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Gratis · elegí una vozHugo era un panadero antes del Gran Desorden. Recordaba el olor a pan recién horneado, las risas de los niños comprando galletas, y el calor del horno en una noche fría. Ahora, el mundo era un lugar silencioso, lleno de sombras y… bueno, ya saben, de zombis. Hugo era, hasta donde él sabía, el último humano. Se escondía en la vieja panadería, alimentándose de latas de sardinas y durmiendo con un hacha a su lado.
Un día, mientras buscaba más comida en una tienda abandonada, la vio. Una niña zombi. Era pequeña, con un vestido de flores desgarrado y un oso de peluche sucio agarrado con fuerza. Sus ojos eran de un color grisáceo, pero algo en su mirada… algo le impidió a Hugo levantar el hacha.
Ella gruñó, intentando morderle. Hugo, ágil como un gato, esquivó el ataque. Se dio cuenta de que era lenta, torpe. No era como los zombis adultos, implacables y hambrientos. Esta era solo una niña, una niña que necesitaba ayuda.
Durante días, Hugo intentó acercarse a ella. Le dejaba comida (latas de atún, que a los zombis, sorprendentemente, les gustaban) y le hablaba. Le contaba historias de cuando era panadero, de los croissants dorados y las tartas de manzana. La niña, a la que Hugo comenzó a llamar Zita, lo observaba con curiosidad, inclinando la cabeza como un pajarito.
Un día, Hugo tuvo una idea. Recordaba que a los perros les gustaban las pelotas. Tal vez… Zita también apreciaría un juguete. Encontró una vieja pelota de baloncesto desinflada y se la ofreció. Zita gruñó al principio, pero luego, con cautela, la tocó. La pelota rodó un poco y Zita la siguió, tropezando y riendo (una risa zombi, ronca y un poco espeluznante, pero risa al fin).
Poco a poco, Hugo aprendió a comunicarse con Zita. Descubrió que podía controlarla con pequeños silbidos y gestos. Le enseñó a no morder y a seguirlo. Zita, a cambio, le ofreció compañía, algo que Hugo no había tenido en mucho tiempo. Ya no estaba solo.
Un día, mientras exploraban una antigua biblioteca, encontraron un libro sobre jardinería. A Hugo siempre le había gustado cultivar flores. La idea de tener un jardín, un pequeño oasis de color en ese mundo gris, le llenó de esperanza. Plantaron semillas de girasol y zanahorias. Zita, aunque zombi, disfrutaba cavando en la tierra, con su oso de peluche siempre a su lado.
Un día, un grupo de zombis adultos atacó la panadería. Hugo luchó con valentía, pero eran demasiados. De repente, Zita, gruñendo con fuerza, se lanzó contra los zombis, mordiéndolos y empujándolos. Sorprendentemente, los zombis la evitaron. Parecía que, de alguna manera, Zita era su líder, o al menos, la respetaban lo suficiente como para no atacarla.
Hugo y Zita se defendieron juntos, protegiendo su pequeño hogar. Después del ataque, Hugo abrazó a Zita con fuerza. Ya no la veía como una zombi, sino como su amiga, su compañera, su salvadora.
Con el tiempo, la panadería se convirtió en un lugar de esperanza. Hugo volvió a hornear pan, aunque no hubiera nadie a quien vendérselo. El olor dulce llenaba el aire, atrayendo a las aves y, sorprendentemente, a algunos animales salvajes que habían sobrevivido al apocalipsis. Zita jugaba en el jardín, cuidando las flores y las zanahorias.
Hugo y Zita demostraron que incluso en el mundo más oscuro, la amistad y la esperanza pueden florecer. Que incluso entre un humano y una niña zombi, el amor y la conexión pueden existir. Y que, a veces, lo que parece un monstruo, puede ser el mejor amigo que uno pueda tener.
Un día, mientras observaban la puesta de sol, Hugo le preguntó a Zita: "¿Crees que algún día el mundo volverá a ser como antes?" Zita lo miró, inclinó la cabeza y sonrió. No respondió con palabras, pero Hugo supo que, mientras estuvieran juntos, todo era posible.
Porque el secreto de Hugo y Zita no era solo que un humano y una zombi podían ser amigos, sino que juntos, podían crear un nuevo mundo, un mundo donde la amistad y el amor eran más fuertes que cualquier apocalipsis.
Fin.
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