, pronto aprendió a hacerlo bien.
Con el paso de los días, Lucía mantuvo su promesa. Se cepillaba los dientes dos veces al día, usaba hilo dental y, aunque seguía amando los dulces, intentaba comerlos con moderación. El Diente Parlanchín estaba cada vez más feliz, y su voz se hizo más clara y brillante.
Un día, el Diente Parlanchín le dijo a Lucía: "Gracias, Lucía. Me has cuidado muy bien. Ahora me siento fuerte y sano. ¡Y tu sonrisa es cada vez más bonita!"
Lucía sonrió, mostrando sus dientes brillantes. Se dio cuenta de que su mamá tenía razón: cuidar sus dientes la hacía sentir bien. Y, lo más importante, había aprendido que incluso las cosas que no nos gustan, como cepillarnos los dientes, pueden ser importantes para nuestra salud y felicidad.
Desde entonces, Lucía siempre cuidó sus dientes. Y aunque el Diente Parlanchín dejó de hablar, Lucía siempre recordaba su valiosa lección: En el que cuida siempre tu diente, él te sonríe alegremente. Y Lucía, con una sonrisa brillante y saludable, siempre sonreía de vuelta.
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