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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un hogar lleno de colores y aromas a galletas recién horneadas, un niño llamado Fernandito. Fernandito había nacido en una familia donde la abuela, una mujer de manos suaves y cuentos maravillosos, había fallecido tres años atrás. Su partida había dejado un vacío enorme, especialmente en el corazón de la mamá de Fernandito, que era la hija mayor. La abuela había dejado huérfanos a la mamá y a sus hermanos menores. Los dos más pequeños, aún en la preadolescencia, quedaron bajo la tutela de la mamá de Fernandito y su papá.
Así, Fernandito, que era el tercer hijo (el segundo había fallecido siendo un bebé), fue criado por sus padres. Pero la vida no siempre era fácil. Sus tíos, los hermanos menores de su mamá, parecían absorber casi todo el tiempo y la energía de sus padres. Estaban en esa etapa de la vida llena de cambios y preguntas, y necesitaban mucha atención. Fernandito, a veces, se sentía como si lo hubieran olvidado, como si fuera invisible. Además, su hermano mayor, que había nacido prematuramente a los siete meses, también requería cuidados especiales.
Fernandito pasaba mucho tiempo solo, jugando con sus juguetes en el jardín o dibujando mundos fantásticos en su cuaderno. Anhelaba la atención de sus padres, una caricia, una palabra de aliento, un cuento antes de dormir. Pero siempre parecían estar ocupados, resolviendo problemas, preparando comidas para todos, o simplemente agotados por el trajín del día a día.
Con el tiempo, los tíos de Fernandito fueron creciendo. Entraron en la adolescencia, una etapa aún más complicada. Los padres de Fernandito, aunque los querían mucho, se sentían cada vez más abrumados. Era difícil equilibrar las necesidades de sus hijos y las de sus sobrinos.
Un día, el papá de Fernandito tomó una decisión difícil. Con mucho cariño y comprensión, les explicó a sus cuñados que era hora de que encontraran su propio camino. Les ayudaría a buscar un lugar donde vivir y les brindaría apoyo para que pudieran independizarse. Era necesario para que él y su esposa pudieran atender bien a sus propios hijos, Fernandito y su hermano mayor.
Los tíos de Fernandito se fueron. Fernandito sintió una punzada en el corazón. Aunque a veces le robaban la atención de sus padres, los quería. Eran parte de su familia, y ahora se habían ido. Los veía cabizbajos alejarse por el camino, con sus pocas pertenencias en unas bolsas.
Fernandito quedó triste. No entendía completamente por qué sus tíos se tenían que ir. Pensaba que tal vez, si él se hubiera portado mejor, si no hubiera hecho tanto ruido, si no hubiera pedido tanta atención, ellos se habrían quedado.
Pero Fernandito era un niño de gran corazón. No podía soportar la idea de que sus tíos estuvieran solos y tristes. Así que, en secreto, a veces los veía. Esperaba a que cayera la noche y, cuando sus padres dormían, se escapaba de su habitación. Los buscaba por los alrededores del pueblo, hasta que los encontraba acurrucados en algún rincón oscuro y frío.
Con mucho sigilo, los guiaba hasta su casa. Los hacía entrar a escondidas, uno por uno, y los llevaba a su habitación. Allí, compartían su cama, sus juguetes y sus galletas. Les contaba historias y los hacía reír. Y, al amanecer, antes de que sus padres se despertaran, los ayudaba a salir sin que nadie los viera.
Fernandito guardaba este secreto celosamente. Sabía que sus padres no entenderían. Pensarían que estaba haciendo algo malo. Pero él sentía que era lo correcto. Sus tíos necesitaban un lugar seguro, un lugar cálido, un lugar donde sentirse queridos. Y él, Fernandito, se lo podía ofrecer.
Una noche, mientras Fernandito intentaba meter a su tío más pequeño por la ventana, su papá lo descubrió. Al principio, se enojó mucho. Pero, al ver la cara de Fernandito, llena de angustia y amor, entendió. Entendió que su hijo solo quería ayudar, que su corazón era demasiado grande para guardarse todo ese cariño.
El papá de Fernandito abrazó a su hijo y a sus sobrinos. Les dijo que entendía su dolor y su soledad. Y, aunque no podían vivir todos juntos en la misma casa, prometió que encontrarían una solución, una forma de que los tíos de Fernandito tuvieran un lugar seguro y feliz.
Al final, con la ayuda de algunos vecinos y amigos, encontraron una pequeña casa para los tíos de Fernandito. No era grande ni lujosa, pero era un lugar donde podían vivir, estudiar y sentirse seguros. Y Fernandito, cada día, iba a visitarlos, a jugar con ellos, a contarles historias y a darles todo el cariño que tenía en su corazón. Y así, Fernandito aprendió que, a veces, los secretos no son malos, que a veces son solo una forma de demostrar el amor y la compasión que sentimos por los demás.
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