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Gratis · elegí una vozTito era un niño que amaba el fútbol más que a los helados de fresa. Soñaba con meter el gol ganador en la final del campeonato escolar. Pero había un problema: Tito era un poco… patoso. A veces tropezaba con sus propios pies, y su puntería dejaba mucho que desear. Sus amigos, aunque lo querían mucho, a veces se burlaban un poco de sus intentos fallidos.
Un día, mientras entrenaba solo en el parque después de la escuela, Tito se encontró con algo inusual. Detrás de un viejo roble, vio una ardilla muy peculiar. Era pequeña, de pelaje brillante y ojos grandes y curiosos. Tito nunca había visto una ardilla así. La ardilla se le acercó con cautela, como si quisiera decirle algo.
"Hola," dijo Tito tímidamente. La ardilla ladeó la cabeza y chilló suavemente. Tito pensó que tal vez la ardilla estaba hambrienta. Sacó de su mochila una galleta de avena que su abuela le había preparado y se la ofreció a la ardilla. La ardilla, después de un momento de duda, tomó la galleta con sus pequeñas patas y comenzó a comerla con entusiasmo.
"Eres muy lista," dijo Tito, sonriendo. De repente, la ardilla hizo algo sorprendente. Se paró sobre sus patas traseras y, con una voz sorprendentemente clara, dijo: "Me llamo Gaby. Y puedo ayudarte a meter ese gol." Tito se quedó boquiabierto. ¡Una ardilla que hablaba! Esto era más extraño que encontrarse un unicornio jugando al ajedrez.
"¿Ayudarme? ¿Cómo?" preguntó Tito, aún incrédulo.
Gaby saltó al hombro de Tito y explicó: "Soy una ardilla mágica. Conozco todos los secretos del parque, y también conozco algunos trucos de fútbol muy especiales. Pero debes prometerme algo."
"¿Qué cosa?" preguntó Tito, emocionado ante la perspectiva de convertirse en un gran futbolista.
"Debes usar tus habilidades para ayudar a los demás, no solo para ganar," dijo Gaby con seriedad. Tito pensó un momento. Él siempre había querido ser un buen jugador, pero también quería ser un buen amigo. Asintió con la cabeza. "Lo prometo," dijo con sinceridad.
Gaby sonrió (o al menos, Tito pensó que estaba sonriendo). Comenzó el entrenamiento. Gaby le enseñó a Tito a concentrarse, a controlar el balón con sus pies, y a usar la fuerza de sus piernas para patear con precisión. Le explicaba la importancia del trabajo en equipo y de animar a sus compañeros, incluso cuando las cosas no salían bien. Los entrenamientos eran divertidos y desafiantes. Gaby era una entrenadora exigente, pero también muy paciente.
Un día, mientras entrenaban, Tito se cayó y se raspó la rodilla. Se sentía frustrado y a punto de rendirse. Gaby saltó a su regazo y lo miró fijamente a los ojos. "No te rindas, Tito," dijo Gaby. "Recuerda por qué estás haciendo esto. No solo para ganar, sino para ser el mejor jugador y la mejor persona que puedas ser." Las palabras de Gaby le dieron a Tito la fuerza para levantarse y seguir adelante.
Finalmente, llegó el día de la final. Tito estaba nervioso, pero también confiado. Recordó todo lo que Gaby le había enseñado. El partido fue muy reñido. El equipo contrario era muy bueno. Al final del tiempo reglamentario, el marcador estaba empatado. Había que ir a penales.
Tito fue el encargado de patear el último penal. Si metía el gol, su equipo ganaría el campeonato. Sintió la presión, pero respiró hondo y se concentró. Recordó las palabras de Gaby: "Confía en ti mismo." Corrió hacia el balón y lo pateó con todas sus fuerzas. ¡Gol! El balón entró en la portería. El equipo de Tito había ganado el campeonato.
Tito corrió a abrazar a sus compañeros. Estaban eufóricos. Pero Tito sabía que debía agradecer a alguien muy especial. Buscó a Gaby en el parque, pero no la encontró. De repente, escuchó un chillido familiar. Miró hacia arriba y vio a Gaby en la rama de un árbol. Ella le sonrió y asintió con la cabeza. Luego, saltó de rama en rama y desapareció en el bosque.
Tito nunca volvió a ver a Gaby, pero nunca olvidó su ayuda. Aprendió que la verdadera magia no está en los trucos, sino en la confianza en uno mismo y en la capacidad de ayudar a los demás. Y, por supuesto, que incluso una ardilla puede enseñarte a meter el gol imposible.
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