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Había una vez una niña llamada Clara que vivía en una casa antigua, de esas que tienen escaleras que crujen y áticos llenos de misterios. Clara no se sentía sola, pues en el último piso, entre cajas de cartón y muebles cubiertos con sábanas blancas, vivía Luna. Luna era una niña de su misma edad, con un vestido que parecía tejido con hilos de plata y una risa que sonaba como campanillas de viento.
Un martes lluvioso, mientras jugaban a las escondidas entre baúles de cuero, Luna se sentó en el suelo con una expresión de tristeza que Clara nunca le había visto. Sus ojos, que normalmente brillaban como luciérnagas, estaban apagados.
—Clara —susurró Luna—, tengo que contarte algo importante. Mi hermana me dijo que mamá la mató.
Clara sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. No podía creer lo que escuchaba. Bajó las escaleras corriendo, con el corazón latiéndole con fuerza, y encontró a su madre en la cocina preparando una tarta de manzanas. El aroma dulce del azúcar y la canela solía calmarla, pero esta vez no fue así.
—¡Mamá! —exclamó Clara, recuperando el aliento—. Luna me dijo algo terrible. Dijo que su hermana le contó que tú... que tú la mataste.
Su madre dejó el rodillo sobre la mesa y miró a Clara con una mezcla de confusión y ternura. Se limpió la harina de las manos en el delantal y se arrodilló para estar a la altura de su hija.
—Cariño, no sé de qué hablas —dijo su madre con voz suave—. Pero hay algo que debes entender: tú no tienes ninguna hermana. Eres mi única hija.
Clara regresó al ático confundida. ¿Cómo podía su madre decir eso? Luna estaba allí, era real, podía verla y escucharla. Cuando volvió a subir, Luna seguía sentada en el mismo lugar, mirando una vieja fotografía descolorida que había caído de un libro.
—Mi mamá dice que no tengo hermana —le dijo Clara a Luna, sentándose a su lado.
Luna sonrió con una melancolía que parecía demasiado grande para una niña.
—Ella tiene razón, Clara. En este mundo, para ella, yo ya no existo. Verás, hace muchos años, tu mamá era una niña igual que tú. Yo era su mejor amiga, su hermana de juegos, su compañera de aventuras imaginarias. Pero un día, ella decidió que era demasiado mayor para jugar. Dejó de subir al ático, dejó de hablarme y, finalmente, dejó de creerme. Mi hermana, la Imaginación, me dijo que mamá me mató... porque en el corazón de los adultos, cuando dejan de creer en la magia, los amigos como yo desaparecen. Eso es lo que significa 'matar' para los seres como yo: ser olvidados.
Clara comprendió entonces que no se trataba de una historia de miedo, sino de una historia de nostalgia. Luna no era un fantasma, sino un recuerdo vivo que se negaba a marcharse mientras alguien todavía tuviera la llave de la fantasía.
—No dejaré que desaparezcas —prometió Clara.
Esa tarde, Clara convenció a su madre para que subiera al ático. Al principio, su madre miraba las cajas con desgana, pensando en el polvo y el desorden. Pero Clara la llevó hasta el rincón donde Luna estaba sentada, aunque su madre solo veía aire.
—Mira este dibujo, mamá —dijo Clara, mostrándole un papel viejo que había encontrado en el fondo de un baúl. Era un dibujo de una niña con un vestido de estrellas.
Su madre tomó el papel y, de repente, sus ojos se humedecieron. Sus dedos temblaron al tocar los trazos de crayón.
—Yo... yo dibujé esto —murmuró la madre—. Recuerdo este vestido. Recuerdo a Luna. Solíamos viajar a la luna todas las noches antes de cenar.
En ese instante, una suave brisa recorrió el ático y el vestido de plata de Luna brilló con una intensidad renovada. La madre de Clara no podía verla con los ojos, pero una sonrisa iluminó su rostro mientras cerraba los ojos y recordaba.
—Hola, vieja amiga —susurró la madre al aire.
Desde ese día, el ático dejó de ser un lugar de cosas olvidadas para convertirse en el centro de juegos de la casa. Clara y su madre subían todas las tardes a contar historias. Aunque la madre de Clara ya no podía ver a Luna con la claridad de un niño, sabía que estaba allí. Luna nunca volvió a estar triste, porque entendió que el amor y los recuerdos son formas de magia que nadie puede destruir realmente. Y así, la niña de las estrellas y la niña de la casa antigua descubrieron que la imaginación es el único lazo que puede unir el pasado con el presente, haciendo que lo invisible sea eterno.
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